viernes, 22 de enero de 2016

Casa de campo de don Arturo Quintana y Mercedes Peñafiel (“La Castañeda”)




Conocido por los lugareños como “El castillo del Salto del Agua” y recientemente como “El Hotel de los secretos”, la que fuera casa de campo de don Arturo Quintana Arrioja y Mercedes Peñafiel de Quintana se edificó a partir de 1969 en el municipio de Amecameca –Estado de México–, sito en las faldas del volcán Iztaccíhuatl a poca distancia del poblado de Amecameca, en la zona del “Paso de Cortés”.



Aunque la edificación ha tenido usos diversos, comenzó su historia como parte del edificio de “Servicios Generales” del Manicomio General de México, edificado durante 1909 y 10 en la zona de Mixcoac, sobre un fragmento de los terrenos que habían pertenecido a la Hacienda de la Castañeda, importante propiedad productora de pulque que en su momento perteneció a don Ignacio Torres Adalid, conocido como “el Rey del Pulque”.

Don Ignacio Torres Adalid fue dueño de varias haciendas pulqueras (en los estados de México, Hidalgo y Tlaxcala), aunque San Antonio Ometusco fue siempre la propiedad emblema y predilecta de su esposa, doña María Juana Rivas Mercado, y en la que se creó el hermoso cuento de que don Ignacio llamaba “mis vacas verdes” a sus magueyes...



Además de la hermosa casa que le edificara en 1884 su cuñado -Antonio Rivas Mercado- frente a la Alameda de la ciudad de México en la Avenida Poniente 4” –ahora Juárez– N°18 (Ver: http://grandescasasdemexico.blogspot.mx/2014/06/la-casa-torres-adalid-rivas-mercado.html ), y una quinta de campo construida en 1888 sobre la calle del Calvario 206 (Tacubaya), don Ignacio había reservado parte de una de sus haciendas cercana a la ciudad de México (Mixcoac) como sitio de reunión para todas aquellas personas que durante los fines de semana pretendían distraerse de las labores cotidianas.

Así, la hacienda “La Castañeda” transformada en CENTRO RECREATIVO CAMPESTRE abría sus puertas a quienes quisieran gozar recorriendo sus jardines o utilizar sus salones de baile, en los que por “solamente 25 centavos la entrada” se adquiría el derecho a formar parte de la fiesta y espectáculo. En pleno progreso porfiriano, los terrenos de La Castañeda fueron vendidos (“a buen precio” y a causa de algún problema de impuestos) para construir el más moderno Manicomio General.

Abajo, en una imagen que aparece en el INFORME “entregado por el Ingeniero Contratista Teniente Coronel” Porfirio Díaz en 1910, se puede ver el montículo de “La Castañeda” frente al Río de Mixcoac…



Durante la época colonial, los locos, ancianos y alguno que otro menesteroso eran aislados en instituciones subsidiadas por la iglesia y la beneficencia pública. Tal fue el caso de los hospitales como el Divino Salvador, el de San Hipólito para hombres, y La Canoa para mujeres. La idea del nuevo hospital para enfermos mentales pretendía ofrecer a sus “asilados” una calidad de vida que no existía hasta entonces en México.

El proyecto del Manicomio General contó con el apoyo del gobierno y se consideró debía contar con todos los adelantos arquitectónicos y la más moderna tecnología médica, como la llamada “recuperación y terapia para los enfermos”. El diseño siguió el modelo francés, país que dictaba buena parte de los avances científicos y al que el porfiriato seguía en diversos ámbitos. Un concurso para seleccionar el mejor proyecto se inició en el año de 1881 y como principal exigencia se solicitó incluir una reforma del caduco sistema de salud mental, que permitiera alojar en forma digna una gran cantidad de enfermos, de ambos sexos, en edificios separados pero dentro de un sólo Hospital.

Era indispensable considerar que el lugar estuviera apartado, a fin de garantizar la tranquilidad de los pacientes y la seguridad de la población; lejos de griteríos y posibles contagios “…sin pantanos cercanos o focos de infección, con plantaciones y árboles que amenicen el lugar, agua en abundancia, tierra fértil y lo suficientemente extenso para garantizar hectárea y media para cada centenar de pacientes”.


Se diseñó así un sanatorio moderno a cargo del Ingeniero Salvador Echegaray y cuya edificación estaría a cargo del teniente coronel Porfirio Díaz (hijo), con capacidad para 1200 enfermos, en que los internos serían repartidos en 15 edificios y un pabellón de servicios, sobre un área total de poco más de 140 mil metros cuadrados que incluía además albergue para médicos, enfermería, talleres, establos, sitio para enfermos infecciosos y “Mortuorio”.

La atención de los pacientes estaría bajo la supervisión de reconocidos médicos encabezados por el Dr. Eduardo Liceaga (amigo íntimo del presidente y precursor de la psiquiatría en México), junto con Miguel Alvarado, José Govantes, Samuel Morales Pereyra y Antonio Romero, quienes como parte de la comisión médica coincidieron en expresar sus observaciones acerca de lo que debería tener un Manicomio General. La resolución final y la propuesta al presidente de la República, se hizo luego del Congreso Médico Panamericano, en agosto de 1896.


Arriba, el “Pabellón de Servicios Generales” en una fotografía de Manuel Ramos, expuesta en febrero de 1910, cuando el edificio estaba ya casi terminado.

De acuerdo con el proyecto, el sorprendente conjunto hospitalario estaría organizado en derredor de un “pabellón de servicios generales, que albergaría la Dirección General, teatro, biblioteca, farmacia y equipo de fotografía, cocina, lavandería, panadería, talleres, baños, y cuarto de máquinas.” Ese edificio central, tendría además un reloj con campanas, “…que deberá ser escuchado en todo el hospital, a fin de poder mantener el orden en los horarios y permitir a los enfermos ajustarse a los ciclos que el manicomio define”.



Los pabellones para los enfermos estaban divididos bajo una clasificación vigente en la época y que diferenciaba entre: “distinguidos, alcohólicos, tranquilos, peligrosos, epilépticos, imbéciles, e infecciosos” separando a un lado a hombres y al otro a mujeres. Los establos y la morgue se encontraban en la parte trasera del conjunto, con entrada independiente para permitir el libre acceso a los practicantes de medicina, todo rodeado de una gran extensión de bosque, jardines y amplias vistas hacia el oriente y Valle de México.

En la foto de abajo, una toma hacia el sur-poniente desde la azotea del edificio de Servicios Generales; en primer plano a la derecha, el edificio central de “Enfermería y Electroterapia” y a la izquierda, los edificios para pacientes “Tranquilas” y “Epilépticas”. Más abajo, como complemento, una fotografía del corredor norte.





Para ésta entrada, me concentraré específicamente en el edificio de Servicios Generales del Manicomio, específicamente en la fachada Oriente, con su diseño de tradición académica proyectada en 1908 por el Ingeniero Echegaray y ejecutada con excelencia por el ingeniero Díaz a partir de 1909.


Salvador Echegaray, fue un reconocido profesional que se graduó como Ingeniero Militar, y en cuyo currículo destacan una importante cantidad de edificios públicos y residenciales; en Veracruz, sobresalen los edificios de Correos y Telégrafos, la Aduana Marítima y la Dirección de Faros…




Además, Echegaray diseñó edificios en Mérida y la Ciudad de México, destacando en la capital, el edificio para la escuela de Jurisprudencia, remodelación que aprovechaba la estructura del viejo convento de Santa Catarina de Siena, en la esquina de las calles que hoy conocemos como San Ildefonso y República de Argentina; entre las residencias, destaca la casa que para don Hugo Scherer Scherer diseñó en 1906 sobre el Paseo de la Reforma, en la segunda glorieta frente al monumento a Colón y en la esquina con la calle de Versalles. La casa resultó severamente dañada durante los disturbios de la “Decena Trágica” en 1913 y fue demolida (el terreno lo ocupa ahora el Hotel Fiesta Americana Reforma)



Por su parte, Porfirio Díaz Ortega, hijo del presidente de la República, se había hecho también de una sólida reputación como ingeniero constructor, contando entre sus obras la modificación al Palacio del Marqués del Apartado –obra de Manuel Tolsá–, edificio que se convertiría en la Secretaría de Justicia e Instrucción Pública, así como la construcción de la Escuela Normal de Maestros en Popotla –Tacuba–, edificio que por años se conoció como Colegio Militar.





Las labores para la edificación del Manicomio General a cargo de Echegaray/ Díaz, comenzaron en 1908, con el bardeado del terreno y la nivelación de las diversas plataformas para los numerosos edificios. Los trabajos continuaron ininterrumpidamente hasta Septiembre de 1910.




En julio de 1909, el Presidente de la República -General profirió Díaz-, colocó simbólicamente la primera piedra en el edificio de Servicios Generales; selló en un cofre, varios documentos y monedas, ante la mirada sonriente de don José Y. Limantour, auxiliado por su hijo Porfirio. Atrás, a la extrema izquierda de la fotografía, aparece también Victoriano Huerta, que para febrero de 1913, asumiría el poder en medio del caos que siguió a la “Decena trágica” e instaló una dictadura militar que llegó incluso a disolver al Congreso de la Unión…

Así como arriba, abajo aparecen tres imágenes del “INFORME 1908-1910 -entregado por el Ingeniero Contratista Teniente Coronel Porfirio Díaz-”, en que se pueden ver varias de las etapas de edificación del conjunto, resaltando la cimentación del edificio de Servicios Generales y su interesante sistema constructivo, con bóvedas de tabique. Los curiosos huecos cuadrados que se pueden observar, coinciden con lo que sería el patio principal del edificio y estarían cerrados con “bloques de vidrio” para iluminar los sótanos…







Sobre esa cimentación y sótano, se desplantaría el edificio que dio imagen al nuevo manicomio, edificio que en su época fue símbolo de “…la más avanzada tecnología aplicada al progreso de la sociedad.”



Aunque dibujado veinte años después, aparece abajo como referencia, un fragmento del plano de la Ciudad de México que se publicó en el “Atlas General del Distrito Federal” en 1930; elaborado en 1929 por disposición de José M. Puig Casuranc –Jefe del Departamento del Distrito Federal–, aparecen las calles de la ciudad, y en la sección que corresponde a la zona de Mixcoac, se señala el terreno que correspondía al Manicomio General. En la imagen, en que destaca el Río Mixcoac que se transforma en Río Churubusco (y que ahora da nombre a las calles) he marcado –en naranja– la Avenida que hoy conocemos como Revolución y en verde, la Calle de la Castañeda, que conserva ese nombre hasta la fecha, y que daba paso al acceso principal del conjunto.



Es interesante señalar que además de los edificios descritos –del que “Servicios Generales” era la construcción central y más importante–, el conjunto contaba con un bosquecillo en la ladera sur de la colina, justo contra la ribera del “Río de Mixcoac” y en esa zona, contiguas al acceso y frente al edificio central, había también una serie de viviendas para los médicos residentes, casas que formaban parte integral del proyecto inaugurado en 1910.



La construcción del Manicomio General costó un millón setecientos mil pesos y se convirtió en una obra tan importante para el país, que su inauguración fue uno de los actos con que dieron inicio las Fiestas del Centenario de la Independencia. Políticos, intelectuales y personalidades extranjeras, se dieron cita al comenzar septiembre, para inaugurar el nuevo hospital.


Consumada la obra según lo programado, el 1º de septiembre de 1910, desde temprano comenzaron a llegar un centenar de vehículos dispuestos por el gobierno, mientras que los pobladores de la zona y demás curiosos se transportaron en tranvías desde diferentes puntos de la ciudad; así, a las diez en punto, el presidente Porfirio Díaz y su esposa -Carmelita Romero Rubio-, arribaron a la ceremonia inaugural. De igual forma lo hicieron el vicepresidente Ramón Corral, el embajador norteamericano, Henry Lane Wilson y el doctor Eduardo Liceaga, principal responsable del proyecto médico de la “moderna” institución.


Además del discurso inaugural del Dr. Eduardo Liceaga, la apertura incluyó también un paseo por los edificios y una amplia y detallada visita al edificio de Servicios Generales, en donde fue captada la comitiva que acompañaba al presidente Díaz.

En palabras de Liceaga: “Éste, es un momento importante para nuestro país: estamos ahora a la par de las naciones civilizadas, marcando el rumbo de la ciencia y la atención a quienes se benefician de ella…”


Pasaría así el “Manicomio General” a ser parte de las instituciones a cargo de la Secretaría de Fomento, Colonización e Industria, y con una cartera independiente administrada directamente desde la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. El modelo operativo, inspirado en el del hospital psiquiátrico de "Charenton", activo en esa época en Saint-Maurice en el Val-de-Marne, Francia…

Abajo, una imagen del patio grande del edificio de Servicios Generales, tal como aparecía en 1930. Nótense los tragaluces en el piso del patio, lucernas para iluminar el vasto sótano del edificio.



Alegremente “¡Tás p’a la Castañeda!” se volvió equivalente a estar loco, pero vivir bien…

Como sucedió con innumerables instituciones, el Manicomio General sufrió enormes carencias durante el período revolucionario y aunque sus edificios conservaban la magnífica factura, el mantenimiento, uso y atención a los enfermos se degradó enormemente. Aunque para 1922, se restableció el tejido administrativo, los siguientes cuarenta años vieron deteriorarse los servicios, al grado de que “La Castañeda” se volvió sinónimo de humillación y desamparo…



Nació así la triste leyenda del “Palacio de la locura”, la transmutación de lo que se había inaugurado como un moderno y eficiente conjunto, transformado para los años sesenta en sigilosa vergüenza de la psiquiatría mexicana...

La noticia de su desaparición se hacía oficial en el periódico Excélsior, en la edición del 27 de junio de 1968, donde se podía leer:
“Hoy dejará de funcionar La Castañeda. El doctor Rafael Moreno Valle, Secretario de Salubridad y Asistencia, presidirá hoy a las 11 horas, la clausura del Manicomio General de La Castañeda que funcionó durante 58 años. El viejo nosocomio ha sido sustituido por una red de modernas instalaciones distribuidas a lo largo y ancho del país…”



Como referencia, aparece arriba una imagen oblicua de la Compañía Mexicana de Aerofoto -fechada el 22 de Octubre de 1958-, que mira de oriente a poniente desde la zona de Mixcoac. En rojo se señala el Manicomio General y con una línea naranja, la avenida Revolución; la línea azul sigue las avenidas Molinos y Río Mixcoac, por donde originalmente corría éste último afluente. Finalmente en verde, se señala la línea del ferrocarril, que sirve como referencia para lo que sería el trazo del Blvr. Adolfo López Mateos (Anillo Periférico).


Abajo, en una toma de Google earth de 2014, se señala el perfil aproximado del terreno del Manicomio General, espacio que ahora ocupan el conjunto “Torres de Mixcoac”, parte de la U.H. Lomas de Pateros, la tienda Wallmart, el “Parque Deportivo y Cultural Plateros” y un fragmento de la ENP N°8 UNAM.




Cuenta Ana Paula Fernández del Castillo Quintana, que “En 1968 se estaba construyendo el Periférico, y La Castañeda estorbaba un poco el trazo de la nueva vía rápida; mi abuelo Arturo, que estaba lorenzo de remate dijo: ‘¡No! ¡Cómo vamos a tirar esta maravilla a la basura!’. Y pus la rescató”.



El ingeniero Arturo Quintana Arrioja era un prominente industrial a cargo de la compañía “AQ Industrial”, especializada en carpintería; aunque menos conocida que la corporación de su hermano Bernardo (Ingenieros Constructores Asociados -ICA-) dejó gran cantidad de edificaciones reconocidas, entre las que destacan la “Montaña Rusa” de los Juegos Mecánicos de Chapultepec (edificada en 1964, con una altura máxima de 33.5 m.) y los trabajos interiores de la nueva Basílica de Guadalupe.



Todo parece indicar que en junio de 1968, luego del anuncio presidencial respecto a la desaparición de “La Castañeda”, Quintana se acercó a los responsables de la demolición del conjunto a fin de adquirir algunas partes de la cantería; luego de varias reuniones, entró en contacto con las autoridades de la Beneficencia Pública –propietaria legal del inmueble– y para agosto de ese año gestionó la obtención de la fachada del edificio de Servicios Generales. En septiembre de ese año, justo cincuenta y ocho años luego de ser inaugurado y luego de inventariarse cada una de las piedras que conformaban la fachada del edificio, se desmontaron los muros y las piedras fueron trasladadas al Estado de México.


A unos 3 Km. hacia el oriente del pueblo de Amecameca y por el camino al poblado de Coapexco, don Arturo Quintana Arrioja había adquirido de Francisco Ros Llopis una propiedad de poco más de doce hectáreas, justo en una cañada de la ladera sur del volcán Iztaccíhuatl. Dentro de la propiedad se hallaba “el salto”, cascada de una de las vertientes que llevan el agua de deshielo al valle y que tiempo atrás había sido asiento de un molino y su edifico ahora en ruinas…



El traslado de la fachada principal del edificio de Servicios Generales -del que se hizo un detallado levantamiento contra el que se inventariaron las piedras- estuvo a cargo del arquitecto Emmanuel Lugo, que con Quintana eligió una pendiente en el terreno para armar la reconstrucción; el sitio seleccionado formaba un eje Sur-oriente con su estanque (a manera de Jagüey), y la ruina de un viejo edificio que según la tradición, se considera la primera cervecería de América.


Así, lo que fuera la fachada de “Servicios Generales” del Manicomio General de México, pasó a ser la fachada sur de la casa de descanso de la familia Quintana/Peñafiel en Amecameca, con vista hacia una vieja ruina, su estanque y una extensa faja de jardín rodeada por el bosque de coníferas del Iztaccíhuatl.


Arriba, una vista desde el porche de la casa, mirando desde lo alto hacia el Sur-oriente con la ruina y el estanque de “El Salto”. Abajo, una toma de Google maps, en que aparece al centro el eje principal de la casa Quintana/Peñafiel en Amecameca.



El resultado de la reedificación de la fachada del edificio de Servicios Generales de “La Castañeda” en Amecameca resulta sorprendente, en particular si se considera que la opción era su desaparición. Es necesario recordar que lo trasladado es apenas el frontispicio de un enorme edifico que tenía más de 160 m. de fondo y que la distribución interior de lo reedificado no coincide con la estructura original.



Es interesante señalar que se eliminó por completo la plataforma de soporte del edificio original (sótano) y edificaron escalera y rampas de acceso directamente sobre la ladera, cosa que no es evidente al mirar el resultado final; como muestra, puede verse abajo una fotografía del frente norte del edificio de Servicios Generales, donde se hace evidente el que las rampas tenían su propio soporte.



También resulta importante resaltar que en la reconstrucción no se reedificó el techo central a manera de mansarda detrás del reloj, cosa que tampoco resulta evidente al contemplar el resultado.



En lo referente al edificio, el re-ensamble de los sillares por parte del arquitecto Lugo resultó particularmente pulcro, sin reposiciones evidentes, y en conjunto bien lograda. De hecho, se re-ensamblaron incluso buena parte de los balaustres de las barandillas de rampas y escalera de acceso, cosa sorprendente considerando la fragilidad de las tallas.


En lo que para los años 70’ era casa de descanso, y particularmente en el remate central y el porche de acceso, es posible admirar el diseño del ingeniero Salvador Echegaray, así como la ejecución de Porfirio Díaz, con buena parte de los elementos de diseño en boga durante el eclecticismo predominante en el México de la primera década del siglo XX.



De ser testigo de la vida dolorosa de los locos y marginados sociales recluidos en el manicomio de La Castañeda, la fachada se convirtió en el frontispicio de una casa para la fiesta y el regocijo. Según recuerda Ana Paula Fernández del Castillo a la mansión llegaban los scouts, invitados por su abuelo, así como los miembros del clan Quintana, a realizar sus festejos familiares:

“Aquí se casó mi tío Arturo, el hijo mayor de mi abuelo. Los nietos, de niños, nos fascinábamos con lo que en esa casa ocurría. Mecano grabó en la finca uno de sus videos. ¿Te acuerdas del comercial de las pastillas Halls, de un señor que volaba con su paraguas? Pues eso se filmó ahí. Nosotros fuimos testigos de esos eventos. Era muy divertido, aunque al principio nos daba un poco de miedo la fachada, porque sabíamos que había sido la entrada del manicomio…”

Abajo, una imagen del video para la “Tecno-Balada” del grupo Mecano “El Mapa de tu Corazón” en que se decía: “Le has querido comprar una jaula - le has querido meter en tu cama - pero la ventanas de tu cuarto - miran al viento…”



Don Arturo Quintana Arrioja murió el 12 de enero de 1986 y se dice que poco después doña Mercedes Peñafiel ahora viuda de Quintana donó la propiedad a los legionarios de Cristo para que los religiosos realizarían retiros espirituales, convivencias de jóvenes y cursos de formación académica; también existe la documentación relativa a que “El Castillo del Salto” se vendió al CENTRO VITA SOCIEDAD CIVIL, el 28 de febrero de 1989 por $88’762,650.oo

Los siguientes treinta años han sido de altibajos para el edificio, y aunque a la propiedad se le añadieron una serie de edificios al poniente de la casa original -que corresponden al “CIDEM Amecameca”- la casa de campo ha permanecido inalterada.

En su más reciente reaparición, el inmueble forma parte de la adaptación de la serie televisiva española “Gran Hotel” como “El Hotel de los Secretos”…



Para la filmación, al edificio se le añadió una mansarda de utilería a todo lo ancho, cosa que permite recordar el diseño original por parte del ingeniero Echegaray, y adaptar el inmueble en su caracterización como hotel decimonónico…


Arriba y abajo, dos imágenes publicitarias de “El Hotel de los Secretos” adaptación de la serie “Gran Hotel” que se filmó en lo que fuera la casa de campo de la familia Quintana/Peñafiel a final de 2015, con la producción de Roberto Gómez Fernández. En la toma de abajo, aparece frente a la casa el actor Erick Elías.



Algunas magníficas tomas de la casa aparecen en: https://www.youtube.com/watch?v=RiRNnUMyNhg





Arriba, una fantástica fotografía de 1910, captada por Guillermo Kahlo; apareció en el álbum editado por la empresa Müller Hermanos para las Fiestas del Centenario de la Independencia de México, en que don Eugenio Espino Barros nos decía: “Aquí aparecen las imágenes del México en su parte monumental, culta, industrial, agrícola y bella… Es una manera gráfica de dar a conocer nuestro país, con los edificios que hacen de la nuestra, una nación moderna y a la vanguardia.”

Abajo, la casa de descanso de Arturo Quintana Arrioja en una fotografía de 2010.





Este Blog está dedicado a las “Grandes casas de México” y pretende rescatar fotografías e historia de algunas de las residencias y edificaciones que al paso del tiempo casi se han olvidado. El objeto es la divulgación, por lo que se han omitido citas y notas; si alguien desea mayor información, haga favor de contactarme en la sección de comentarios. Si utilizan las imágenes, favor de indicar la fuente –aunque advierto que pueden tener registro de autor–. Conforme haya más entradas (ya hay más de 40), aparecerán en el índice a la derecha de ésta página…









jueves, 31 de diciembre de 2015

México en París 1900



El 25 de mayo de 1900, se inauguró el pabellón de México en la Feria Universal de París, “de aspecto sencillo y elegante, ... una gran casa de México en Francia para el mundo.”



En la nota de El Mundo Ilustrado que apareció el domingo 17 de junio de 1900, se leía que “El estilo del edificio diseñado por el arquitecto Anza, es neo-griego, distinguiéndose por la pureza de sus líneas… digna casa de México en París, un logro más en la declaración que de sus riquezas, arte y bellezas hace nuestro país ante el mundo...”




México había participado reiteradamente en las ferias mundiales, y ya desde 1867 se había presentado en la “Exposition Universelle de París” desde el 1° de abril hasta el 31 de Octubre, en la magna exhibición inaugurada la por el propio Napoleón III. La muy atractiva y comentada muestra mexicana resultó ensombrecida –y apartadas sus esculturas referentes a rituales de muerte–, cuando el 19 de Junio fuera fusilado en el Cerro de las Campanas el Emperador Maximiliano I de México…


Había sido el propio emperador quien encomendó a Edouard Henri Theophile Prignet la creación de un Pabellón Mexicano en la Exposición de 67, y en un sitio al exterior del enorme “Palais Omnibus” se reproduciría una de las hermosas plataformas de Xochicalco –tan conocida luego de las descripciones de Humboldt–, engalanada con reproducciones del sorprendente “Calendario Azteca” así como de la aterradora madre gestante de Huitzilopochtli.



Reproducciones tanto de Coatlicue como de la Piedra del Sol, ya habían sido exhibidas en Europa por Bullock, en el Londres 1823 -apenas treinta años luego de su descubrimiento definitivo de 1790- y habían causado furor. https://archive.org/stream/gri_sixmonthsres00bull#page/n291/mode/2up

De hecho, se había presentado ante el emperador de México la idea de enviar a Francia las piezas originales, que por orden del propio Maximiliano se habían colocado en el nuevo “Museo Público de Historia Natural, Arqueología e Historia” (Antigua Casa de Moneda, hoy Museo Nacional de las Culturas), cuando ordenó se retirara “el Calendario Azteca” de la pared de la Catedral y se colocara en el nuevo salón junto a la “horrenda Coatlicue de falda de serpientes”; de no haber sido por la negativa de Maximiliano I -que consideró eran parte fundamental de la historia de México-, las “piedras” posiblemente hubieran ido a parar a Francia, y a las colecciones del Louvre...



Según los datos de la exposición, “… la hermosa pirámide mexicana se labró con moldes tomados directamente del edificio original” (cosa poco probable) por Léon-Eugène Méhédin, que además exhibía su “collection mexicaine” al interior, luego de cobrar una módica contribución para acceder. Méhédin era arqueólogo, arquitecto y fotógrafo, reconocido por su contacto con Napoleón III; una parte de esa colección exhibe ahora en el Muséum d'Histoire Naturelle de Rouen.

No debe sorprender ese tipo de pabellón historicista, ecléctico y de infusión precolombina, que muy a la manera coetánea, exaltaba los valores y cultura de los países que en 1867 exhibían sus glorias pasadas; baste ver como contraparte, el “Temple d’Athor”, diseñado por Drevet, que Egipto presentaba como parte de sus glorias aborígenes; la ecléctica mezcla de elementos provenientes del templo de Philae, con decoraciones de Abydos y Saqqarah, mostraba parte de las colecciones del museo de Blaq a cargo de Auguste Mariette.




Ya durante el gobierno del general Porfirio Díaz, México había recurrido a otros eclecticismos historicistas, al presentarse en la exposición de la Nueva Orleans en los Estados Unidos de Norteamérica, con un pabellón desarmable, “… edificado con novedosa técnica metálica e inspiración morisca”, diseñado por el distinguido ingeniero y arquitecto José Ramón Ibarrola el año de 1884. Gracias a la amistad de Ibarrola con Andrew Carnegie –dueño de la primera gran acerera del país anfitrión en Pittsburgh–, se fundió y terminó a tiempo para figurar como pabellón de México en la exposición, ante el asombro de los visitantes que se mostraban sorprendidos ante tal portento moruno encarnando a la República Mexicana…


Las artesanías, minerales, productos vegetales y animales presentados por México en Nueva Orleans, descubrían ante el mundo las enormes posibilidades de inversión en un país “de legado árabe”, exhibición amenizada por bandas de música, la Orquesta Típica mexicana –ataviados los músicos con trajes charro–, así como la presencia del “destacado rejonero Ponciano Díaz”. La exhibición incluía curiosidades del orden de una pequeña pirámide con muestras minerales, “obras en oro y plata en vitrinas de ébano, trabajos de piel con bordados de hilo de oro, plata y piedras preciosas en bruto y talladas, muebles y objetos en maderas finas”. El kiosco fue luego enviado a Chicago y de ahí a San Luis Missouri, también como asiento de la colaboración de México en exhibiciones internacionales.


La estructura desarmada llegó a México en 1896 y para 1902 se ensambló en un costado de la Alameda Central, frente a la estructura del templo de Corpus Christi, donde fue sala de proyección y sede de los sorteos de la Lotería. Para 1908, con motivo de las fiestas del Centenario y la edificación del monumento homenaje a Benito Juárez, el pabellón fue nuevamente desarmado y trasladado al Parque de Santa María la Ribera, donde se reinauguró el 26 de Septiembre de 1910.




Para 1889, la sede “Universal” se ubicó de nuevo en París, con el pretexto de una Feria que vitoreara el centenario de la revolución Francesa y la universalidad de esa nueva erudición. Sin duda alguna, el mayor y perdurable símbolo de aquella feria fue la edificación de una torre de trescientos metros de altura, a cargo de Gustave Eiffel, estructura recibida con espantosas críticas y que es ahora símbolo irreemplazable de aquella ciudad…



La enorme explanada detrás de la “École Royale Militaire de París” (diseño de Ange-Jacques Gabriel en 1752) y frente al “Palais du Trocadero” (edificado para la exposición universal de 1878), se había transformado ya en sitio habitual para las exposiciones, y así el “Champ de Mars” recibió también la espectacular “Galerie des Machines” –diseño de Ferdinand Dutert y Victor Contamin– como contraparte de la torre y complemento del salón de fiestas en el “Palais du Trocadero”.


En postales coloreadas aparecen, arriba, la “Galerie des Machines”, y abajo, el eje principal, que alineaba la colina de Chaillot con el Trocadero, el puente “Iéna” (edificado entre 1808 y 1814 por Corneille Lamandé) sobre el Sena y los arcos de la torre del señor Eiffel, para llegar a la galería de las máquinas, donde la calzada remataba con la espectacular cúpula del salón de eventos cuyo interior aparece más abajo en un óleo de Louis Beroud; la extraordinaria pintura no solo muestra la novedosa estructura de acero de los edificios, sino la ecléctica decoración interior así como la variada y heterodoxa vestimenta de los visitantes, muy a la manera del gusto de la época…





En ése contexto, sobre la explanada del Campo de Marte transformado en “prado de las naciones del mundo” y justo al Sur-Oeste de la Torre, en compañía de los gallardetes de latinoamérica, se edificó el proyecto “Neo-Azteca” para el pabellón de México, rodeado por las casas de Bolivia, Venezuela, Argentina y Brasil…

El diseño del pabellón estuvo a cargo de Antonio Peñafiel y Antonio M. Anza, ambos connotados ciudadanos y de trayectorias diferentes: Peñafiel fue un médico prestigiado, asiduo a la estadística, que escribió gran cantidad de libros y artículos sobre arqueología mexicana hacia el cambio de siglo; Anza fue ingeniero civil y arquitecto, catedrático de composición, que participó en la terminación de la Penitenciaría de la Ciudad de México (Lecumberri).



Las ideas arqueológicas de Peñafiel se vieron plasmadas en el exterior, con elementos arquitectónicos y ornamentales adaptados por Anza y otros artistas, destacando una serie de magníficos relieves en bronce, trabajados por un joven becario mexicano de la academia de San Carlos que a la sazón trabajaba en París.

Esos doce bronces, así como atlantes, hornacinas y coronamiento, fueron creados para el pabellón por Jesús Fructuoso Contreras, dando sustancia y forma al proyecto de Peñafiel que como homenaje a las culturas antiguas, fue descrito como “…del más puro estilo Azteca”.

Habrá muchos más detalles del edificio en una próxima entrada de “Grandes casas de México”.

Hago énfasis en Contreras porque su papel también será relevante en 1900, como parte de los expositores en el pabellón de México y por haber recibido enormes distinciones. Abajo, una imagen tomada en 1889 en el estudio de E. Colibert y que publicó Patricia Pérez Walters, aparecen el propio arquitecto Colibert de pié al centro y Contreras a la extrema derecha con otros artistas y técnicos.



En los talleres de los hermanos Thièbaut, Contreras llevó a cabo el vaciado y fundido de seis relieves de deidades (Tlaloc, Centéotl, Chalchiuhtlicue,Camaxtli, Xochiquetzalli y Yacatecuhtli) así como de otros tantos personajes históricos (Nezahualcoyotl, Izcóatl, Totoquihuatzin, Cacama, Cuitláhuac y Cuauhtémoc), resultando éstos últimos de magnífica factura y sorprendente belleza.




Luego de desmontado el pabellón, los relieves se enviaron a México y se dispersaron. Tres relieves (Izcóatl, Nezahualcoyotl y Totoquihuatzin) se pueden conocer en el Jardín de la Triple Alianza, al exterior del Museo del Ejército, en Filomeno Mata esquina con Tacuba; otros varios están en el Museo de Aguascalientes. Cuatro réplicas de los bronces forman también parte del remate del “Monumento a la Raza” (construcción concebida por Francisco Borbolla y ejecutada por el arquitecto Luis Lelo de Larrea en 1940 sobre la Avenida de los Insurgentes). Arriba, el relieve que representa a Cuauhtémoc y abajo el bronce de Izcóatl como parte del Monumento a la Raza.




De la estructura presentada por México en la “Columbian Exposition” de Chicago en 1891 no quedó huella; apenas las fotografías que nos hablan de la “Exacta y maravillosa reproducción de las misteriosas ruinas de Yucatán” frente al edificio de etnología, recreación evidente del "Uxmal" (Plate 10, Archway, Casa del Gobernador) de los grabados de Frederick Catherwood.



Así las recreaciones historicistas de México ante el mundo; hasta llegar a 1900…




La Exposición Universal de 1900, se llevó a cabo entre el 15 de abril y el 12 de noviembre en París; participaron 58 países, cubrió una superficie de 120 hectáreas, y parece que fue visitada por 50’860,801 personas ‒cifra sorprendente en el siglo XIX‒. Durante la exposición, también se llevaron a cabo los Juegos olímpicos de 1900.



Las edificaciones más sorprendentes serían sin duda el “Grand Palais”, el “Petit Palais des arts” (edificados en el emplazamiento del Palacio de la Industria de la exposición universal de 1855), con la nueva avenida sobre el puente Alexandre III frente a la explanada de los Inválidos. Además, se construyeron la estación de trenes de Orsay (ahora Museo de Orsay) y una enorme noria 100 metros (rueda de la fortuna) en la avenida de Suffren.



En el Campo Marte, y aprovechando la enorme estructura de la “Galerie des Machines” que se había edificado en 1889, se montaron las salas de agricultura y alimentación y al centro, la notoria atracción que resultaron los “Palais de l'Electricité” y el “Château d'Eau” (Palacio de la electricidad y Castillo del agua), diseños de Hénard y Paulin, homenajes a los grandes logros del siglo que ya comenzaba.





La lista de atracciones y sorpresas para los visitantes extranjeros resulta casi interminable, pero indispensable es mencionar que además de la primera línea del Metro de París (Porte de Vincennes - Porte Maillot, con entradas diseñadas por Hector Guimard) se edificó la «Rue de l'Avenir» (calle del futuro), con sus “trottoirs roulants” (banquetas rodantes) que permitían a los visitantes trasladarse a diversas partes de la exposición circulando sobre plataformas móviles a lo largo del Sena sobre los Quai D’Orsay y Branly, la rue Fabert a un costado de la explanada de los Invalidos, la Avenue de La Motte-Piquet y a un costado del Campo Marte sobre la Avenue de la Bourdonnais. Abajo, una toma de ese “trottoir roulant” sobre el Quai D’Orsay, donde se distingue el pabellón que representaba a Italia, con su inconfundible diseño “gótico-bizantino”.



Es innecesario señalar la Torre Eiffel –que mantenía su presencia desde 1889–, nuevo símbolo e ícono de la exposición, que se transformó en “Fanal del mundo para el nuevo siglo XX”…



El paso ceremonial a la exposición se realizaba salvando el monumental acceso a través de la “Porte de la Place de la Concorde”, diseño de Binet rematado con la estatua “La Parisienne” de Moreau-Vauthier, para recorrer luego el “Cours-la Reine” y decidirse por la nueva avenida entre los Grande y Pequeño palacios o el puente Alexandre III para llegar a la explanada de los Inválidos y sus maravillosas exposiciones.





Buena parte de los países del orbe, representados por edificaciones construidas sobre el Sena en lo que se llamó “L’avenue des puissances étrangères” siguieron con la tradición de edificar pabellones que recreaban en pomposas alegorías académicas las glorias de su pasado histórico –parte del requerimiento de la convocatoria–, con una sucesión de opulentos edificios que unían el eje de la explanada de “Les Invalides”, con la el “Champ de Mars”. Abajo, un dibujo con la vista general de la zona de exposiciones y más abajo vista desde el río Sena, “L’avenue des puissances étrangères”.





No se piense que la exhibición era simplemente para promover ante grandes inversionistas las bondades de los países expositores. Parte imprescindible de lo mostrado en los pabellones se refería también a diseños y objetos destinados al gran público; un buen ejemplo es éste “Juego de Arquitectura”, diseño de Richter y compañía.


La ingeniosa “Caja de construcción” prometía “horas de instructiva diversión” con sus bloques de colorida arena prensada y solidificada. El anverso de la tarjeta en que se muestra el Pabellón que podía armarse, aparecen los datos de “F.-Ad. Richter & Cie.” de Rudolstdt en Alemania, sí como los datos del comprador a quien se envió el juguete en el N° 24 de la Rue Brey. (Agradezco las maravillosas imágenes a Javier Balbás Diez Barroso).



Los representantes de México recibieron un magnífico terreno sobe la ribera del río en el límite de “L’avenue des puissances étrangères”, a un costado del Puente de L’Alma y colindando con la escalinata del “pabellón de los ejércitos de mar y tierra”; todo justo frente al N° 1 del Quai Branly –que a la sazón albergaba el Comisariado General de la Exposición–, y del Palais de l'Alma (en el N° 11 del Quai Branly), edificio diseñado en 1861 por Jacques-Martin Tétaz, para albergar “Les nouvelles écuries pour la Maison de l'Empereur, Napoléon III” y que desde 1888 albergaba las dependencias dedicadas a la estadística y meteorología del gobierno francés.



Si bien el pasado antropológico e historicista había sido bandera representativa de México en las ferias mundiales, para 1900 el arquitecto Anza insistió ante las comisiones y el Ministerio de Fomento, que para la nueva exhibición el estilo ideal para representar a la República debía ser el Neo-Griego…



Luego de varias discusiones y complicaciones en la coordinación, se había nombrado al Ministro de México en Londres, don Sebastián B. de Mier como embajador plenipotenciario (sustituyendo a don Antonio de Mier y Célis) y encargado de la Legación de México en Francia, además de resultar electo como Comisario de México ante la Exposición Internacional de 1900. Sería él quien coordinaría la totalidad de las intervenciones de la República Mexicana, para que la presencia en la Feria resultara exitosa. Con un año de antelación, Mier elaboró un exhaustivo padrón de expositores y definió detalladamente las bases de su participación en París para comenzar la exhibición el 15 de abril de 1900 y permanecer ahí por siete meses.



Don Sebastián recibió tres encomiendas fundamentales: abrir la exposición a tiempo (el pabellón de 1889, había abierto sus puertas con una demora siete semanas); no exceder el presupuesto asignado (la anterior exhibición de México en París casi había triplicado el costo estimado); finalmente, exhibir un mayor número de productos mexicanos y obtener más inversionistas interesados en México. De ser posible, superar el número de premios obtenidos (en la exposición de 1889 la República Mexicana había obtenido 14 “Grandes Premios” y 88 medallas de oro, además de que uno de sus expositores había recibido una condecoración de honor)



En palabras del propio Sebastián B. de Mier, “…la situación del Pabellón era ventajosísima,… 10 metros río debajo de la estación del Puente del Alma y á 12 del palacio de los Ejércitos de Tierra y de Mar, donde se adjudicó á México un espacio de 75 metros de largo por 28’50 de ancho… En igualdad de circunstancias, el éxito de dos centros de exhibición, colocados en lugares diferentes, depende del mayor número de personas que los visiten, y éste número guarda proporción con el de las vías que á ellos conducen”.

Luego de examinar propuestas, el Ministro de Fomento eligió el proyecto presentado por el arquitecto (1872) e ingeniero (1874) Antonio M. Anza; además de cumplir con varias de las exigencias impuestas por la comisión de la exposición, Anza tenía enorme prestigio en México por su participación en las obras de terminación de la Penitenciaría de Lecumberri (hoy Archivo General de la Nación), además de tener la experiencia previa de edificar el pabellón mexicano en 1889. Es importante no confundir a Antonio con su hermano Juan N. Anza, también arquitecto e ingeniero, director de las obras de Palacio Nacional y que desde 1882 trabajó en las obras de transformación del Castillo de Chapultepec. En París, la edificación estaría a cargo del ingeniero Paul Furet y la contratación para edificar el pabellón se hizo con Mr. L. Dior, destacado contratista de la compañía del Ferrocarril del Oeste.


Arriba, “Pavillon du Mexique”, según dibujo firmado por el arquitecto Antonio M. Anza que muestra un corte a nivel de la doble altura central del diseño así como la planta baja del pabellón de México en París 1900. Abajo, una vista del taller en que se modelaron las decoraciones arquitectónicas para el pabellón; destacan el medallón para el remate central con el águila (arriba al fondo) así como los diversos capiteles de interpretación jónica ideados por Anza, además de la decoración para las enjutas de la portada (espacio entre los arcos) que aparece a extrema derecha.



Y decía Anza: “México ha tenido tres épocas muy señaladas en su historia. El período primitivo cuya arquitectura, completamente diversa de la de las razas que pueblan el continente Europeo, llegó á una época de esplendor, que atestiguan las ruinas de sus monumentos. El segundo período corresponde á la época de la dominación española, en cuya época se ejecutaron por arquitectos enviados de la metrópoli, los principales edificios públicos que poseemos… El tercer período comienza con la Independencia y llega hasta nuestros días. En una gran parte de éste período, México ha sido teatro de luchas intestinas, que han tenido por consecuencia el establecimiento de un régimen, gracias al cual, la nación marcha á grandes pasos en la senda del progreso; pero data apenas de ayer.” … “México, que como hemos visto no tiene una arquitectura que lo caracterice, que á simple vista de la fachada de su Pabellón, recuerde su nacionalidad, como la tienen Italia, España, Noruega, etc., debía adoptar un estilo sério (sic) que revelara el carácter del Gobierno que rige su destino y el Neo-Greco, que satisfacía éstas condiciones, fue el adoptado”.


Arriba, una fotografía del peculiar capitel ideado por el arquitecto Anza para su pabellón de estilo “Neo-Greco”, chapitel extendido con un dado a la manera en que Palladio diseñó los remates de la Iglesia del Santo Espíritu en Florencia. Abajo, la fachada norte del Pabellón de la República Mexicana hacia la berma del Sena; destacan los diez capiteles de peculiar orden jónico, la decoración para las enjutas y el medallón central que apareció fotos arriba.



Y escribe don Sebastián Mier: "Como ya he dicho, el Pabellón en la Exposición Universal de 1900 se encontró colocado sobre la orilla izquierda del Sena, en el muelle de Orsay, a 18 metros río abajo de la estación del Puente del Alma del ferrocarril de Oeste y a diez metros río arriba del Palacio de los Ejércitos de Mar y Tierra. La forma general de su planta fue la de un rectángulo de 41.70 metros de largo por 25.40 metros de ancho, en cuyos lados menores se apoyaban dos exedras de 9.90 metros de radio. Su longitud total es de 60 metros. En una gran parte se estableció sobre el tajo del ferrocarril de Oeste y el resto sobre la berma del Sena y sobre el muelle de Orsay. El rectángulo central de 41.25 metros de largo por 11.7 metros de ancho estaba formado por 24 columnas que sostenían el piso superior. En los lados mayores de este rectángulo se apoyaban dos crujías de 3 metros de ancho, cuyas partes centrales estaban destinadas a las comunicaciones del interior con los pórticos, y los doce espacios restantes, separados por tabiques de 0.40 de espesor, proporcionaban departamentos independientes para colocar las diferentes partes de la colección, dando un desarrollo de muros de 103.80 metros".



Gracias a su posición al lado del puente de Alma y frente a la perspectiva de la torre de Eiffel, el pabellón de México resultó muy visitado y fotografiado, sorprendiendo con su “sencilla y elegante sobriedad”, particularmente por contraste frente al boato de los edificios que lo rodeaban…



El acceso desde el Quai Branly, con su generoso pórtico orientado hacia el sur, resultó particularmente agradable, y la terraza del oriente –que recibió la escultura de Jesús F. Contreras para el monumento dedicado a Manuel Acuña–, resultó ser sitio favorito de los visitantes.




Al pórtico norte, que miraba hacia el río y frente a los edificios que recreaban el viejo París (“Le Vieux Paris”), se le aplaudió de inmediato, ya que los visitantes lo consideraron “…uno de los pocos sitios de la exposición que permite contemplar los alrrededores sin estar constantemente irrumpido por la exposición que presentan”.



Al interior, el gran espacio de doble altura y bañado de luz por una amplia claraboya cenital, permitía a los visitantes circular libremente por las exposiciones, mirando lo expuesto de acuerdo con una esmerada clasificación, que el propio Mier había establecido con Anza.

En ese espacio central, destacaron grandemente las exhibiciones de tabacos de “El Buen Tono”, las telas de la “Compañía Industrial de Orizaba” y “San Ildefonso”, así como los muebles y elementos decorativos que tanto “Claudio Pellandini” como “Palacio de Hierro” y “Alfarería Artística S.A.” enviaron para la ocasión.





La exedra poniente albergaba una escalera de tendida rampa, amplio derrame y desarrollo “imperial” semicircular que en el perímetro albergaba también zonas de exhibición. En el descanso, un par de grandes lampadarios de nueva brazos ‒que ahora forman parte de la ceremonial “escalera de leones” del Alcázar de Chapultepec‒, iluminaban con tulipas ámbar el ascenso.



Ya arriba, la totalidad del edificio estaba rodeado y contenido por arcos y columnas de agradable proporción, que delimitaban las áreas de exposición y permitían a los visitantes deambular libremente. Una memorable particularidad era la iluminación eléctrica incorporada al diseño interior, que con ampollas incandescentes contenidas en tulipas (vidrio esmerilado en forma de flor) cubrían a intervalos el intradós de los arcos. En su descripción -con cierto orgullo-, el Sr. Mier detalla que al interior, el pabellón contaba precisamente 1028 lámparas y bujías…


Arriba, la exedra de la escalera vista desde la planta alta con su arcada de exhibición. Abajo, uno de los nueve ábsides que a cada lado del corredor alto albergaban exhibiciones independientes; en éste caso, la exhibición de producción peletera.



En el lado opuesto a la escalera, la exedra oriente de doble altura, albergaba el “Salón de recibo y Bellas Artes” que se podía contemplar desde la planta alta. En la galería superior, se exhibía el “Proyecto de monumento a los Héroes” que diseñara el arquitecto Guillermo de Heredia frente al Panteón de San Fernando como parte central de un monumental “Panteón Nacional y monumento a los Héroes”, sobre la calle de Humboldt que por ello cambió su nombre. (ver: http://grandescasasdemexico.blogspot.mx/2012/10/casa-de-don-joaquin-d-casasus.html y/o http://grandescasasdemexico.blogspot.mx/2015/11/la-casa-de-don-antonio-rivas-mercado-y.html)



En la parte baja, se encontraba el “Salón de recibo y Bellas Artes” donde entre una nutrida variedad de muebles, mesas, cortinajes y biombos –acomodados a la manera de salón y donde se recibía amablemente a los visitantes–, podían ser vistas pinturas de Yzaguirre, Murillo, de la Torre, Javier Martínez y Fuster, así como esculturas de Jesús F. Contreras, Fidencio L. Nava, Agustín L. Ocampo y Guillermo Cárdenas.


Arriba, una imagen del lado sur del “Salón de recibo y Bellas Artes” del pabellón de México en París 1900; entre los cuadros, resalta un retrato ecuestre del general Porfirio Díaz (a la derecha). Entre las esculturas pueden verse “niño pescador” y la conocida “Desespoir”, obra de Fidencio L. Nava y que hoy se puede contemplar en el MUNAL.



Abajo, una imagen del lado norte del “Salón de recibo y Bellas Artes” del pabellón; varios de los muebles, forman ahora parte del acervo del Museo Nacional de Historia y se exhiben en el Castillo de Chapultepec. Al centro puede verse un busto en mármol de Carmen Romero Rubio de Díaz y a la extrema izquierda, se reconoce la magnífica escultura “Malgré tout” de Jesús F. Contreras, obra por la que se haría acreedor a la “Croix dela Légion D’Honneur” de la República Francesa…



“A pesar de todo” (Malgré tout) es una obra que Contreras modeló en la Ciudad de México en 1898, modelo en arcilla que se envió a Italia para ser transferido a mármol en 1899. Ese mismo año, le fue amputado el brazo derecho a Jesús, por lo que al público mexicano sorprendió el que un escultor manco pudiera producir una pieza de tan extraordinaria calidad y factura.



Jesús Fecundo Contreras había realizado buena parte de los bronces del pabellón de México en la feria de 1889 como estudiante, y en México se había forjado una sólida reputación como artista y empresario al organizar la “Fundición Artística Mexicana”, responsable de muchas piezas de bronce entre las que destacan las estatuas ecuestres al general Ignacio Zaragoza de Saltillo y Manuel González Ortega en Zacatecas, el Monumento a la Independencia de Puebla, el bronce de Josefa Ortiz de Domínguez en la plaza de Santo Domingo y una buena parte de las esculturas que adornan en Paseo de la Reforma de la Capital. Además, desde 1898 comandaba “Alfarería Artística S.A.” que producía mayólicas y terracotas decorativas. Es necesario agregar que Contreras había presentado en 1899 un proyecto alterno al de Anza para el pabellón de México, ofreciendo además sus servicios de manera gratuita pare encargarse de un proyecto de gran fastuosidad.



Además de enviar varias obras, Contreras se desempeñó como comisionado general de Bellas Artes durante la exposición y consiguió como célebre artista, poner a México en una nueva posición, donde ya no solo se veía al país como proveedor de materia prima, sino como una nación capaz de un notable desarrollo, cosa manifiesta en la sublime producción artística…

Arriba, una fotografía de Contreras en su taller, donde podemos notar el trabajo preparatorio para el mármol que retrata a de doña Carmen Romero Rubio, una de las piezas que aparece en la foto del “Salón de recibo y Bellas Artes”. Ésta, una pequeña escultura que representaba a su hijo, mas la talla monumental para honrar a Manuel Acuña que se exhibía en la terraza del pabellón (foto de abajo) pero sobre todo “Malgré Tout” le ganaron en 1900 a Jesús Contreras varios premios, pero es de destacar la “Croix dela Légion D’Honneur” entregada por Émile Loubet, Presidente de la República Francesa.


Amado Nervo daría a entender que Jesús Contreras talló aquella escultura de mármol sin el brazo derecho, y por eso la habría titulado “¡A pesar de todo!”; aunque las referencias históricas refutan el hecho, el regreso de Contreras a México resultó triunfal y apoteótico vista la desventura cuasi romántica “…del genio creador”, e inclusive Manuel María Ponce, conmovido por la historia (quizá dando crédito a Nervo) compuso una habanera para la mano izquierda como homenaje al escultor y a su trágica obra, titulada “Malgré Tout”.


De vuelta al pabellón, es interesante señalar que respondiendo a la exigencia de los organizadores, la iluminación no solo se diseñó para el interior, sino también para el exterior del edificio.

Y nos dice Mier: “Al exterior, se adaptó la idea más generalizada, que consiste en acentuar con luz las grandes líneas de la construcción, para que se destaquen del resto, escogiendo las lámparas Glow, con reflector plateado, por lo muy económicas que resultan, y prefiriendo la luz incandescente á la de arco, porque la primera, sobre ser más divisible y más intensa, se presta mejor á servir de elemento decorativo” se logró con 982 lámparas y bujías para el exterior…


Y termina Mier: “Podemos decir que el resultado fue satisfactorio, y más elegante que el de muchos otros expositores…”


En la contabilidad final, en el pabellón mexicano se registraron 478 expositores y la cifra de visitantes se estimó en los dos millones, luego de casi seis meses de exhibición. Con orgullo se publicó que se habían recibido un total de 1088 premios, destacando 34 “Grandes Premios” y 114 medallas de Oro. Además, don Sebastián B. de Mier recalcó ante el Ministerio de Fomento que no se excedió el gasto autorizado, siendo el costo total de la presencia de México en París, de $609,958.00 (frente a los $1’215,029.07 erogados en 1889).



Hubo innumerables menciones en la prensa francesa relacionadas con la presencia de México en la feria de 1900 y a muchos sorprendió que la acogida general fuera muy favorable hacia el pabellón y en muchos casos francamente entusiasta con relación a lo expuesto; particularmente vehementes fueron las notas relativas a las fiestas que se organizaron de manera reservada al interior.



Por su deferencia, reproduzco la nota que el Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica publicó en su gaceta oficial, relativa al Pabellón de México, y que además apareció en los documentos conmemorativos editados en ese país en 1901.






Apenas cuatro años después, en 1904, durante “The St. Louis WORLD’S FAIR” -que se efectuó entre el 30 de abril y el 1° de diciembre-, el “Festival Hall and Terrace of the States” frente al “Grand Basin” del Forrest Park, eran casi una reverberación en Missouri de las instalaciones de París.



El Pabellón de la República Mexicana de la “Louisiana Purchase Exposition”, ahora a cargo del señor Cassius Clay Lamm (ver: http://grandescasasdemexico.blogspot.mx/2013/06/la-casa-de-la-familia-lamm-martinez.html), era recuento de la vanguardia a la que México aspiraba como nación moderna, y sería la última presencia en una feria internacional del país antes de su revolución, paradójicamente, luego de haber solicitado la sede mundial de 1915…



Para 1922, la presencia de México en las Ferias Universales se reanudó en la Exposición Internacional del Centenario -en Río de Janeiro-, con un pabellón neocolonial diseñado por Carlos Obregón Santacilia; en la Exposición Iberoamericana de Sevilla en 1929, la República Mexicana fue aplaudida por su pabellón Neo-Maya, diseñado por Manuel Amábilis Domínguez.



Sorprendentemente el pabellón de 1900 ha sido ampliamente ignorado en los recuentos históricos…







Este Blog está dedicado a las “Grandes casas de México” y pretende rescatar fotografías e historia de algunas de las residencias y edificaciones que al paso del tiempo casi se han olvidado. El objeto es la divulgación, por lo que se han omitido citas y notas; si alguien desea mayor información, haga favor de contactarme en la sección de comentarios. Si utilizan las imágenes, favor de indicar la fuente –aunque advierto que pueden tener registro de autor–. Conforme haya más entradas (ya hay más de 40), aparecerán en el índice a la derecha de ésta página…