jueves, 11 de junio de 2015

El Alcázar de Chapultepec, “Residencia Imperial”…


Nota preliminar:
El Castillo de Chapultepec tiene una larga e intrincada historia; ésta nota se refiere únicamente a la vivienda que se edificó y transformó para Maximiliano I de México –entre 1863 y 67– para habitarla a manera de Residencia Imperial. Además se incorporan las alteraciones que en 1882 hiciera el Presidente Manuel González por la coherencia que con el proyecto original mantenían y que son indispensables para entender las diferencias que lo distancian del edificio que hoy vemos...



A mediados del S. XIX, México vivía un período de luchas internas que enfrentaban a Liberales y Conservadores. En 1863, luego de la toma del poder por parte de la fracción conservadora, se formó una comisión que en Miramar ofreció el trono de México al Archiduque Maximiliano de Habsburgo; luego de solicitar pruebas de la aprobación que tendría su gobierno en México y haber recibido los documentos que demostraban una abrumadora aceptación, Maximiliano aceptó el trono y renunció a todos sus derechos como miembro de la familia real de Austria...


En la foto de arriba, aparece la familia imperial austriaca en 1859, con el archiduque Francisco Carlos de Austria (sentado a la derecha) y la princesa Sofía de Baviera (sentada al centro), junto a la emperatriz Isabel (mejor conocida como Sissi) y dos de sus hijos Gisela princesa de Baviera (de pié) y Rodolfo (Archiduque de Austria y heredero de la corona) sobre su regazo; de pie, a la extrema izquierda el emperador Francisco José I de Austria (que a los 18 años recibió el trono luego de abdicar Fernando I de Austria), Fernando Maximiliano José María de Habsburgo-Lorena y su esposa Carlota Amalia de Bélgica, el hermano más joven archiduque Luis Víctor de Austria, y a la extrema derecha Carlos Luís de Austria (padre del archiduque Francisco Fernando de Austria cuyo asesinato desencadenó la Gran Guerra)

De amplia formación cultural y sensibilidad artística así como con fama de buen conversador, Maximiliano fue un personaje muy popular de la Corte Imperial de Viena -centro máximo de la vida cultural, financiera y política de Europa en 1850-; popularidad que se incrementaba por el contraste de su presencia frente al carácter reservado y áspero de su hermano mayor, el emperador Francisco José. Así, Maximiliano era percibido como simpático y franco, además de que su “exaltada melancolía”, unida a un espíritu filosófico y artístico, se volverían distintivos conforme pasaron los años. Aun así y a pasar de las diferencias, el respeto y adhesión hacia la autoridad de su hermano mayor era manifiesta en la corte, cosa que causaba una buena imagen para los vieneses y las cortes europeas.

En palabras de Ángeles González Gamio: “Cuando le ofrecieron el trono de México tenía treinta años, era romántico, buen conversador, muy elegante, aficionado a la historia, el arte y las antigüedades y, de pensamiento liberal.”



No es materia de éste blog dar antecedentes o discutir acerca de la legitimidad de ese gobierno en México, pero es interesante anotar que cinco años antes de recibir la propuesta mexicana, Maximiliano de Habsburgo había gobernado desde Milán el reino Lombardo-Véneto, donde tuvo que enfrentar las rebeliones independentistas de los patriotas italianos; luego de haber sido depuesto por su hermano, el propio Conde Cavour –Camillo Paolo Filippo Giulio Benso, titán vencedor frente a los austriacos–, escribió con ironía del relevo del hábil Maximiliano:

"Al fin podemos respirar de nuevo. ¿Sabéis quién era nuestro enemigo más terrible en Lombardía, al que más temíamos y cuyos avances medíamos todos los días?: el archiduque Maximiliano, joven, activo y emprendedor, que se entregaba por completo a la difícil tarea de ganarse a los milaneses y que iba a conseguirlo. Su perseverancia, su forma de actuar y su espíritu justo y liberal, ya nos habían quitado a muchos partidarios. Las provincias lombardas nunca habían sido tan prósperas ni estado tan bien administradas. Gracias a Dios, el buen gobierno de Viena intervino y, siguiendo su costumbre, pilló al vuelo la ocasión de cometer una estupidez, un acto contrario a la política, el más funesto para Austria y el más beneficioso para el Piamonte. Al enterarme de esta noticia, respiré. Lombardía ya no podía escapársenos de las manos". (Citado por Martha Zamora).


En uno de sus viajes, el archiduque conoció a la princesa Carlota Amalia, hija del rey Leopoldo I de Bélgica, con quien contrajo matrimonio en julio de 1857 -él de 25 años y ella de 17-, y en buena medida, la dote le permitió edificar –durante y luego de su administración de Lombardía y Venecia–, una residencia de fantasía frente al golfo norte del Adriático donde apenas a unos kilómetros de Trieste construyó “Miramare”, asesorado por el arquitecto Julius Hoffman el mayor. Además, durante ese período, la archiduquesa Carlota adquirió para Maximiliano una isla en la costa de Croacia –justo frente a la actual ciudad de Dubrovnik–, donde construyó una casa de verano sobre las ruinas del convento dominico de Lacroma (Lokrum), sitio en que además se diseñó un maravilloso jardín…


Arriba, una fotografía contemporánea de la casa de campo en la isla de Lacroma, luego de más de cien años de abandono; más arriba, el Palacio de Miramar visto desde el jardín del muelle.

A Napoleón III de Francia le interesaba la idea de crear un imperio en México y decidió apoyar a los conservadores enviando a un ejército francés a México con el propósito de establecer un gobierno pro-europeo frente a la injerencia de los Estados Unidos, que apenas unos años antes habían invadido el país. El ejército francés fue derrotado en la famosa Batalla de Puebla, pero al año siguiente regresaron y tomaron la ciudad, para finalmente -con el apoyo de los conservadores mexicanos- tomar la ciudad de México y con ello el poder, instaurando una monarquía parlamentaria, que declararía a Maximiliano de Habsburgo: Emperador de México.



Con el beneplácito de Napoleón III y encabezada por el diplomático José María Gutiérrez de Estrada, una comisión de notables ofreció el trono a Maximiliano en el Castillo de Miramar el 2 de octubre de 1863; integraban el grupo, don Juan Nepomuceno Almonte (hijo de José María Morelos y Pavón), José Manuel Hidalgo -amigo cercano de la emperatriz Eugenia-, el padre Francisco Javier Miranda, don Antonio Escandón -socio de la Casa Jecker-, el ingeniero Joaquín Velázquez de León y Esnaurrízar, el general de origen francés Adrián Woll, el General don Miguel Miramón y Tarelo, el Doctor don José Pablo Martínez del Río, Tomás Murphy, Ignacio Aguilar y Marocho, así como Ángel Iglesias como secretario. Al ser recibidos por el archiduque, leyeron ante él la petición oficial de los mexicanos para que éste ciñera la corona mexicana y ocupara el trono.

El archiduque, que había leído mucho sobre México –desde De Bry hasta Sartorius, pasando por Basarás e Inglis– incluyendo el ensayo de Alejandro de Humboldt, conocía acerca de sus riquezas naturales, y sabía que México tenía el potencial de convertirse en un imperio de primer orden mundial. Gracias al Tratado de Miramar, Napoleón III ofrecía sus tropas y las ponía a disposición de Maximiliano de aceptar éste un trono, con la única condición de saldar la deuda que había originado el conflicto. Si bien el archiduque ya había encontrado bienestar en su retiro Adriático en el Castillo de Miramar, decidió emprender esta extravagante aventura, acaso estimulado por el reino del emperador Pedro I de Brasil.



Tiempo después, de rodillas y con la mano derecha sobre la Biblia, ante el sacerdote que atendía la capilla de Lacroma, Maximiliano formuló en español su juramento: "La empresa que se me confía es grande, pero espero triunfar con la ayuda de Dios y el apoyo de todos los buenos mexicanos. Nosotros probaremos -así lo espero-, que una libertad bien entendida se concilia perfectamente con el imperio del orden; yo sabré respetar la primera y hacer respetar el segundo. Yo Maximiliano, emperador de México, juro ante Dios por los santos evangelios, procurar por todos los medios que estén a mi alcance el bienestar y prosperidad de la nación, defender su independencia y conservar la integridad de su territorio".


Arriba, un detalle en la decoración de la carroza que la comunidad de Lombardo-Véneto obsequió a Maximiliano en abril 1864 a su partida de Miramar rumbo a Veracruz… Ahora se encuentra en exhibición dentro del Salón de Carruajes del Museo Nacional de Historia, como Carruaje de gala; casi se pierden el escudo y corona del Imperio Mexicano entre las rocallas doradas de Cesare Sala…

Poco tiempo después, escribiría Maximiliano I en su diario las razones para aceptar la corona mexicana: "Ni mi personalidad ni mi individualidad son compatibles con mi hermano mayor, como me lo ha hecho notar de la forma más patente. Mis ideas liberales le escandalizan. Le teme a mis maneras francas y a mi naturaleza apasionada. La experiencia adquirida en mis viajes le aviva celos, pero él es el soberano y tiene el poder. Soy el primero en reconocerlo, y bajo estas circunstancias, todo lo que puedo hacer es retirarme indiscutiblemente de sus asuntos. Esto he hecho, retirarme a la paz de Miramar, hacia el silencio de Lacroma. Ahora, de la nada, aparece la oferta del trono mexicano que me da la oportunidad de liberarme de una vez por todas de los escollos y la opresión de una vida falta de acción. ¿Quién en mi posición, con juventud y salud, con una esposa solidaria y llena de energía, que me impulsa, haría sino aceptar la oferta?".
Abajo, una réplica en madera de la corona y cetro del Imperio Mexicano.



Nos dice Paula Kolonitz, que “El 12 de junio (de 1864) el emperador y la emperatriz entraron solemnemente a la Ciudad de México… que estaba magníficamente engalanada. Las casa aparecían llenas de guirnaldas, de banderas, de flores, de tapices, de inscripciones testimoniándoles la común alegría a Maximiliano y a Carlota. Por todos lados se levantaron arcos de triunfo, las calles estaban atestadas de gente; a los miles de balcones de la ciudad se asomaban señoras y niños aplaudiendo. En su mayoría las damas vestían de negro envueltas con la mantilla española”

Y apenas unas líneas antes, nos dice también que: “La emperatriz estaba especialmente alegre y grande era su entusiasmo, cosa de la que nunca creí capaz a aquella gran señora siempre calmada y tranquila. Todo le encantaba, todo le parecía excelente… Es verdad que una gran parte de la población sentía gratitud y regocijo esperando que al fin -con la nueva forma de gobierno-, retornase la paz y con ella el bienestar y la felicidad a éste desventurado y afligidísimo país.”

En la foto de abajo, uno de los arcos levantados en honor a la Emperatriz Carlota en lo que hoy es la calle de Tacuba vista desde el cruce con Allende. A la izquierda se adivina la barda atrial de San Andrés y la Casa de Ejercicios de Aracoeli; a la derecha, el antiguo hospital de Betlemitas y en primer plano su capilla (que hoy es Museo del Ejército).



Concha Lombardo –en Memorias de una primera Dama– escribió: "La recepción que México les hizo fue verdaderamente regia. En las calles, las plazas y los edificios públicos flotaban infinidad de banderas tricolores y la ciudad parecía un extenso jardín, por la cantidad de arbustos, plantas y flores que la adornaban. Yo presencié la fiesta desde un balcón de la casa de don Octavio Muñoz Ledo, en la calle de Plateros, y fue tanto el entusiasmo que en aquel día dominó los espíritus que vi bajar de los balcones a las principales señoras y al paso del soberano ofrecerle ramos de flores."
Abajo, de Le Monde Ilustrée "Entrée a Mexico, le 12 juin, de Leurs Majestés l'empereur Maximilien et l'impératrice (D'aprés le croquis de M.L., officier du corp expéditionnaire), 1864"



Y sigue Lombardo: "En la noche hubo una brillante iluminación y bien se puede decir que no había en toda la ciudad una sola casa en la que no hubiera gran profusión de luces y de artísticos faroles de colores. En algunas casas se veían los retratos de Maximiliano y Carlota pintados sobre grandes transparentes, rodeados de plantas, luces y banderas, terminado el adorno con cortinajes de seda y terciopelo. Al día siguiente de la llegada de los soberanos hubo en su honor una función en el teatro, a la cual asistieron las autoridades, el cuerpo diplomático, la corte y toda la alta sociedad de México. El emperador llevaba frac y sobre el pecho la condecoración de la Gran Cruz de Guadalupe. La emperatriz vestía un elegante traje blanco, adornado de encajes, una diadema de brillantes y al cuello un grueso collar de perlas".



No es objeto de ésta nota el profundizar acerca del II Imperio mexicano, pero creo interesante hacer notar el interés por parte de la corona en uniformar la nueva insignia del Imperio Mexicano. De manera generalizada se incorporó el monograma MIM --nominalmente MAXIMILIANUS IMPERATOR MEXICANORVM-- (pero que la costumbre transformó en “Maximiliano Primero de México”) como elemento personal del Emperador y al escudo de armas diseño de la casa de París, que retomaba los grifones de la casa de Austria…

El 1 de noviembre de 1865 se promulgo un decreto donde describía el escudo oficial y decía:
”MAXIMILIANO, EMPERADOR DE MEXICO:
DECRETAMOS
El Escudo de armas del Imperio es de forma oval y campo azul: lleva en el centro el águila del Anáhuac, de perfil pasante, sostenida por un nopal, soportado por una roca inundada de agua, y desgarrando la serpiente: la bordura es de oro, cargada de los ramos de encina y laurel, timbrado con la corona imperial: por soportes tiene los dos Grifos de las armas de Nuestros mayores, mitad, la parte superior negra y la inferior de oro; y por detrás en sotuer el cetro y la espada: está rodeada del collar de la Orden del Águila Mexicana, y por divisa: “Equidad en la Justicia”. Todo conforme al modelo que se acompaña...
Los colores del pabellón nacional son: el verde, el blanco y rojo, colocados paralelamente a la asta en el mismo orden en que se enumeran y en iguales dimensiones cada uno.



La moneda emblemática del Segundo Imperio fue la de un peso, primera en utilizar esa denominación y que hasta la fecha es la unidad monetaria de nuestro país; vino a sustituir la moneda de ocho reales, con igual valor, peso y ley, pero con diámetro ligeramente inferior (mide 37mm). En la imagen, anverso y reverso de la moneda de un peso de plata, acuñada en 1866 dentro de la Casa Imperial de Moneda, trabajo del grabador mexicano Sebastián Navalón.

El anverso, muestra el perfil perfectamente delineado y bordeado por la leyenda “MAXIMILIANO EMPERADOR” así como un exergo que da crédito al grabador. El reverso es una magnífica recreación del escudo de armas del “IMPERIO MEXICANO”, de marco oval y flanqueado por grifos -sobre un fondo de espada y cetro cruzados- y como cimera, la Corona Imperial…



Además, agrego fotografías de la moneda de 20 pesos oro, con características similares anque mayor presición en el grabado; esa moneda pasó a tener curso legal en Francia, Austria y Hungría, así como aceptación para pago de deuda en los Estados Unidos de Norteamerica, donde se conserva un importante número de ejemplares enviados por Benito Juárez.



Desde un principio, Maximiliano I apoyó el desarrollo del novedoso ferrocarril que uniría el puerto de Veracruz con la Ciudad de México, pasando por Córdoba, Orizaba, Apizaco y Puebla. La propuesta que impulsaba la sociedad encabezada por don Manuel Escandón bautizó a la aventura como “Ferrocarril Imperial de México” y desde 1865 se produjeron innumerables diseños para el proyecto que incorporaban elementos distintivos del Segundo Imperio; pongo como ejemplo éste “Proyecto para un arbotante de gas, diseñado por William Lloyd en 1865” que forma parte de la colección del centro de documentación e investigación ferroviarias.



En la ciudad de México, el edificio de Palacio Virreinal mutó en Palacio Imperial y durante el proceso se sometió a algunas modificaciones. Se destruyeron las viviendas que por años habían invadido la azotea y se levantó el nivel de los patios para evitar inundaciones, al mismo tiempo que se destruían paredes que por el inevitable deterioro ya resultaban inútiles o peligrosas; sin duda alguna, el más distintivo –y afortunado– de esos cambios que por órdenes expresas de Maximiliano se hicieron, se dio en el Salón de Recepciones: en el amplio y alargado aposento, se retiraron los rasos del techo para dar aire a la magnífica viguería virreinal de cedro –que todavía hoy luce espléndida en el Salón de Recepciones–, también conocido como Salón del Dosel o del Trono; además fue motivo de redecoración con la instalación de la Galería de Retratos que recibió óleos de los pinceles de Petronilo Monroy (retrato de Iturbide), José Obregón (retrato de Matamoros), Ramón Pérez (retrato de Allende), Joaquín Ramírez (retrato de Hidalgo) y el propio Santiago Rebull, encargados expresamente por el Emperador para “…buscar una vinculación con el heroico pueblo que presido”. Abajo, la viguería del Salón de Recepciones en 1986.



Además, en el Palacio se amplió el Jardín Botánico, se liberó el edificio de la Casa de Moneda y se fundó el Teatro de la Corte; una alteración relevante fue la adición de una nueva escalera en los “Departamentos Imperiales” a la que comúnmente se llama “Escalera de la Emperatriz Carlota”. La construcción fue ordenada por Maximiliano a los hermanos Juan y Ramón Agea para uso exclusivo de la corte, y estaría cubierta por un tragaluz de cristal; la peculiar escalinata de muy ligeros peldaños –gracias a estar empotrados en el muro y apoyarse los escalones unos sobre los anteriores– causó revuelo e inquietud en 1867 cuando fue entregada; abajo, una imagen de la escalera en 1986, cuando ya se había ampliado a los pisos superiores y presentaba un escudo actualizado en 1930 reemplazando el escudo imperial.



En la “Galería de Emperadores” de Palacio Nacional, aún se conserva algo del mobiliario que se confeccionó para el Palacio Imperial de Maximiliano I de México; muestro el detalle de una de las lámparas de pie, ejecutadas por la casa Hollenbach auf Wien, donde aparece el monograma imperial. Muchas piezas de ese ejemplar se perdieron, ya que el presidente Juárez subastó los objetos decorativos del palacio en 1869…



Durante los primeros meses de su reinado, Maximiliano I de México reorganizó la Academia de San Carlos y fundó nuevas instituciones imperiales que transformadas llegan a nuestros días: la Biblioteca Imperial (ahora Nacional) y la Academia Imperial de Ciencias y Literatura, así como el Museo de Historia Natural, de Arqueología y de Historia, que se instaló en el edificio anexo al Palacio Imperial -que había alojado la casa de Moneda-, donde desde el 6 de julio de 1866 se trasladaron las “piedras antiguas” que había guarecido el viejo edificio de la Universidad. Abajo el Salón de Monolitos de Museo Nacional en la “Casa de Moneda” en una fotografía de 1910, cuando ahí se había trasladado también la Piedra del Sol, que muchos siguen llamando “Calendario Azteca”.



Además, el emperador comenzó a embellecer la ciudad de México ajustando la alineación de calles, sembrando fresnos y rescatando el parque de La Alameda, acelerando la instalación de alumbrado de gas y decretando la colocación de nuevas esculturas cívicas; el primer acto fue la develación de una estatua representando a José María Morelos, que obsequió Maximiliano y se colocó frente a la casa de los marqueses de Guardiola (demolida en 1870), en la plaza que conserva ese nombre y donde aún se admira la magnífica “Casa de los Azulejos”…


La estatua aún se conserva (aunque perdió la espada) en una plaza frente al Eje Vial 1 Oriente.

Desde Miramar, Maximiliano –y probablemente también la ya emperatriz Carlota– había trabajado en redactar una serie de leyes en concordancia con sus convicciones liberales y su condición de miembro de la masonería; el 10 de abril de 1865 en la ciudad de México, el Emperador decretó el Estatuto del Imperio que dividía el territorio en 50 departamentos, y promulgaba también un código civil que concedía igualdad de derechos a los hijos "naturales" y la patria potestad a las madres; además decretó una Ley de Instrucción Pública que establecía la primaria gratuita y obligatoria; y una ley agraria protectora de los campesinos e indígenas, que incluía medidas como restringir las horas laborales y abolir el trabajo de los menores, cancelar las deudas de los campesinos -que excedieran los 10 pesos- y prohibir toda forma de castigo corporal. Intentó además desgajar el monopolio de las tiendas de raya, e imponer la educación indígena bilingüe, el descanso dominical, la libertad de culto y el derecho al voto de los desposeídos. Además, dispuso restaurar la propiedad comunal, dotar a los pueblos de fundo legal si carecían de él, así como ejidos y tierras de labor. Creó también un Comité Protector de las Clases Menesterosas, una Casa de Maternidad e Infancia gratuita y legalizó la prostitución, considerada como un problema de salud pública, decreto que como varios otros fue traducido al náhuatl. Sorprendentemente, se esforzó porque fueran públicos los ingresos y egresos de su gobierno.


Por su parte, la Emperatriz dio audiencia todos los lunes para recibir las peticiones de los pobres porque deseaba ser “como una madre para todos los mexicanos”, por eso se le comenzó a llamar afectuosamente “Mamá Carlota”. También, era popular en la corte porque asiduamente tocaba el piano, y con frecuencia "La Paloma"-que cantaba Concha Méndez-; sin embargo, su gran cultura y afán de conocimiento ponía incómodas a las damas de honor y esposas de los nobles mexicanos, que en pocas ocasiones podían responder las interrogaciones de la soberana…
La imagen que prefiero de la Emperatriz, es la que tomó François Aubert –al que muchos califican como “fotógrafo favorito de los emperadores” – en una sesión de marzo de 1865 en el Palacio Imperial de la ciudad de México, cuando Carlota Amalia de Bélgica, Emperatriz de México contaba 24 años…



A pesar de que la residencia oficial de gobierno era el Palacio Imperial frente a la Plaza Mayor, la morada elegida y que desde un principio prefirieron los emperadores, fue el Cerro de Chapultepec, sitio al que hicieron su primera excursión citadina y donde se llegaba comúnmente por la Calzada del Acueducto y que hoy conocemos como Avenida Chapultepec. Maximiliano I solicitó al ingeniero Luís Bolland hacer los estudios necesarios para trazar una avenida que ligara de manera conveniente ese sitio con la primera glorieta del Paseo de Bucareli, sitio en que se había colocado la estatua ecuestre de Carlos IV en 1852. Adquirió además terrenos para lograr el propósito, obteniendo del ingeniero Francisco Somera –que era entonces el propietario de la Hacienda de la Teja– varios terrenos por los que habría de pasar la nueva calzada.

La avenida, que en palabras de José María Marroqui, “en su momento apenas llegó a ser angosta y sin adorno alguno”, era eco a de los grandes bulevares que en París había trazado Georges-Eugène Haussmann para Napoleón III, pero también hacía referencia directa a la “Avenue Louise” de Bruselas y resonaba con las intervenciones urbanas que en la Viena de Francisco José I de Austria se hacían para la “Ringstraße”…


El remate de esa calzada, “que debía tener 18 metros de ancho y 9 metros cada una de las banquetas, y un trazo que alcanzó los 3,435 metros de longitud” sería el frente oriente del cerro de Chapultepec, coronado por el edificio del Colegio Militar que había sido gravemente dañado durante la invasión Norteamericana, sujeto al fuego de la artillería de las divisiones de Worth, Quitman y Pillow durante el 12 y 13 de Septiembre de 1847.


Arriba, de una litografía de Carl Nebel que apareció en el libro “The War Between the United States and Mexico –Illustrated–” publicado por George Wilkins Kendall en 1851, un detalle de “The Battle of Chapultepec, September 1847” en que se señala el sitio donde para 1864 se erigió lo que sería la residencia de Maximiliano I de México…

Como complemento, agrego también la imagen número 44 titulada “Castillo de Chapultepec” de “MEXICO PINTORESCO, Colección de las principales iglecias (sic.) y de los edificios notables de la Ciudad” que publicada en 1854 con acuarelas de autor anónimo, muestra el estado que guardaban la loma de Chapultepec y el colegio Militar luego de la invasión norteamericana; además es interesante notar que en la acuarela aparece una parte del Acueducto de Chapultepec, mismo que da nombre a la avenida y del que se conservan algunos arcos.



En 1841, Joaquín Velázquez había ampliado el edificio virreinal para albergar el Colegio Militar y levantó un torreón circular en el patio alto del oriente; ese “Caballero Alto” (en términos militares, un caballero es una torre de observación) dio al colegio el carácter de fortificación y sería un elemento alegórico en ese “patio alto” para la transformación de los jardines privados de los emperadores. Dice Paola Kolonitz: “El emperador, al encontrarse en la parte más alta del cerro no pudo ocultar su regocijo ante las bellezas de la naturaleza –cosa que también sucedió a la emperatriz– y ambos decidieron habitar de inmediato esa terraza, conformándose con un pabellón amueblado… A los ocho días el emperador, la emperatriz y su séquito ya lo habitaban, renunciando a toda comodidad”.

De entre las cartas que Maximiliano envió a su hermano el archiduque Carlos Luís, el 10 de julio de 1864, destaco:
“El país es en realidad muy hermoso… los alrededores de la capital tienen el carácter de la inolvidable Lombardía, magníficas praderas, hermosos árboles y abundancia de agua. Vivimos alternativamente en el gigantesco palacio de la ciudad –un viejo y venerable edificio con mil cien habitaciones– y en Chapultepec –el Schönbrun de México–, un encantador palacio de placer sobre una roca de basalto, rodeado de los gigantescos y gloriosos árboles de Moctezuma, y desde cuya terraza se ofrece una perspectiva de tal hermosura que quizá sólo haya contemplado otra que se acerca en belleza en las afueras de Sorrento.”
Y sigue: “en Chapultepec estamos solos y muy retirados y vivimos todavía más tranquila y sencillamente que en Miramar.”

Aunque tomada casi sesenta años después, ésta fotografía aérea puede ayudar a entender la descripción. Al centro de la toma el Castillo de Chapultepec, con el edificio del Colegio Militar y a su derecha lo que ahora llamamos “Alcázar” y que sería el “palacio de placer” del emperador; la toma hacia el Nor-poniente muestra los terrenos de Chapultepec y los de los ranchos de Anzures (derecha), Coscoacoaco y “La hormiga” (izquierda), así como los amplios plantíos de la Hacienda de San Juan de Dios de los Morales…



Cabe mencionar que el acceso a la parte alta de la colina no era la avenida que hoy conocemos, sino un empinado camino que partía del sitio que hoy ocupa la “Fuente de la Templanza”. En la imágen de abajo, aparece un detalle del plano “Levée et dessinée par le Capitaine Ln. Genie., Mexico le 24 Juin 1863” (Mapoteca Orozco y Berra) en que se puede ver el camino por el que originalmente se accedía a la fortaleza de Chapultepec (sobre la ladera sur –lado izquierdo-); en rojo he marcado el trazo que dio lugar a la nueva calzada de acceso al castillo y sus explanadas, haciendo más agradable el camino de ascenso y acorde a las intenciones del emperador...



Como es natural, hay varias edificaciones del período que luego de 150 años han desaparecido y un ejemplo es la gran puerta ceremonial de acceso a Chapultepec –con la gran arcada y reja central dedicada al paso exclusivo de los emperadores–, que se ubicaba en lo que hoy es la Gran Avenida, justo en el sitio que ocupa la “Casa del Guardabosques”.


La arcada quedó en desuso luego de abierto el nuevo camino de acceso, camino que desafortunadamente solo conocemos como “Rampa de acceso al Castillo de Chapultepec”; además, luego de trazado el nuevo Paseo del Emperador (Reforma), el acceso al castillo ya no se hacía por la Avenida Chapultepec, por lo que la aproximación desde el Sur-Oriente, dejó de ser la perspectiva principal.


Arriba, en una sorprendente fotografía fechada en 1867, expuesta por François Aubert y que forma parte de la colección del Musée Royal de l’Armée et d’Histoire Militaire de Bruselas, aparece el Castillo de Chapultepec visto desde el terraplén de la Gran Avenida, en lo que hoy es la esquina que conforman Avenida Chapultepec y Agustín Melgar. Nos permite entender con mirada contemporánea las características de la Residencia Imperial de Chapultepec, pero además permite entender lo precisas que podían ser las litografías que del período se conservan:
Entra en escena Casimiro Castro y su trabajo para J. Decaen en “México y sus alrededores”…



Castro tomó lecciones con el artista italiano Pietro Gualdi, y recibió además gran influencia de Claudio Linati de Prevost, que introdujo la litografía en México. Entre 1855 y 56 se publicó la invaluable obra "México y sus alrededores" dirigida por de J. Deacaen siendo el principal autor de los trazos el propio Casimiro Castro, además de los artistas Julián Campillo, Luis Auda y G. Rodríguez; la obra incluía 42 estampas relativas a la Ciudad de México y su ambiente de las que 31 eran obra de Casimiro Castro: se incluían vistas aéreas captadas desde globos aerostáticos o azoteas. "México y sus alrededores" es considerada una joya de la litografía mexicana del Siglo XIX debido a la calidad de sus dibujos y la fidelidad de sus litografías.

Una estampa –que aparece fechada en 1869– bajo el título “Bosque de Chapultepec” muestra al centro y extrema izquierda el estado preciso que entonces guardaba la residencia imperial, además de magnificar los sorprendentes Ahuehuetes del parque que con tanta atención rescató Maximiliano I encomendando a Knechtel su cuidado.



Puedo aseverar con certeza que el emperador conocía el texto de Alexander von Homboldt publicado en 1822 que de Chapultepec dice:
”Todo alrededor de ésta colina se descubre la más frondosa vegetación; antiguos troncos de ahuehuetes (Cupressus disticha), de más de 15 ó 16 metros de circunferencia, levantan sus copas sin hojas encima de las de los schimes (sic.), que en su porte ó traza se parecen a los sauces llorones de oriente. Desde el fondo de ésta soledad, esto es, desde la punta de la roca porfirítica de Chapoltepec, domina la vista una extensa llanura, y campos muy bien cultivados que corren hasta el pie de las montañas colosales, cubiertas de nieves perpetuas.

Cambios importantes…

Otro cambio en el entorno, lo podemos comprobar al mirar la fotografía de “Maximiliano I jugando Criquet en la Hacienda de la Teja con algunos miembros de la corte”, expuesta por Francois Aubert en 1866 (Parte de la colección del Musée Royal de l’Armée, Bruselas, Bélgica). Parece increíble el que la fotografía se haya captado en lo que hoy conocemos como la Colonia Juárez, que no tomó forma sino hasta 1870 cuando Rafael Martínez de la Torre comenzó a urbanizar las tierras al oeste de la ciudad de México, sobre los terrenos conocidos como la Hacienda de la Teja, propiedad de la familia Espinoza y que fueran por un tiempo sitio de juego de la realeza mexicana; la fotografía que mira al sur, se tomó en lo que hoy es la confluencia de las calles que festejan a los ríos Grijalva, Po y Danubio, y si se observa con cuidado, al fondo se adivinan el Cerro de Chapultepec y la Residencia Imperial…



Ya en Miramar y Lacroma, Maximiliano había demostrado su profundo interés en botánica y entomología; Chapultepec sería un nuevo ejemplo de su entusiasmo y para ello se vio auxiliado por el joven botánico Wilhelm Knechtel; la cercanía del jardinero con el emperador “permitió reparar en sucesos que para otros pasaron inadvertidos”, como la verdadera pasión que Maximiliano sentía por la naturaleza, a más de su correcto gusto por la arquitectura y su afición por la jardinería: “Ello fue resultado de sus vivencias juveniles, sobre todo de los numerosos viajes que realizó, a partir de 1850, a Grecia, Italia, España, Portugal, Tánger y Argelia”.

Mientras se hacían las adaptaciones y arreglos para Chapultepec, el Emperador daba instrucciones para proyectos de vergeles para ministros, parques, jardines y arbolado en avenidas y además pedía a su jardinero/botánico enmiendas al proyecto de los jardines de Miramar y Lacroma; el mirar uno esos los planos elaborados por Knechtel en 1866 y autorizado por el emperador en Puebla –se conserva en el “Museo Storico Statale del Castello di Miramare”- puede dar una idea de las características de las intervenciones sobre las que se trabajaba…



Es claro que la primera tarea de Knechtel (1837-1924) fue rehabilitar los jardines del abandonado y devastado parque de Chapultepec, pero también contribuyó a acondicionar el Jardín Borda -en Cuernavaca- rentado como casa de campo de los emperadores, y participó en la construcción –inconclusa- de la casa y jardín del Olindo, en Acapatzingo, poblado cercano a Cuernavaca.

Wilhelm Knechtel tenía 32 años cuando desembarcó en el puerto de Veracruz. Dominaba seis idiomas, era curioso, algo entrometido y solía tomar nota de todo lo que miraba; ¿Un ejemplo?: el día en que Maximiliano y Carlota fueron a conocer el castillo de Chapultepec, Knechtel anota que lo primero que la emperatriz notó de reojo no fueron los volcanes o las huellas de batalla en las piedras del edificio, sino la imagen de un soldado, que concentrado en no espinarse plantando una cactácea, mostraba a Su Majestad sin quererlo –casi como lo hacen tradicionalmente los plomeros de nuestros días- la raya de las nalgas.

Además de acompañar a Maximiliano en sus viajes a Puebla, Tlaxcala y Orizaba –visitas de eminente corte político–, donde se presentaba con las élites y gobernantes locales, Knechtel presenció la visita que hizo un grupo de indígenas kikapoos a Chapultepec, para entrevistarse con Maximiliano. También, ya en 1866, fue testigo de la intempestiva salida de los bienes del emperador de Cuernavaca y la interrupción de los trabajos en la casa del Olindo por falta de recursos.


Una forma de entender las primeras intervenciones de Knechtel en Chapultepec, es comparar las litografías de Casimiro Castro que muestran dos versiones de “El Valle de México y sus alrededores”, fechadas la primera (arriba) en 1863 y la segunda (abajo) en 1867, cuando la explanada del Colegio Militar se había trasformado ya en una jardín con esculturas y fuentes, y en la terraza alta se había edificado el “Pabellón de su Majestad”…

Es interesante hacer notar que en ambas aparece la Calzada de Chapultepec con su acueducto –a la derecha-, pero en la de abajo ya se adivina el “Paseo de la Emperatriz”; además, luego de las intervenciones, se puede notar abajo a la izquierda el nuevo pórtico que se edificó frente al viejo edificio colonial, que había fungido como Colegio Militar y ahora se transformaría en “Palacio Imperial de Chapultepec”



El viejo edificio colonial que en 1806 había comprado el gobierno municipal de la Ciudad de México, quedó abandonado durante la Independencia de México (1810-1821) y en 1833 fue designado sede del Colegio Militar; así, durante la invasión norteamericana (1846-1848), el ejército bombardeó el castillo el 12 y 13 de septiembre de 1847, izando en “el caballero alto” la bandera de barras y estrellas, en señal de victoria. Para 1864, el edificio nuevamente desatendido y de diseño poco agraciado mostraba las cicatrices de la batalla y el deterioro del abandono.


El Emperador encomendó a Carl Gangolf Kayser –“Arquitecto de la Casa Imperial”, que se encargaba de las modificaciones al Palacio Imperial frente a la Plaza Mayor de la capital–, el estudio y proyecto para las reformas que mejor adaptarían la fortaleza de Chapultepec para transformarla en una heredad digna –el “Schönbrun de México” – ; la primera intervención fue levantar una arcada a lo largo del frente sur del edificio con un portal al centro de la composición, que daría acceso ceremonial a una gran escalera al fondo, en un nuevo edificio que se edificaría en la sección Norte del cerro; la ejecución quedó en manos del arquitecto e ingeniero Ramón Rodríguez Arangoiti, “ingeniero director de la Casa Imperial” , pero también arqueólogo mexicano quien, luego de destacar en la Academia de San Carlos como estudiante y profesional en Roma y París, sirviera a Maximiliano y a la caída del segundo imperio siguiera construyendo (entre sus proyectos sobresalientes se cuentan el Hotel Gillow en lo que había sido la Casa Profesa de los jesuitas, la casa de la familia Escandón –frente a la plaza de Guardiola- (http://grandescasasdemexico.blogspot.mx/2013/02/la-casa-de-la-familia-escandon.html), y en Toluca los proyectos para la Catedral y el Palacio Municipal).


Kayser, desempeñó de 1866 a 1867 el puesto de “Arquitecto de la Corte” y dio unidad a los trabajos realizados en Chapultepec y Palacio Nacional por Julius Hoffmann y Ramón Rodríguez Arangoity. Aunque en México no hubo tiempo para ejecutar sus proyectos, luego de la caída del Imperio regresó a Austria y participó en la restauración del Palacio Auersperg en Viena y varios castillos en la Baja Austria, como el “Kreuzenstein” para Juan Nepomuceno Conde Wilczek y los de Liechtenstein y Seebarn. En el castillo de Kreuzenstein se halla un busto-retrato de Kaiser hecho por el escultor Viktor Tilgner, ejecutado en agradecimiento por orden del propio Conde Wilczek.


En Chapultepec, perduran de Kayser y Rodríguez la arcada y pórtico que dan presencia y acceso al edificio, aunque la escalera no corresponde al sitio en que se la diseñó…

En la explanada alta donde se levantaba el “Caballero alto” y sitio en que Maximiliano I decidió instalar su “encantador palacio de placer” anexo al “Schönbrun de México”, el diseño recayó en Ramón Rodríguez Arangoiti, con decoración de Julius Hoffmann y pinturas de Santiago Rebull.



Rodríguez Arangoiti, Hoffmann y Knechtel, supervisados de cerca por el emperador, se dieron a la tarea de transformar una terraza con torre de vigía en un verdadero alcázar. Alcázar es un término español para designar un castillo o palacio fortificado; proviene de la palabra árabe القصر -al qaçr-, que a su vez es una deformación del latín castrum (castillo o guarnición militar) y de su plural castra (campamento o cuartel). Muchas ciudades de España utilizan también la palabra alcázar para nombrar los antiguos palacios musulmanes (del periodo califal o de las taifas) reconstruidos por los reyes cristianos posteriores y cuya característica sobresaliente es tener jardines y fuentes en torno a los que se desenrolla el edificio.

En la magnífica imagen hecha pública por Ferdinand Anders en 1996, presento el “Proyecto de remodelación” fechado el 6 de octubre de 1866 y firmado por Julius Hoffmann para la rehechura de la terraza oriente y ampliación de la construcción para albergar el alcázar y las “Schlafzimmer S. M. der Kaisers und Schlafzimmer I. M. die Kaiserin auf Mexiko”



En el plano puede leerse el destino que a cada uno de los espacios se asignó y que sería su función durante el II Imperio. Así, en la parte de arriba encontramos las indicaciones para:
I. Salón de juntas del consejo de ministros (“Sitzung Snalkiften (Sitzungssaal des Kabinetts)”), espacio que hoy ocupan los servicios sanitarios de visitantes.
II. Gabinete de trabajo de S. M. el Emperador (“Clrbeitz (Tischler) Cabinet S. M. der Kaisers”), habitación hoy ocupada también por servicios sanitarios.
III. Dormitorio de S.M. el Emperador (“Schlafzimmer S. M. der Kaisers”), espacio cerrado al público y donde se instaló un ascensor durante el período del presidente González.
IV. Salón de billar (“Billardzimmer”), salón que se modificó y donde se erigió una escalera.
V. Galería exterior (“Glustre (Austre) Gallerie”), que se cerró con los magníficos vitrales de Champigneulle.
VI. Galería (corredor) del Jardín (“Garten Gallerie”).
VII. Salón de S. M. La Emperatriz (“Saler J. Al. Du kaiserin”), hoy modificada y que junto con una fracción del Salón de billar, alberga el Salón de Embajadores” del porfiriato.
VIII. Sala de estar de S. M. La Emperatriz (“Ortitzimmer I. M. die Kaiserin”)
IX. Dormitorio de S. M. la Emperatriz (“Schlafzimmer I. M. die Kaiserin”), hoy conocida como la recámara de doña Carmen Romero.
X. Sala de baño de S. M. la Emperatriz (“Baad I. M. die Kaiserin”) amueblada hoy como la sala de baño de 1910.

Los espacios que más sorpresas presentan, están en plana baja, con:
Garderobe = armario (que en la actualidad se nos presenta como la sala de estar de la Emperatriz)
Kamerfrau = mujer de habitaciones (que hoy alberga el “Gabinete de aseo”)
Schlajimez = dormitorio de servicio (que con parte de la habitación anexa, en el edificio de hoy se presenta como “Recámara de Carlota”)
Cabinet S.M. Rcamie = Gabinete de los empleados de S.M. (que alberga en parte el “salón de té”)
Gardeelbe = guardarropa (que hoy forma parte del “Salón de Gobelinos”)
Kumendina = ayudante de cámara (que hoy también forma parte del “Salón de Gobelinos”)
Këchin = habitación de la cocinera (que cedió su espacio para la escalera)
Küche = cocina (que ahora es el espacio del Antecomedor)

Julius Hoffmann, nacido en Trieste el 20 de febrero de1840, colaboró con su padre en los trabajos de Miramar; luego de la aventura mexicana, fue contratado en 1867 por Luís II de Baviera y tuvo a su cargo la decoración interior del castillo de Neuschwanstein. Los dibujos de Hoffmann pasaron en parte a la colección Orozco y Berra en México, otros pertenecen hoy a los fondos de la Graphische Sammlung Albertina en Viena y es de ahí de donde proviene la imagen de arriba.

El edificio actual, que se nos presenta como “El Alcazar de Chapultepec” y exhibe las habitaciones del Emperador Maximiliano I de México y de la Emperatriz Carlota, se presta a algunas confusiones…



Creo que queda claro que las habitaciones de los emperadores no son los espacios que hoy se visitan, ya que los que se han ajuareado como tales eran dependencias de servicio o simplemente no existían; además, buena parte del amueblado procede de otros edificios, específicamente del “Palacio Imperial” que hoy llamamos Palacio Nacional…

Pero un sitio que merece especial atención, es el jardín de la terraza alta, sitio que sedujo al Emperador Maximiliano, pero también a la emperatriz Carlota, a Humboldt y Kolonitz, e incluso al propio general Porfirio Díaz…



En 1861, el ilustre arqueólogo de Pompeya, Guiseppe Fiorelli , escribía respecto al arquitecto Fausto Niccolini: “Gracias a él, nuestra Pompeya ha adquirido enorme lustre y resplandor, y podemos ensalzarle por la magnífica publicación que no tiene igual en Europa” ; se refería a “Casas y monumentos de Pompeya, dibujados y descritos” que a partir de 1854 había sido publicada por los hermanos Niccolini, como un intento por revivir el interés por ésa arqueología historicista, desde que apareciera “Ruines de Pompéi” de François Mazois. El interés del emperador Maximiliano y de la Emperatriz Carlota por ésos temas no solo derivan de su estancia en Italia en ése período, sino a que además habían contribuido a la publicación del documento.

No es de extrañar entonces, que dentro de esa visión del exotismo historicista en que podemos circunscribir la visión del Segundo Imperio Mexicano --en particular las aportaciones de Julius Hoffmann--, se haya optado por una decoración “pompeyana” cuando el turno llegó a la terraza interior de Chapultepec.



Arriba, en una fotografía de 1909, el corredor poniente del Alcázar de Chapultepec que aunque remodelado, aún conservaba las características del diseño que se realizó para Maximiliano I; abajo, de la “Villa de Dioméde. Fresque pariétale (A. Carli)” que aparece en «Maisons et Monuments de Pompéi» de Fausto y Felice Niccolini y que presenta « deux figures de danseuses de Bachus (V. Mollame) »



La noción del culto “báquico” ha llegado hasta nuestros días de la mano de Eurípides y su obra “Las Bacantes”, donde tanto matronas como doncellas subían en procesión a un monte solitario y durante unos días, sin contacto con hombre alguno, se lanzaban a la disipación y misticismo mientras que las madres de niños pequeños quedaban al margen. Destaca en Pompeya, la Villa de los Misterios, que en un largo friso corrido, muestra extraordinarias escenas de iniciación dionisiaca.



Los descubrimientos arqueológicos de Herculano y Pompeya a final del S. XVIII, establecieron un auténtico léxico decorativo, aplicable a muebles, salones y objetos de uso cotidiano por igual. El respaldo del diván que aparece abajo –que formara parte de un conjunto neoclásico ejecutado entre 1796 y 1799 por artesanos al servicio de la corte de los Borbones para la galería del segundo apartamento real de la Villa Favorita de Resina, cerca de Nápoles–, proporciona un magnífico ejemplo: en los delicados óvalos del mueble, a manera de respaldo, se pintaron figuras de Bacantes –de origen mujeres griegas adoradoras del dios Baco, pero para el S. XIX transformadas en la romántica representación de sublime placer y entrega–.



Como eco a esa Villa de los Misterios, referencia a texto de Fausto Niccolini y resonancia de a tradición borbónica en Italia, en Chapultepec aparece la decoración de Santiago Rebull, solicitada por Hoffmann y probablemente sugerida por los propios emperadores…


A las cinco figuras femeninas que bordeaban el muro interior de la residencia de Chapultepec, se las conoce como Bacantes, aunque la única sacerdotisa relacionada con el dios romano Baco es –según la tradición– la que tiene una pequeña corona de vid. A las demás se les llama genéricamente bacante porque tienen elementos de ceremonia pero pueden ser ninfas o simplemente danzantes como lo indica Niccolini…


Me resulta importante recalcar que las pinturas originales, retiradas y razonablemente restauradas en 2013 luego de casi de 150 años de intemperie, que se exhiben ahora en el “Patio de los escudos” del Museo Nacional de Historia, carecen del contexto que permitiría entender su intención…




Fueron pintadas por orden de Maximiliano I en 1865 y existe la persistente idea de que son diseño del propio emperador, aunque es aparentemente Julius Hoffmann quien pide a Santiago Rebull ejecutar los óleos de evocación pompeyana (Sorprendentemente, casi treinta años más tarde el presidente Gonzáles encomienda nuevamente a Rebull el complementar la decoración con dos pinturas más). Aunque únicamente se conservan las pinturas de los arcos, la decoración de los muros, evocaba alguna de las varias casas o villas de Pompeya o Herculano, con guardapolvos y frisos, canastas, festones, garrafas y recuadros que creaban una atmósfera romántica e historicista, en concordancia con los ideales del emperador.

Es posible que las habitaciones de los monarcas (se tienen noticias que la habitación de aseo de la Emperatriz Carlota también tenía decoración “pompeyana”) se hayan diseñado con elementos decorativos en concordancia con los exteriores, aunque a la fecha no he encontrado prueba alguna; podríamos imaginar bocetos de Hoffmann a la manera de “Le boudoir de la Reine” en el Château de Fontainebleau o con similitudes al “Gabinetto d’Amore” del Antibagno del Palazzo Milzetti de Faenza…



Innumerables cambios que no necesariamente son evidentes cuando se visita el museo y que hacen del “Alcazar” un sitio donde las copias de “bacantes” –desunidas y sin cédulas– resultan un tanto incongruentes…




Arriba, en un maravilloso boceto de mi estimado Rogelio García Mora-Pinto y que publico con su autorización, aparecen algunas de las modificaciones que se hicieron al edificio de Chapultepec en tiempos de Maximiliano I y que permiten entender el pórtico de la terraza alta (extrema derecha) en la que participaron Rebull y Hoffmann y Rodríguez Arangoiti.

En los documentos que de Julius Hoffmann se conservan en la “Graphische Sammlung Albertina Viena” en Austria, aparece como anotación en el plano del proyecto de remodelación para Chapultepec: “Kaiser und die Kaiserin besetzten das Gebäude am 16. Juni 1865 , auch ohne fertig Dekoration” (El Emperador y la Emperatriz ocuparon el edifico el 16 de junio de 1865, aún sin estar terminada la decoración)



Lo sorprendente, es que en la restitución del museo, la habitación que se presenta como “Sala de lectura” (marcada con una estrella roja), que alberga el retrato que del Emperador Maximiliano I de México hiciera Joaquín Ramírez en 1866 y que se presenta en una copia de los ambientes del palacio de Miramar, es un sitio cubierto que no existía en tiempo del monarca, ya que el alcázar de su tiempo, apenas y llegaba hasta la línea roja que limita el dibujo de arriba.

Algo similar sucede con la “Recamara de Carlota” que ocupa un espacio que de origen debió ser el dormitorio de la Dama de Cámara de la Emperatriz Carlota Amalia (marcada con una estrella azul en el plano de arriba); además, el mobiliario exhibido –en particular el ajuar “Bull”- es de extraña procedencia, adquirido por el Presidente Manuel González sin la certeza de su origen.





Y debo hacer una acotación más:

El segundo director del MNH, José de Jesús Núñez y Domínguez, supervisó las tareas de remodelación y acondicionamiento de las salas del museo, así como el traslado de las colecciones históricas del antiguo Museo de Antropología, Historia y Etnografía, que constaba de alrededor de 15 mil objetos. Entre éstos se encontraba la inestimable vajilla de plata Christofle, estampada con el monograma imperial de Maximiliano I de México, que fue encontrada en Palacio Nacional y que ahora se exhibe en el comedor...

Ni el comedor (que en el edificio de Maximiliano I, simplemente no existía) ni la vajilla (que era la vajilla ceremonial de Palacio) corresponden a Chapultepec. Abajo una “Grande Jardiniére” diseñada por Auguste Madroux para Charles Christofle, con esculturas de Mathurin Moreau y en cuyo medallón se ha grabado el monograma coronado de MAXIMILIANUS IMPERATOR MEXICANORVM < MIM>


Finalmente, creo importante anotar que la terraza de tiempos de Maximiliano era más pequeña que la actual, sin los pasillos al norte y sur, y con un edificio del antiguo comedor -parte del Colegio Militar- manteniendo la torre del Caballero Alto unida al edificio poniente. En el plano de abajo, que muestra las características actuales del Alcázar, la línea roja marca el perfil del edificio original.


Además, es interesante señalar que las vistas de los alrededores también se han transformado de manera radical y casi incomprensible. Abajo, en una fotografía anónima que pertenece al acervo de la Fototeca Nacional, una vista desde la terraza alta mirando hacia el sur-poniente justo en el sitio donde hoy emerge la “Escalera de leones”. A la izquierda de la imagen, los campos de cultivo de la “Hacienda de La Condesa”, en lo que hoy llamamos la colonia San Miguel Chapultepec…

Más abajo ese mismo sitio, visto en junio de 2015 desde el acceso al “Museo del caracol”.





Aunque los trabajos en Chapultepec continuaban, las cosas no marchaban bien para el imperio…

En buena medida, la instauración y caída de la monarquía se dio más por factores externos que propios; los planes franceses en ultramar aprovechaban el hecho de que dos bandos de los Estados Unidos de América se encontraban inmersos en la Guerra de Secesión, cosa que abonaba el que no intervendrían apoyando a los federalistas mexicanos.

Sin embargo, en 1867 se dan tres hechos concluyentes para el Segundo Imperio Mexicano: Por un lado los federalistas de la Unión Americana ganan la guerra de secesión, están en posibilidad de auxiliar a Benito Juárez con armas, dinero y logística, y luego del asesinato de Abraham Lincoln, el vicepresidente decide intervenir. Por otro lado, el Imperio Francés se encontraba amenazado por Prusia en la inminente guerra Franco-Prusiana, y con ello a Francia se le complica el enviar refuerzos a México para secundar a Maximiliano I de México en el trono.

A lo anterior se suma una Austria devastada por la pérdida de la guerra Austro-Prusiana, cosa por la que tampoco Francisco José I de Austria está en posición para ayudar a su propio hermano... Las advertencias de Francia de retirar sus tropas finalmente se materializaron a principios de 1866, lo que permitió el avance republicano hacía el centro de México con ayuda económica y logística de una Unión Americana que apenas veinte años antes había invadido el país y capturado la capital. En 1867 Maximiliano I de México reorganizó el ejército imperial, designando a los generales conservadores Miguel Miramón, Tomás Mejía y Manuel Ramírez de Arellano para altos puestos militares y partió rumbo a Querétaro para acompañarles en batalla.

El 6 de marzo de 1867 el General Mariano Escobedo sitió Querétaro, mientras que el General Porfirio Díaz sitiaba la Ciudad de México, impidiendo a Santiago Vidaurri reforzar las tropas imperiales. Después de 71 días de resistencia, Querétaro cayó en manos de las tropas de Mariano Escobedo, Maximiliano I de México entregó al general Ramón Corona su espada en señal de derrota, y el 19 de junio fue fusilado, en el Cerro de las Campanas, con Miguel Miramón y Tomás Mejía. Benito Juárez entró a la Ciudad de México el 15 de julio de 1867; insistió en que nunca visitaría Chapultepec…

Una síntesis del período puede consultarse en: http://www.memoriapoliticademexico.org/Biografias/MHJ32.html

A la muerte de Juárez en 1872, llegarían a la presidencia Lerdo de Tejada, Iglesias, Méndez y en 1876 –como presidente “de facto”- Porfirio Díaz Mori. Durante su período como presidente Constitucional de 1877 a 1880 se designó al Acázar de Chapultepec como “Residencia de verano de la Presidencia” y desde 1881 con el general Manuel González a la cabeza del país, se da un nuevo capítulo en la historia de nuestro edificio.

Abajo, una fotografía de Charles Burlingame Waite que llegó a México en 1896, desarrollando hasta 1913 un abundante trabajo fotográfico. En ésta toma del Alcázar de Chapultepec, expuesta 1897, aún se puede ver algo del espacio que para el Emperador Maximliano I se había diseñado en 1864.


El proyecto y colocación de las columnas metálicas que aparecen en las fotografías, probablemente se deba al arquitecto Juan N. Anza, atribución hecha gracias a un plano firmado por él durante el periodo presidencial del general Manuel González (1 diciembre 1880 al 30 noviembre 1884) quien además ordena a Santiago Rebull en 1894 pintar otras dos “Bacantes” para adornar las nuevas secciones cubiertas. Esa ampliación de 1882 mantuvo intactas las decoraciones de Kayser, Hoffmann y Rodríguez Arangoiti, extendiendo la superficie del jardín y ampliando los corredores cubiertos por marquesinas, añadiendo además una escalera ceremonial que diseñaría el arquitecto Antonio Rivas Mercado. Es interesante comparar las fotografías donde aparecen ángulos análogos del patio, aunque arriba con la romántica decoración que mantenía en 1910 y abajo con la severa intervención de 1931 y que lamentablemente es la que se conserva…


Además, me sorprende y entristece el que durante la reposición de las copias en el corredor, los restauradores no tuvieron la precaución de colocar a las “Bacantes” en la posición que las pintó Santiago Rebull…



Para quienes contemplan el Castillo de Chapultepec en el siglo XXI, parece imposible desligarlo del Paseo de la Reforma o de los edificios que ahora le rodean en las colonias Cuauhtémoc, Roma, Anzures, Polanco o San Miguel Chapultepec. Siempre sorprende el saber que ese Paseo atravesava tierras de cultivo que en tiempo de lluvias llegaban a anegarse y que una parte del camino estaba saturada de magueyales…



Todavía en tiempos de Maximiliano I, el acueducto que traía las diáfanas aguas desde los acueductos “Del Desierto” y “Los Leones” (nombres que sin duda contribuyeron a que la zona se conozca como “Desierto de los Leones”) bordeaba el costado norte del cerro de Chapultepec camino al oriente y un centenar de metros después torcía rumbo al norte para seguir el recorrido del “Río del Cónsul” (por lo que fue la calzada de la Verónica, luego Melchor Ocampo y ahora “Circuito Bicentenario”) hasta llegar a la Ribera de San Cosme donde torcía nuevamente hacia el oriente para abastecer la Fuente de los Músicos (o fuente de la Tlaxpana, en la calle de Virginia Fábregas) y llegar luego a la Fuente de la Mariscala de Castilla (a espaldas de donde hoy está el Palacio de Bellas Artes) La fotografía fechada en 1866, es de François Aubert y esa sección del acueducto se destruyó cuando se realizaron los trabajos –en 1867– para el trazo del Paseo del Emperador –bautizado cortesanamente Paseo de la Emperatriz– y que ahora conocemos como Paseo de la Reforma…


Abajo, en una fotografía que he retocado para reproducir la apariencia del “Castillo de Chapultepec” en sus frentes oriente y norte antes de la remodelación de 1882, podemos ver el acueducto –del que hoy aún se conserva una decena de arcos– y las terrazas del Alcázar que serían ampliadas al año siguiente. Sería importante hacer notar haría falta una cúpula en la cima del “Caballero Alto”, ya que durante un largo período esa parte del edificio sirvió como Observatorio Astronómico, Meteorológico y Magnético Nacional y las habitaciones imperiales fungieron como dependencias y recámaras del director, además de que se excavó una nueva escalera (en el sitio que hoy acoge la “Escalera de los leones”) a fin de poder subir los aparatos al alcázar.



Por orden del el general Manuel González en 1881 se inician una serie de significativas reformas en el Alcázar de Chapultepec, ya que se le distingue como “residencia oficial” del Presidente de la República. En copia de los planos signados “Palacio de Chapultepec. -Croquis de la distribución para residencia presidencial-”, firmados por el arquitecto e ingeniero Juan N. Anza en agosto de 1882 y con calca de José Ortega y Espinosa, aparecen las plantas baja y alta (e incluso la ampliación al sótano norte) “erigidas sobre el parterre jardinado”.


En el plano de arriba, se aprecian claramente las ampliaciones que sobre los costados norte (derecha) y sur (izquierda) del cerro se hicieron para albergar nuevos espacios incluyendo el imponente “Salón Comedor” y los espacios que hoy conocemos como “Sala introductoria”, “Sala de lectura” y “Salón fumador”; en el costado sur, se excavó y edificó la gran escalera ceremonial que se conoce como “Escalera de los leones” y los espacios que hoy conocemos como “Salón de acuerdos” y su antesala, así como la “Sala de banderas”.

En el plano de abajo, que corresponde a la planta alta -que fuera el pabellón de los Emperadores y ahora se transformaba en habitaciones jardín privado del Presidente- podemos ver que se añaden marquesinas en el costado Sur (izquierda) y una habitación que conforma la simetría de la composición y que hoy se presenta en el museo como la “Recámara de Porfirio Díaz”.



Juan N. Anza, arquitecto e ingeniero civil, trabajó en el proyecto para transformar el Castillo de Chapultepec en 1882 y fue director de las obras de Palacio Nacional. Es importante no confundirlo con su hermano, Antonio M. Anza, que construyó los pabellones mexicanos para las exposiciones universales en París de 1889 y 1900 –en colaboración con Antonio Peñafiel primero y Jesús Contreras después–. Anza terminó en 1900 la edificación de la Penitenciaría de México (Lecumberri) e hizo proyectos para bibliotecas públicas (como la de San Luís Potosí) y la Academia de Bellas Artes.


El espacio jardinado del Alcázar mantuvo así su presencia -casi como pabellón-, muy a la manera del Belvedere de Shonbrün o los pabellones de Sanssouci en Postdam, con columnas esbeltas y una estructura metálica que permitía una asombrosa ligereza y transparencia de los corredores…


El Alcázar y su jardín permanecieron inalterados desde 1882 y durante el porfiriato, para llegar a los gobiernos post-revolucionarios como Residencia Presidencial. Arriba, en una fotografía tomada durante el gobierno del presidente Álvaro Obregón (1920-1924) un banquete en el jardín de la residencia presidencial, donde aún se puede apreciar en los muros del fondo, la decoración de Rebull enmarcada por las columnas de la ampliación de Anza.


En las excepcionales fotografías de Guillermo Kahlo, expuestas en 1904, aparece en ambas tomas el corredor Sur visto desde la explanada de acceso (arriba), con la nueva escalera que se agregó en 1882 (y que fue nuevamente remodelada en 1915) y (abajo) desde el corredor mismo y mirando hacia el oriente. Esa apariencia del Alcázar cambió radicalmente con una nueva intervención, ejecutada en 1931 siguiendo un proyecto del arquitecto Vicente Mendiola…





Para 1931, durante el período presidencial de don Pascual Ortiz Rubio, se decidió que era necesario intervenir la estructura metálica de las terrazas, ya que presentaba ineludibles señales de corrosión y en el proceso se tomó la decisión de sustituir por completo la techumbre y sus soportes, agregando además innumerables balaustres. Leyendo documentos que describen la modificación que se hizo a la columnata, me topo con que una de las justificaciones para sustituir las columnas de fierro fue “corregir la suntuosidad del edificio, que con las indecorosas estructuras metálicas, no alcanza plena solemnidad”. Además, se tomó la decisión de eliminar la decoración “pompeyana” dado que “desmerece del nuevo decorado”, pero afortunadamente manteniendo las pinturas de Bacantes de Santiago Rebull.

No es mi lugar evaluar la restauración, pero no deja de sorprenderme el que un restaurador se permita la libertad de enmendarle el gusto a un emperador y modificar radicalmente un edificio con carga histórica…

En los documentos que relatan los cambios, Mendiola nos dice: “Lamentablemente, la separación entre las columnas no pudo corregirse, pero aumentó la calidad y el aspecto”.

También en ése período se demolió la sección de edificio (el antiguo comedor) que ligaba el “Caballero Alto” con el edificio principal, permitiendo a la torre erguirse libre al centro de la terraza.



Aunque siempre ha sido cuestionada la calidad de su decorado, el “Salón de Embajadores” se ha mantenido y restaurado, ya que representa claramente las tendencias decorativas del porfiriato, aún a pasar de que ese espacio correspondió en parte al salón de billar del Emperador Maximiliano y al salón formal de la Emperatriz Carlota.



En algo que considero una triste coincidencia, pero podría ser el propósito de quienes tomaron decisiones museográficas, el “Salón de juntas del Consejo de Ministros” así como el “Gabinete de trabajo de S. M. el Emperador “ Maximiliano I, que aparecen en el plano de Hoffmann y que fueran gabinete de trabajo y oficina del Presidente en etapas posteriores, están ahora ocupados por los baños para los visitantes; además, el que fuera “Dormitorio de S.M. el Emperador” se mantiene permanentemente cerrado al público.



Heredero del antiguo Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, que se ubicaba desde 1865 en la calle de Moneda 13 y que fue fundado por Maximiliano I de México, el Museo Nacional de Historia no ha dejado de crecer y se ha consolidado durante los pasados 70 años, luego de su instalación en el Castillo de Chapultepec, durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas a fin de los años 30. En noviembre de 1940, con la presencia del Presidente Lázaro Cárdenas, se realizó una inauguración simbólica y años más tarde –cuando se entregó el Alcázar– durante el período de Manuel Ávila Camacho, comenzó la instalación del MNH.



El edificio es extraordinario y forma parte de la historia de nuestro país; desafortunadamente el Alcázar es víctima de un pleonástico problema…

Cito a José G. Moreno de Alba:
“Siempre me ha llamado la atención esa curiosa expresión: alcázar del castillo. Me suena pleonástica, me parece albarda sobre aparejo. El DRAE da como sinónimos los vocablos alcázar y fortaleza: un alcázar es una fortaleza. Sin embargo, cuando se revisa su origen, puede uno percatarse de que el vocablo alcázar procede del árabe al-qasr y el sustantivo propiamente dicho qasr (recuérdese que al es, en árabe, un artículo) tiene su origen en el latín castrum, que significa precisamente ‘castillo’. En definitiva, etimológicamente, alcázar es lo mismo que castillo. Si decimos “el alcázar del castillo” incurrimos en una curiosa tautología: el castillo del castillo.”

Luego de varias explicaciones, termina con:
“En resumen: 1) parece ser que Chapultepec no es un castillo; 2) además, los castillos no tienen alcázares (en todo caso un castillo puede funcionar como alcázar). Yo lo llamaría el Palacio de Chapultepec y, si deseo referirme a sólo una parte, empleo su nombre: la terraza, tal o cual salón, etc. Si las voces castillo y alcázar son inevitables, porque ya están consagradas por el uso, hablemos simplemente del Castillo de Chapultepec o del Alcázar de Chapultepec, mejor que del Alcázar del Castillo de Chapultepec.”

El artículo completo en: https://www.fondodeculturaeconomica.com/obras/suma/r2/buscar.asp?idPALABRA=355&starts=A&word=el%20alc%E1zar%20del%20castillo



Las dos imágenes anteriores, se tomaron de Google-Earth, extraordinaria herramienta para entender el estado actual del Palacio de Chapultepec…

Abajo una vista desde la terraza sobre lo que hace 150 años fuera la Calzada del Emperador y que contrasta con la imagen de más abajo, del mismo sitio pero pintada por Francisco de Paula y Mendoza en 1880 y que pertenece a la colección del Banco Nacional de México.





Termino con mis retratos predilectos de la Pareja Imperial de México, pintados por Franz Xavier Winterhalter en 1864, y que debían complementar los efigies del palacio imperial. Winterhalter (1805-1873) fue pintor de la corte de Louis-Philippe y ganó enorme popularidad por el retrato que pintó de la Emperatriz Eugenia y sus damas de compañía en 1855.

Los retratos de los monarcas mexicanos son relativamente pequeños (99.1 x 75.2 cm) y sorprendentemente en 1938 fueron vendidos en Londres, para terminar en la colección de William Randolph Hearst; se exhiben en la “Casa A” de la Colina Encantada –San Simeon–, en California…


Este Blog está dedicado a las “Grandes casas de México” y pretende rescatar fotografías e historia de algunas de las grandes residencias que al paso del tiempo casi se han olvidado. Conforme haya más entradas (ya hay más de 30), aparecerán en el índice a la derecha de ésta página…