lunes, 23 de junio de 2014

La casa Torres Adalid / Rivas Mercado



Poco conocido, el primer proyecto residencial urbano del arquitecto Antonio Rivas Mercado (autor del diseño final para la columna conmemorativa del centenario de la Independencia de México en el Paseo de la Reforma y la terminación del maravilloso Teatro Juárez en Guanajuato) se edificó en 1884 para su cuñado don Ignacio Torres Adalid.


Sobre avenida Juárez, frente a la Alameda Central de la Ciudad de México, subsiste una portada con monograma de iniciales “T A” -sobre la cruz ansada de Santiago- con adarga, roleos y cornucopias, que a pesar de las vicisitudes, presiden aún la fachada de lo que fuera una de las espectaculares residencias que rodeaban el parque sobre la que entonces se conocía como la calle de “Puente de San Francisco” o “Avenida Poniente 4” casi frente al templo de santa Isabel, y donde hoy miramos el Palacio de Bellas Artes…


Don Ignacio Torres Adalid, fue un importante empresario mexicano hijo de Agustín Torres-Torija Guzmán (1790-1840) y Josefa Adalid Gómez (1806-1869); el matrimonio procreó cinco hijos, con María Dolores Torres Adalid (n.1832), Javier Torres Adalid (1834-1893, casado el 17 de octubre 1860 en el Sagrario de la Ciudad de México con Leonor Carlota Rivas Mercado n. 1842), Ignacio Torres Adalid (1835-1914, casado con Juana Rivas Mercado 1849-1899), José Torres Adalid (1836-1888, casado el 11 de septiembre 1864 en el Sagrario de la Ciudad de México, con María del Pilar Sagaseta Río 1840-1893) y Agustín Torres Adalid (n.1838-y que murió joven)


La familia Torres-Torrija / Adalid Gómez era reputada por poseer inmensas propiedades dedicadas a la producción ganadera y pulquera en los estados de México, Hidalgo y Tlaxcala. La hacienda emblema era San Antonio Ometusco (que originalmente incluía San Miguel Ometusco a unos cuantos kilómetros hacia el poniente de San Antonio), que a la muerte de don Agustín Torres-Torija, pasó a manos de su viuda, Josefa Adalid Gómez. Para 1846 doña Josefa dividió la hacienda en dos, y la entregó a sus hijos mayores José e Ignacio. San Antonio era apenas un rancho que José Torres Adalid no pudo conservar a causa de aprietos económicos, por lo que la vendió a su hermano Ignacio en 1878, reunificando así la propiedad. Este último convirtió la hacienda en una de las más ricas propiedades productoras de pulque del país; luego, con un extenso entramado para el transporte, distribución y comercialización de pulque, se transformó en uno de los hombres más ricos del México de final del siglo XIX.



El 23 de diciembre 1868, Ignacio casó en la Parroquia del Sagrario metropolitano con María Juana Bautista Anselma Rivas Mercado, nacida el 21 de mayo 1849 y quinta hija del matrimonio de Luis Rivas Góngora (ca. 1811-1892) y Leonor Mercado Camacho (ca 1820-1901); no confundir a Juana con su hermana mayor Leonor Carlota Rivas Mercado (n.1842 Casada el 17 de octubre 1860, con Javier Torres Adalid 1834-1893), cuyo retrato pintado en 1860 por Juan Cordero es parte de la colección de Museo Nacional de Historia y se exhibe en el MUNAL.

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La manufactura pulquera descansa en la producción y crecimiento del agave o “Maguey del Pulque” (Agave salmiana) e implica la extracción de la savia (aguamiel) almacenada en una oquedad hecha al centro de la planta por el proceso conocido "raspado"; así, el maguey produce savia dulce que se almacena en el hueco. A intervalos regulares, el “tlachiquero” succiona hacia un cuenco hueco (llamado acocote, el fruto de una cucurbitácea) la savia y la deposita en un odre. Arriba, fragmento de una litografía de Casimiro Castro que apareció como portada en “México y sus alrededores” donde aparecen el maguey y el tlachiquero con su acocote y odre.

Después ese aguamiel se coloca en barriles de pino, donde se fermenta por bacterias (Zymomonas mobilis) durante uno o dos días para obtener un líquido blanco de aspecto lechoso, que contiene un 5 por ciento de alcohol y que se debe beber prontamente, ya que al seguirse fermentando adquiere un sabor fuerte, por ser cultivo ideal para otras bacterias.

En el caso de Torres Adalid, la propiedad emblema para la producción de pulque era San Antonio Ometusco (Otumba, Estado de México), que a partir de 1879 fue sujeta a un extenso proceso de remodelación por don Ignacio, a manos del joven arquitecto y hermano menor de su esposa –entonces recién llegado de París-- Antonio Rivas Mercado.



El primer propietario registrado de la hacienda de San Antonio fue el Sr. Javier de León, quien la cedió a los Torres Torrija en 1840; la verdadera época dorada de la propiedad fue durante la administración de don Ignacio Torres Adalid entre 1878 a 1911, en pleno Porfiriato y con todos los beneficios que implicaba el vertiginoso crecimiento de la economía.

Al parecer la Casa Grande de la hacienda fue edificada a finales del siglo XVII, probablemente en 1695, con una segunda etapa constructiva a mediados del siglo XIX (1845) y finalmente una tercera y extensa intervención de 1879 a 1897 a cargo del arquitecto Rivas Mercado, con la que adquiere la apariencia que podemos apreciar –aunque ruinosa-- hasta el momento.



Rivas Mercado, doblemente emparentado con los Torres-Adalid por el matrimonio de dos de sus hermanas mayores (Leonor y Juana Rivas) con dos hermanos (Javier e Ignacio Torres), fue objeto útil para engrandecer la hacienda como primera encomienda luego de su regreso de un viaje de estudio por Europa en 1879. Antonio se graduó como arquitecto en 1878, pero durante buena parte del año siguiente recorrió Italia en bicicleta, pintando acuarelas para sobrevivir; luego visitó España, donde conoció la arquitectura mozárabe y las nuevas interpretaciones que ornamentadas con mosaico se habían hecho populares. Así, ya en México, su primer trabajo en la remodelación de San Antonio Ometusco es una recreación casi onírica de los espacios de la arquitectura académica, aclimatados una hacienda productiva, según la insistencia de su hermana, Juana Rivas de Torres Adalid…



San Antonio Ometusco sirvió a Rivas Mercado como terreno de ensayo, y muchos de los elementos que incluyó en la remodelación (como los torreones de observación, el zócalo abalaustrado o hierros de Val d’Osne) serían repetidos en sus intervenciones en otras propiedades pulqueras, destacando la remodelación y ampliación de la hacienda de “La Concepción –Chapingo-” para el presidente y general Manuel González (ver: http://grandescasasdemexico.blogspot.mx/2014/01/la-casa-de-campo-de-don-manuel-gonzalez.html)

Arriba, patio de la Casa Grande en la hacienda de San Antonio Ometusco, con lo que queda de la remodelación que le hiciera el arquitecto Antonio Rivas Mercado, por orden de don Ignacio Torres Adalid a partir de 1979; aunque ruinoso, se pueden distinguir aún las modernas columnas metálicas y las bucólicas escenas pintadas al fresco en los muros del pasillo. Abajo, una fotografía contemporánea del ruinoso exterior y la colorida fachada que miraba hacia el vergel…



San Antonio Ometusco era apenas una de las propiedades de don Ignacio Torres Adalid el “rey del pulque” -como era ampliamente conocido en la Ciudad de México-; dueño de una gran cantidad de haciendas pulqueras (en los estados de México, Hidalgo y Tlaxcala) San Antonio Ometusco fue siempre la propiedad predilecta de su esposa, y en la que se creó la leyenda de que don Ignacio llamaba “mis vacas verdes” a sus magueyes...

Además de la quinta de campo construida en 1888 sobre la calle del Calvario 206 (Tacubaya) don Ignacio había reservado parte de una de sus haciendas cercanas a la ciudad de México (Mixcoac) como sitio de reunión para todas aquellas personas que durante los fines de semana intentaban distraerse de las labores cotidianas. Así, la hacienda “La Castañeda” abría sus puertas a quienes quisieran gozar recorriendo sus jardines o utilizar sus salones de baile, donde por “25 centavos la entrada” se adquiría el derecho a formar parte de la fiesta y espectáculo. En pleno progreso porfiriano, los terrenos de La Castañeda fueron vendidos (“a buen precio”) para construir el más moderno de los manicomios. Abajo, una fotografía de la inauguración del “Manicomio General” en lo que habían sido los terrenos de La Castañeda de don Ignacio Torres Adalid, y cuyos terrenos albergan hoy el conjunto “Torres de Mixcoac” y WalMart Plateros.



El éxito en la producción pulquera de Ignacio Torres Adalid no hubiera sido tal, de no estar acompañada por un extenso sistema de distribución del producto de sus haciendas y su comercialización final. Así, además de una relación cercana con las compañías ferrocarrileras que ligaban los centros de distribución con aquellos de consumo –específicamente en la capital--, poseía una importante red de expendios de primera, segunda y tercera categoría; además, se integró a la lucha contra la “Compañía Explotadora de Pulques Conservados” y después a la ”Compañía Expendedora de Pulques” Sociedad Anónima. Esa Compañía Expendedora de Pulques, con el extraordinario capital social de $11’601,000.oo pesos en 1910, mantenía funcionando un amplio conglomerado de locales que lograban competir eficientemente contra la distribución de cerveza, que tenía la enorme ventaja comercial de una mucho mayor vida en anaquel...



Escribió Federico Gamboa que: “Don Ignacio había logrado que San Antonio Ometusco fuera la hacienda pulquera más importante y próspera del porfiriato. De sus barricas salieron millones de pesos acumulados con puntillosa honradez y un trabajo tesonero, administrada y aumentada sin ayuda de apoderados ni socios”... “Aficionado al juego, al buen vivir y al derroche durante su juventud, al llegar a la madurez se entregó por completo al trabajo. Su carácter irascible y violento le permitió poner orden en la administración de sus haciendas y negocios, pero en el ambiente social de la ciudad de México mostraba un rostro diferente: el de la asistencia.”

Asiduo visitante al Jockey Club, al hipódromo de Peralvillo, y con doña Juanita a la ópera y al teatro, don Ignacio gozó sin límites las mieles de la dictadura, ganándose el reconocimiento de propios y extraños. Si San Antonio Ometusco fue un modelo entre las haciendas de su época, su “espléndida morada” en la ciudad de México, edificada en la avenida Juárez y la quinta de campo construida en Calvario 206, Tacubaya, causaron la admiración de sus contemporáneos; en su modernidad, y al menos desde 1887, la casa de avenida Juárez contaba número telefónico. Abajo, la página del “Directorio Telefónico de la Ciudad de México” para el año de 1891.



Durante el período colonial, las calles que rodean la Alameda se identificaban por los edificios relevantes; la avenida que hoy dedicamos a don Benito Juárez, estaba constituida por varias fracciones que recibían su nombre gracias a la edificación significativa frente a la que estaban; así la ancha avenida recibía la denominación de San Francisco (a pesar de estar frente al convento de Santa “Ysabel”), calle de Corpus Cristi (frente a ese templo, hoy sede del Acervo Histórico del Archivo General de Notarías de la Ciudad de México), o Calvario, por las capillas que le daban importancia (ver: http://grandescasasdemexico.blogspot.mx/2014/04/la-casa-haghembeck-de-la-lama-en.html).



Para su casa en la ciudad de México, don Ignacio adquirió en 1882 una propiedad deteriorada sobre un terreno de poco más de 950m² con frente a la calle del puente de San Francisco, justo de cara a la entrada sur-oriente de la Alameda; aunque al poco tiempo la calle cambiaría de nombre -unificando la totalidad del trazo bajo el nombre de Avenida Juárez-, la esquina del parque siguió siendo sitio importante de reunión y desde 1889 se vistió de gala con la colocación de dos esculturas de leonas en sus esquinas, obsequio a la ciudad de Torres Adalid, a instancia de Rivas Mercado. Arriba, el acceso a la Alameda, flanqueado por las esculturas firmadas por Heizler: “Lionne avec lièvre” a la izquierda y “Lionne avec figuier de barbarie” a la derecha, fundidas por Le Val d’Osne.



La relación que entabló Antonio Rivas Mercado con don Ignacio Torres Adalid, había iniciado con la intervención en San Antonio Ometusco -luego de su regreso de estudios en Francia a final de 1879- y se prolongó por más de veinticinco años hasta la desafortunada muerte de su hermana Juana en 1899 y la construcción de su tumba en 1905. Es incuestionable que para Rivas Mercado el sitio elegido para edificar la nueva residencia citadina, significaba un especial y emblemático reto por el simple hecho de hallarse enfrentada (al otro lado del parque de la Alameda, donde hoy se levanta el Teatro Hidalgo del IMSS) con la casa que según la tradición para sí había erigido el arquitecto Manuel Tolsá, en la Avenida de los Hombres Ilustres (hoy venida Hidalgo) en 1794…



La edificación de la nueva residencia Torres Adalid inició en 1884, sobre un terreno con 20 metros de frente mirando al norte hacia el parque de la Alameda y casi cuarenta y cinco metros de fondo con un ancón en la colindancia hacia el oriente. El edificio gozaría de una situación de privilegio sobre la gran avenida, y su acceso principal daría vista hacia el parque y su vereda esquinera. El proyecto para la residencia contó tres niveles al frente y se organizaba en torno a dos patios, obedeciendo en buena medida a los lineamientos dictados por la vieja tradición virreinal aclimatada en la Nueva España.



El proyecto de la fachada se desarrolla con cinco entre-ejes que definen la planta principal, a manera de Planta Noble y haciendo énfasis en el eje central de la composición, que se remarca con el acceso y escudo con monograma “TA” sobre una cruz anzada de Santiago. En la parte baja, los cuatro entre-ejes laterales definen pasos a accesorias y departamentos de entresuelo, que muy a la manera colonial, debieron albergar dependencias ligadas a comercio del pulque.


Arriba, el proyecto de Antonio Rivas Mercado para don Ignacio Torres Adalid en la entonces “Avenida Poniente 4” (Juárez) N°18, ejecutado 1884, según una acuarela moderna expuesta (más arriba) en el pasillo de acceso al propio edificio; es interesante hacer notar que comparado con la fotografía contemporánea (abajo) la fachada conserva muchas de sus características originales, aunque ha perdido cerca de metro y medio por hundimiento y acrecimiento del nivel de banqueta.



La composición tallada enteramente en cantera gris, corresponde a la tradición del eclecticismo academico, con la inserción de elementos que enfatizan la vertiente renacentista italiana y alusiones que refieren a las obras de Michelangelo Buonaroti en su interpretación francesa. Se enfatiza la planta noble con un balcón que con entre-ejes marcados por pilastras, rematala composición con una cornisa mensulada sobre la que descansan balaustres y hornasinas.



El acceso principal, marcado por un tablero coronado por cornucopias y serlianas con cartela y adarga, ostenta el monograma de iniciales “T A” sobre una cruz ansada de Santiago. El conjuto ornamentado con venera, guirnaldas, festones, cornucopias y palmas, descansa sobre una repisa a manera de consola –flanqueada por ménsulas multiformes- que remata el arco adintelado de la puerta con guirnaldas y una clave que porta el número 18.



Los muros bajos de la portada, presentan un tratamiento almoadillado, con cintas alternas que se pliegan en pilastras esquineras; aunque la parte baja ha sido sustancialmente alterada para dar mayor amlitud a los comercios, en el entresuelo se puede apreciar aún el atento trabajo que presentan el encuadre de las ventanas, las ménsulas, consolas festonadas y gotas, con tableros insertos de mármol “Rojo Alicante” (proveniente de España) como pincelada de color. Los balcones de las ventanas del entresuelo unifican la parte alta de la portada con tres vanos y cierran la composición con balcones laterales independientas.



Para la planta noble, se unifica el balcón en los cinco entre-ejes con un friso de ménsulas y consolas festonadas coronado con una fina reja de hierro forjado; los entre-ejes se resaltan con pilastras estriadas de orden jónico y doble capitel (a la manera Paladiana), mientras que las ventanas se rigen por lineamientos renacentistas, con jambas y dintel con cartela (nuevamente marmol “Rojo Alicante”) soportando tímpanos; dos tímpanos tradicionales flanquean tres tímpanos curvos y doblemente truncos, que en la ventana principal está rematado con una cartela mayor, adarga y su vénera respectiva.



Luego del friso superior, la portada remata con cinco segmentos de esbeltos balaustres, interrumpidos por mojones que sostienen urnas como apogeo de las pilastras y que desafortunadamente han desparecido (en la fotografía de abajo, se repusieron con Photo-Shop).



En general, la fachada es de agradable equilibrio, y debió ser en su momento una distracción sobre la avenida; en particular el balcón corrido de la planta noble, con ménsulas y consolas festonadas, resulta un magnífico encuadre para la portada principal. Abajo, el estado actual del edificio de Avenida Juárez N° 18.



Al interior, la casa se desarrollaba en torno a dos patios; uno mayor, abierto y dedicado a recibir carruajes y ventilar los espacios del entresuelo; otro de menores dimensiones, cubierto por una cristalera que daba cobijo a la escalera y vistas a las habitaciones de la planta alta. Ambos patios han desaparecido, pero gracias a la residencia de don Rafael Ortiz de la Huerta y Huerta en la antigua calle de Medinas, hoy República de Cuba 92, podemos tener una idea clara de sus características ya que el edificio subsiste en inmejorables condiciones (ver: http://grandescasasdemexico.blogspot.mx/2013/04/casa-ortiz-de-la-huertarincon-gallardo.html).



Para la apariencia interior de la casa Torres Adalid / Rivas Mercado, no he hayado documentos que ilustren amueblado o hagan descripciones detalladas. Nos dice Arturo Aguilar Ochoa: En aquellas casas, muebles a la última moda europea, nada parecidoa los antiguos estrados coloniales, con pesadas telas como el damasco antiguo, con toscas sillas de sentar, taburetes y cojines recargados de adornos. El salón era ahora muy parecido al de cualquier casa europea, al menos en el tipo de muebles y, además, era la parte más iluminada de la casa, pues los balcones daban a la calle, regularmente abiertos en el día, con cortinas de telas ligeras, y cerrados con vidrieras y puertas de ricas maderas en la noche”. La condesa Kolonitz también señala que en algunas casas se ponía “[...] a la izquierda o la derecha del sofá [...] escupideras de mármol blanco sobre un pedestal de madera. Es posible que no sea sino la reminiscencia del tiempo en que todas las señora vivían, de la mañana a la noche con el puro en la boca; pero ahora fumar ha pasado de moda entre las damas y hasta se reprueba”.



Arriba, “Sala porfiriana”, una ambientación que para la exposición “México, los proyectos de una nación” se hizo en el Palacio de Iturbide en 2001; puede ilustrar las características de lo que fue el amueblado de la casa de Av. Juárez N° 18 en 1900…

Y sigue Arturo Aguilar Ochoa: “El matrimonio Torres Adalid poseía una magnífica residencia ubicada en la Avenida Juárez número 18, muy cerca de la Alameda. El carruaje del matrimonio era conocido por casi todos los habitantes de la ciudad. Nuevamente su cuñado, el arquitecto Rivas Mercado nos lo describe detalladamente: arrastrado por dos caballos negros perfectamente acoplados y conducido por un cochero inglés de librea y su impecable lacayo”.



En una interesante ilustración de 1884 (que se exhibe en la planta baja del edificio actual), que se publicó como campaña publicitaria en defensa del pulque, aparece “Tipo actual de los expendios de pulque en México”, con la “casilla situada en la esquina de Avenida Juárez y la Calle de López, en el año de 1884”; es relevante el hecho de que junto a la “casilla” aparece la residencia de don Ignacio Torres Adalid, recién terminada.

En 1899, por insistencia de doña Isabel Rivas de Torres, se realizaron algunas mejoras a la casa de la avenida Juárez; encargado de una ampliación y apertura de entradas de luz, estuvo el arquitecto Antonio Rivas Mercado que 15 años antes había edificado la casa. Durante una de las revisiones de obra, doña Juanita (María Juana Bautista Anselma Rivas Mercado de Torres Adalid) de cincuenta años, cayó de uno de los andamios y murió minutos después.

A partir de entonces, don Ignacio se transformó en mecenas de “causas nobles”, a pesar de que el propio arquitecto Rivas Mercado decía que don Ignacio «era un inválido cicatero que contaba hasta el último centavo». Efectivamente, don Ignacio padeció polio y también es cierto que era estricto con su esposa en cuanto a gastos, pero luego de enviudar, parece ser que su carácter se volvió sentenciosamente miserable…



Varios cambios se dieron en torno a la casa Torres Adalid con el paso de los años; para 1906, se demolieron el templo y convento de Santa Isabel y para 1908 comenzaron las obras para el nuevo Teatro Nacional, que hoy conocemos como Palacio de Bella Artes. En el Proyecto de Adamo Boari para el teatro, se contemlaba una pérgola con fuentes sobre la Alameda y la estructura se edificó justo frente a la casa, casi como preámbulo al acceso principal…



Para 1910, luego de las fiestas que conmemoraron el centenario de la Independencia llegó un importante cambio político, pero no sería sino hasta 1913 --luego de la Decena Trágica-- que el mundo cambió radicalmente para don Ignacio.

Nos dice Arturo Aguilar Ochoa que: “En 1914 don Ignacio Torres Adalid no tuvo otra alternativa que dejar atrás su emporio con todo y sus sueños, construidos durante treinta y seis años. Si los vendavales que soplaban sobre los llanos de Apan no lograron perturbar la vida cotidiana de su hacienda, los vientos revolucionarios acabaron con su próspera historia. Antes de abandonar México, volteó la mirada por última vez sobre San Antonio Ometusco (Estado de México), su amada hacienda transformada por la revolución en un sangriento campo de batalla.”




Al poco tiempo, la casa albergó diversos giros comerciales; arriba, en una postal publicitaria de la “Asociación Médica Mexicana” y su detalle, aparece la casa cuando albergaba en los altos a la Asociación y otros locales. Nótese que el hundimiento del inmueble aún no es severo…



En 1914, luego de morir en Cuba Ignacio Torres Adalid y con el declive del mercado a causa de la lucha armada y la puesta de moda de la cerveza como bebida de distinción, las haciendas sufrieron varios cambios de propietario, con el consecuente deterioro de su estructura arquitectónica. Cuando San Antonio Ometusco fue devuelta a Javier Torres Rivas (sobrino y heredero condicionado de Torres Adalid) por Venustiano Carranza, la propiedad se legó a la asistencia privada y desafortunadamente está en ruinas.



La casa de Avenida Juárez 18, pasó a la asistencia, como parte de la segunda fortuna más grande dejada a la beneficencia en México. La cantidad de inmuebles que pasaron a la Fundación que administraba la herencia, ocupa páginas y páginas. Arriba, la Avenida Juárez en 1936, vista desde el balcón de la casaea familia Escandón (ver: http://grandescasasdemexico.blogspot.mx/2013/02/la-casa-de-la-familia-escandon.html) . Abajo, una toma aérea de 1938 en que se señala la casa Torres Adalid; es interesante observar que aún pueden distinguirse el patio principal y el patio de la escalera, cubierto por lo que debió ser una espectacular vidriera.





Desde 1930, en México comenzó el impulso arquitectónico a lo que ahora llamamos “Art Decó”; una de las primeras edificaciones importantes en sorprender a la ciudad fue el edifico de “La Nacional de Seguros”, en a esquina de Avenida Juárez y San Juan de Letrán (que ahora llamamos Eje Central –Lázaro Cárdenas-); el proyecto del Arq. Manuel Ortíz Monasterio inaugurado en 1932 fue simbolo de la nueva arquitectura. Poco tiempo después, se remodeló ampliamente la casa Torres Adalid, ampliando los comercios de planta baja y sacrificando el primer patio; en ese período se creó una nueva imagen para el edificio con ecos de esa modernidad “decó”, aunque afortunadamente se conservó la fachada de Rivas Mercado.

Arriba, una fotografía de 1935, en que aparece predoninante, el edificio de la “Nacional de Seguros”; a la derecha, se señala la que hasta 1914 había sido casa Torres Adalid / Rivas Mercado. Abajo, en una fotografía contemporánea el ”pasaje Torres Adalid” y el patio que ahora distribuye a los pisos altos del inmueble; más abajo, el “Directorio” del edificio sobre muros de granito rojo, con iluminación trasera y líneas que claramente nos remiten a la tradición de “les arts décoratifs”





La zona ha seguido cambiando, con la aparición de nuevos edificios, donde destaca la torre emblema de la compañía “Latinoamericana de Seguros” con 44 pisos y diseño del arquitecto Augusto H. Álvarez, inaugurada en 1956. En el bullicioso entorno del Palacio de Bellas Artes, la que fuera casa Torres Adalid, pasa completamente desapercibida…





En el Panteón Francés de la Piedad, subsiste el que probablemente sea el monumento funerario más hermoso y colorido del cementerio, construcción que en 1909 diseñó el arquitecto Antonio Rivas Mercado para su hermana María Juana Bautista Anselma Rivas Mercado de Torres Adalid -luego de su muerte en 1899- a instancia propia y con la anuencia de su cuñado Ignacio, apenas a unos metros del mausoleo de Javier Torres Adalid; ahí también se custodian los restos de don Ignacio Torres Adalid, que luego de morir en Cuba en 1914, fue traído a México y colocado junto a su esposa.



Este Blog se ha hecho gracias al apoyo incondicional de Julieta Fierro; está dedicado a las “Grandes casas de México” y pretende rescatar fotografías e historia de algunas de las residencias que al paso del tiempo casi se han olvidado y de las que existe poca información publicada. El objeto es la divulgación, por lo que se han omitido citas y notas; si alguien desea mayor información, haga favor de contactarme e indicar el dato que requiere. Si utilizan las imágenes, favor de indicar la fuente –aunque advierto que pueden tener registro de autor–. Conforme haya más entradas (ya hay más de 50), aparecerán en el índice a la derecha de ésta página…

También se puede encontrar un índice general en: http://grandescasasdemexico.blogspot.mx/2016/02/indice-de-grandes-casas-de-mexico.html



martes, 27 de mayo de 2014

La casa de don Artemio de Valle-Arizpe




Por categoría y relevancia histórica, más que por dimensiones, la casa que el 15 de noviembre de 1961 dejó don Artemio de Valle-Arizpe (en el número 16 de la calle del Ajusco en la colonia Del Valle –nombrada Calle Artemio de Valle-Arizpe en 1959--), es el perfecto ejemplo de una Gran Casa de México…


Arriba, una extraordinaria imagen captada por Manuel Ramos en 1959, donde aparece don Artemio en su biblioteca.
Y dice el acta de 1884: "ante mí Manuel Mendarosqueta, juez civil, compareció el señor Jesús de Valle, casado y abogado de 31 años de edad de esta vecindad, y presentó a un niño vivo y expuso que procreó con su esposa Refugio Arizpe de 18 años de edad, y que nació en esta ciudad en la sexta calle de Bravo, casa número uno y le puso por nombre Artemio de Valle. Siendo sus abuelos paternos don Francisco de Valle y doña María de los Ángeles de Peña y maternos, Juan N. Arizpe y Refugio Rodríguez.”



Don Artemio de Valle-Arizpe fue un escritor, diplomático y “colonialista”, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, y que se hizo popular como Cronista de la Ciudad de México; nació en Saltillo, el 25 de enero de 1884, hijo del abogado y luego gobernador de Coahuila Jesús María de Valle de la Peña y Refugio Arizpe Rodríguez, y además hermano del general revolucionario Francisco de Valle Arizpe.

Arriba, el retrato (acuarela y lápices de color sobre papel) que le pintara Saturnino Herrán en 1916 y que ahora pertenece a la colección del Museo de Aguascalientes. Abajo, una fotografía de don Artemio con Alfonso Reyes Ochoa, poeta, ensayista, narrador, diplomático y pensador mexicano, tomada en 1922, durante su encuentro con el coronel Pérez Figueroa, en la legación de México en Madrid.



Artemio de Valle inició estudios con los jesuitas, en el antiguo Colegio de San Juan de Saltillo y continuó su educación en el Ateneo Fuente; luego, en la Ciudad de México, cursó la carrera de leyes por insistencia de su padre, aunque poco ejerció la abogacía por haber encontrado ventaja en los oficios de la diplomacia. A partir de 1919 ocupó cargos en las representaciones de México en España, Bélgica y Holanda. Durante su estancia en España formó parte de la Comisión de Investigaciones y Estudios Históricos, donde su contacto con el Archivo de Indias despertó un especial interés por el período colonial de la América y Nueva España. Fue así como se dio a la tarea de rescatar historias de los tiempos de la Nueva España.



La casa en que habitó desde 1934, edificada por el arquitecto Roberto Álvarez Espinosa sobre la entonces calle del Ajusco -en la Colonia del Valle-, es una de cuatro que se edificaron por el mismo arquitecto sobre predios cercanos, siguiendo proyectos similares y con variantes en la fachada; siguiendo el estilo neo-colonial o Californiano tan en boga en aquel tiempo, la casa ocupó un terreno de poco más de 400m² y frente de 12m hacia el poniente, con acceso y puerta cochera remetidas sobre una fachada que miraba al sur. Arriba, una fotografía de la discreta fachada de la casa número 16, vista desde la entonces calle de Ajusco; abajo un acercamiento a la puerta de acceso, cuyo perfil recuerda las portadas que en Angahua (Michoacán) se ejecutaran durante al evangelización en el S. XVI. Una adición hecha a solicitud de don Artemio, fue el cordón que enmarca el escudo familiar, que siguiendo la tradición rezaba: “El que más vale no vale tanto como Valle vale”.



Al interior, el proyecto del arquitecto Álvarez corresponde a la tradición de rescate colonial que desde principio de siglo proponía en la Academia de San Carlos el arquitecto Federico Mariscal y cuyo mensaje quedó plasmada en “La Patria y la arquitectura Nacional” de 1915. En ese marco, los espacios modernos de la casa fueron complementados con la decoración que don Artemio rescataba de sus visitas a diversos sitios y el amueblado cuidadosamente adquirido o mandado hacer exprofeso con talladores expertos.



Para las descripciones, aprovecho los textos que acompañaron el artículo que apareció en la revista SOCIAL, del 15 de Noviembre de 1938, redactados por Alejandro Núñez Alonso y que a la letra dice: “Don Artemio de Valle-Arizpe, gran señor de la literatura colonialista de México, ex viajero de increíbles andanzas, ex diplomático ante diversas cortes de Europa y muy ilustre coleccionista de muchas y muy variadas y auténticas orfebrerías de época, anillos, abanicos, marfiles y porcelanas…”



Y sigue Alejandro Núñez contando que: “la casa, decíamos, tiene pureza de rasgos. Esa hornacina de piedra, la ventana de gruesos fierros, aquel farol, le dan carácter y calidad. Sin embargo, lo realmente de primer orden y mérito está en los interiores. En la estancia principal o hall, nos detenemos un instante para admirar ese magnífico trisitial (sic.) de coro con altos espaldares tallados, la gran mesa del siglo XVII con patas de rica talla y travesaños de cadena, la Concepción de Alcíbar, pintor poblano del XVIII y, aquí y allá, estolas, brocados, marfiles, cajas y cajuelas de nácar, de carey, de hueso…”



También nos dice Núñez Alonso, ahora para la foto de arriba, que “en la estancia, a lo alto, otra ventana de finos dibujos y levantadas perillas, y, en el mismo muro, algunas pinturas también del siglo XVIII y, al fondo, el vestíbulo. Como pieza notable, un cajonero con alfabeto; el mueble tallado y dorado a fuego, con las letras sobre un fondo de laca azul y las puertas entableradas.” Y reflexiona: “el sitio invita a repasarlo una y muchas veces, porque cada detalle y cada objeto lo amerita.”



“Ahora, otra perspectiva de la estancia. Al fondo la chimenea con el hogar enladrillado; junto, un vargueño espléndido, un sillón frailero del siglo XVII y la escalera de piedra, con azulejos en los peraltes y barandal de torno. A la derecha, el arco de acceso al salón de música y, en primer término, la mesa con sus riquísimas telas bordadas a mano, imágenes de marfil, libros, etc.”

No todos los comentarios eran generosos y desprendidos; al paso del tiempo he encontrado descripciones (Excelsior, 3 de Mayo de 1959) que ante el pasmo por el recinto, registraban más azoro que admiración: "De esta forma estamos ya dentro de su casa llena de chácharas, muchas de ellas traídas de allende los mares y otras que corresponden al México colonial, rescatadas de alguna polvosa bodega. Cruzamos este apretado espacio desconfiando de cada una de las cosas que existen unas sobre otras y que bajo buen cuidado reposan". Así, "Por fin llegamos a la sala: colonial en absoluto, estéticamente antigua, y donde se respira el perfume vetusto y marchito de los siglos. Allí cada cosa encierra una leyenda, un secreto, una historia o una maldición".

Y complemento la fotografía anterior del “hall”, con una de don Artemio en esa misma estancia, aunque en 1959, como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, de la Academia de Historia de Colombia y de la Academia de Historia de Ecuador.



Para la siguiente imagen, Alejandro Núñez nos dice: “Al ver el hall principal desde otro ángulo, aparecen otras muchas piezas valiosas, entre ellas, el armario de media naranja –tres caras--, prodigiosamente tallado. Varias imágenes al estofado, dos columnas talladas y espejos españoles con marcos de dobles águilas doradas al fuego.”



Y para la fotografía siguiente, nos dice en 1938: “En la fotografía principal, un ángulo del salón de música, que también podría llamarse de los espejos por la profusión y riqueza de éstos. Venecianos, franceses y españoles antiguos; ingleses de varias épocas. Al fondo, bajo una veneciana rectangular bellísima, un sofá de brocado italiano del Renacimiento. A la izquierda, un clavecín de cubierta, en palo de rosa. Acá, una vitrina con varios abanicos espléndidos y un sillón abacial.”



La descripción sigue con: “Abajo, parte de la biblioteca en la que destaca, magnífica, la escribanía tallada en que el señor De Valle-Arizpe da cita a los personajes de sus relatos y escribe de sus andanzas y sucedidos. Cuadros miniaturas y un gran Cristo de marfil complementan el conjunto.”

Se sabe que además de las obras de consulta indispensables, la biblioteca contenía varias magníficas ediciones de importancia, como “El Arte en Nueva España” de Francisco Diez Barroso, publicado en 1921 y una nutrida colección de literatura y bocetos de la truhanería novohispana.



Al mencionar la bibioteca es inevtable aludir a algunos de los libros del propio don Artemio. Si bien Emmanuel Carballo lo definió como el "escritor isla" porque estaba rodeado de jóvenes escritores de vanguardia que no coincidían con sus temas y su estilo, Artemio de Valle-Arizpe tuvo una vida intelectual pública muy activa, y escribió en diversos periódicos de la ciudad de México. Además, fue un autor de éxito editorial poco frecuente en la época, ya que de algunos de sus libros se llegaron a imprimir hasta cinco ediciones en vida del autor….

Y nuevamente complemento la fotografía anterior, con una de don Artemio, ahora en la biblioteca, aunque en un retrato para la Editorial Porrúa de 1959.



La obra publicada de Valle-Arizpe es amplia, compleja y tiende a ser olvidada, con más de cincuenta obras que componen el “corpus” y compuesta por un mosaico de elementos que oscilan entre el idealismo y el realismo, aglomerando aspectos de índole popular y erudita.

Así, por un lado, usa la historia como ficción en un grupo de novelas caracterizadas por una composición narrativa donde lo grotesco y lo sublime, la sátira, la ironía y el humor son elementos para una reconstrucción moralizante, en una visión histórica que está cargada del código cultural que el autor quiere hacer evidente; ejemplifico con: “Cosas tenedes” de 1922, “Doña Leonor de Cáceres y Acevedo” de 1922, “El Canillitas” de 1941, “La movible inquietud” de 1945 o “Deleite para indiscretos” de 1951.

En otro grupo de novelas, Valle-Arizpe aborda la realidad histórica como leyenda, entre la ficción y la historia, tocando lo que hoy conocemos como microhistoria, resultando lo que Rangel define como el género de la "leyenda artemiana"; algunos ejemplos pueden ser: “Del tiempo pasado” de 1932, “Historias de vivos y de muertos” de 1936, “Andanzas de Hernán Cortés” de 1940, “Inquisición y crímenes” de 1952 o “Historia, tradiciones y leyendas de calles de México” de 1957.

Mi favorito, es un grupo de obras históricas -propiamente dichas-, donde el objetivo de Valle-Arizpe es abordar a personajes y lugares para dejar constancia formal y duradera; documenta –por ejemplo—la Calzada de TLACOPAN, con datos profundos y fotografías, que son una delicia para el lector.



De la obra producida en esa casa, el texto más exitoso, es sin duda “La Güera Rodríguez” de 1949; un mundo con sustento histórico donde la naturaleza humana es un mundo de fuerzas antagónicas, con pasiones, ambiciones, debilidades, cobardías, abusos, violencia y crimen, en que Valle-Arizpe pone en boca de María Ignacia Rodríguez de Velasco una aguda crítica a la obra maestra de Manuel Tolsá, pero cita a Montaigne recordando que “este es un libro de buena fe”…



Volviendo a la casa, Núñez complementa su descripción de la biblioteca contando que desde ahí puede verse el vestíbulo, “con una gran tela de terciopelo y un cristo magnífico, varios ormanentaes de iglesia,un armario del siglo XVI y algunos faroles muy notables…”



Retomemos la última descripción que en “SOCIAL” de Noviembre de 1938 hace Alejandro Núñez del comedor diciendo: “Con sus cómodas talladas, la mesa de torno y, detalle principal, las bancas de refectorio igualmente talladas con lujo de temas y figuras es un espacio recoleto que se complementa con las puertas de tableros y la infinidad de intrincados hierros y tallas que acompañan a los comensales”.



Y en ese mismo sitio, en una extraordinaria imagen tomada por Lola Álvarez Bravo, captada probablemente en 1961, aparece don Artemio ya viejo, degustando un chocolatito…



Nos dice Marco Fabrizio en un texto que apareció en la red el miércoles 10 de septiembre de 2008:

“El 15 de Noviembre de 1961 murió don Artemio, en ese remanso virreinal que llamaba casa, situado en la apacible calle que, por homenaje nada común, desde en vida del escritor recibió su propio nombre Valle-Arizpe. Quienes tuvieron la fortuna de conocerla pudieron apreciar la nutrida, selecta y elegante biblioteca de Don Artemio que estaba coronada con la siguiente leyenda "Esta biblioteca se hizo con libros prestados. Yo no presto libros."

Se reveló entonces que don Artemio había heredado a su secretario y compadre, el señor Héctor Ruelas, la totalidad de sus bienes, indicando que “…a mis hermanos no les dejo nada, porque ellos no necesitan de bien alguno.”.
Poco recibiría Ruelas…

Sobre el destino que sufrió esa colección, reproduzco parte del artículo de Armando Alanís publicado en la revista Macropolis:

En su testamento, De Valle-Arizpe nombró heredero universal a un joven de Aguascalientes. Pero mientras se llevaban a cabo los trámites para hacerlo efectivo, el general Francisco de Valle Arizpe hermano del escritor, fue a la casa y sustrajo hasta el último libro enviándolos a la ciudad de Saltillo para entregarla al entonces gobernador de Coahuila José de las Fuentes Rodríguez mejor conocido como el diablo. Mandó que todos los libros fueran guardados en el último piso del Ateneo Fuente.
El piso donde se encontraba la biblioteca carecía de instalación eléctrica. Una puerta de madera impedía el acceso. Aun así, se sabe que varios profesores se dieron maña para perpetrar pequeños hurtos. -Si me traes un libro de los de don Artemio, tienes 10 en el examen- prometían los profesores a sus estudiantes.

En marzo de 1984 la biblioteca entera alimentó el fuego que destruyó el último piso del Ateneo…




En 1970 se destruyó la casa N°16 y retiró la placa que recordaba que ésa había sido la morada de don Artemio de Valle-Arizpe y que en honor a él, la calle “del Ajusco” ahora llevaba su nombre. Poco después se levantó un edificio de 10 niveles para oficinas, que prefirió no colocar la placa conmemorativa.

Aunque la pérdida de casa y colección fue lamentable, me da gusto que haya causado algún eco en la preservación de la maravillosa casa de Guillermo Tovar y De Teresa en la Colonia Roma, gracias a la extraordinaria presteza de la Fundación Carlos Slim (Ver)



La “Comisión de Nomenclatura de la Ciudad de México”, dependiente de la “SeDuVi” retiró la mayoría de las señales originales y las sustituyó por láminas nuevas, en que ahora el nombre aparecía como “Artemio DEL Valle AriSpe”, sin guión, con S en Arizpe y modificando el “DE Valle” por “DEL Valle”. Luego de innumerables quejas, la comisión aceptó colocar una calcomanía que cambia la S por Z en Arizpe, pero se ha negado a corregir el DEL o agregar un guión. Parece que no importa el cómo escribiera su nombre el hombre a que se rinde homenaje poniendo su nombre a la calle…





Bien decía don Artemio: "La obra de arte es una evasión"



Este Blog se ha hecho gracias al apoyo incondicional de Julieta Fierro; está dedicado a las “Grandes casas de México” y pretende rescatar fotografías e historia de algunas de las residencias que al paso del tiempo casi se han olvidado y de las que existe poca información publicada. El objeto es la divulgación, por lo que se han omitido citas y notas; si alguien desea mayor información, haga favor de contactarme e indicar el dato que requiere. Si utilizan las imágenes, favor de indicar la fuente –aunque advierto que pueden tener registro de autor–. Conforme haya más entradas (ya hay más de 50), aparecerán en el índice a la derecha de ésta página…

También se puede encontrar un índice general en: http://grandescasasdemexico.blogspot.mx/2016/02/indice-de-grandes-casas-de-mexico.html