miércoles, 8 de agosto de 2018

Casa de la familia Romero Rubio en la calle de San Andrés



Desde 1873, una vieja casona colonial con estructura del S.XVII y anexa al hospital de San Andrés, había pasado a la propiedad de don Manuel Romero Rubio; luego de su regreso a México y hacia 1882 la intervino con esplendor y dotó los interiores de sorprendentes novedades. La casa tuvo luego varios usos comerciales y por varios años albergó una funeraria y luego oficinas del Banco de México, hasta que recientemente fue ocupada por el gobierno de la Ciudad de México para alojar su Escuela de Administración Pública.



La calle de San Andrés –llamada así en ese tramo por haberse edificado ahí el Colegio Jesuita de San Andrés– era parte del largo trazo que tiempo atrás unía el eje del centro ceremonial de Tenochtitlan con la ciudad de Tlacopan (Tacuba) en tierra firme, calzada por la que corría el extenso acueducto que traía agua desde los manantiales de Chapultepec. Arriba, en la versión de Luis Covarrubias, la ciudad lacustre y marcada en rojo la calzada que ligaba la urbe con Tlacopan hacia el poniente, parte del óleo “Gran Tenochtitlan en 1519” pintado en 1964 para la sala Mexica del Museo Nacional de Antropología.


El trazo de aquella calzada se había incorporado a la traza que en el S. XVI hizo para la capital conquistada el "buen geómetra" Alonso García Bravo y que puede entenderse claramente en el magnífico plano (arriba) que para 1807 trazó el Capitán de Dragones Diego García Conde, ilustrando la capital virreinal; aquella vieja calzada (marcada en amarillo) corría detrás de la catedral y limitaba al norte la Alameda, parque perfilado por orden de Luis de Velasco y Castilla, y bordeado también por el nuevo acueducto de arcos que abastecía la capital novohispana y que para entonces había sido ya complementado con otro, llamado “de Chapultepec” del que aún hay restos.

Tan significativa era aquella calle, que en 1793 el gremio de la industria minera decidió comprar un solar llamado Nilpantongo (pequeña milpa), y acordó en 1797 edificar ahí una escuela para la educación de la juventud destinada a las minas, conforme a planos y maquetas presentados por el arquitecto valenciano Manuel Tolsá, quien lo edificó y entregó el 3 de abril de 1813.



Dice Justino Fernández:
“…los deseos del Real Tribunal de la Minería en la Nueva España encontraron su justo intérprete en Tolsá, quien tenía para todo un sentido de lo monumental y lo grandioso…”

Para 1840, el extraordinario pintor Pedro Gualdi nos muestra aquella calle mirando hacia el poniente, donde entre 1797 y 1813 se había edificado ‒siguiendo el diseño de Tolsá‒ el ya "Palacio de Minería" frente al hospital de San Andrés.


Al fondo de la perspectiva, se percibe la esquina Nor-oriente de la Alameda y a la izquierda –al costado del propio edificio de Minería‒ el Hospital de Terceros en el predio que desde 1906 ocupa el edificio de Correos que diseñó Adamo Boari; a la derecha, se distingue el muro que daba acceso al Hospital de San Andrés y su capilla donde desde 1907 –dejando una plaza que ahora aloja la Estatua ecuestre de Carlos IV‒ se construyó el edificio de Comunicaciones y Obras Públicas (hoy Museo Nacional de Arte). De particular interés me resultan los arcos del acueducto de Santa Fe, que concluía justo detrás del Convento de Santa Isabel –donde luego se edificó el Teatro Nacional (Palacio de Bellas Artes) ‒ y que remataba en una “Caja de agua” conocida como la “Fuente de la Mariscala”, por haberse edificado justo frente a la casa de los Mariscales de Castilla, construcción de fin del S. XVI.



Carlos de Luna y Arellano -III Mariscal de Castilla- casó con Leonor de Ircio y Mendoza –sobrina del primer virrey de la Nueva España y cuñada del virrey Luis de Velasco– y dio fama a la casa edificada en el solar en magnífica esquina –hoy cruce de Eje central y Avenida Hidalgo–; aunque luego de enviudar casó tres veces más (con doña María Colón -bisnieta de Cristóbal Colón-, Catalina de Orduña e Isabel de Villegas), la casa siguió siendo conocida como la Casa de la Mariscala hasta su demolición en la segunda década del S. XX. Ni de la casa ni del acueducto y su caja de agua queda huella, a no ser por algunos que aún recuerdan que ahí se edificó un alto edificio de oficinas llamado “La Mariscala”, diseño del arquitecto Manuel Ortiz Monasterio que sufrió daños en 1957 y luego de 85 fue demolido.

Entonces para el S. XVIII, aquella esquina que agrupaba importantísimos edificios civiles y religiosos, hospitales, residencias y acueducto en cercanía al parque y camino a Tacuba, era sitio de enorme relevancia; abajo, en el redibujo de una acuarela de “México Pintoresco” fechada en 1853, se muestra parte del convento de Santa Isabel (extrema izquierda), el Acueducto de santa Fe y su caja de agua, así como la esquina de la casa de los mariscales de Castilla en el tramo conocido como Calle del Puente de la Mariscala (ahora Hidalgo).



La “Casa de la Mariscala” permaneció prácticamente inalterada durante más de 300 años y era ejemplo de las edificaciones novohispanas de fin de siglo XVI y principio del XVII; aunque en la sección poniente de la casa, el arquitecto Tolsá edificó su propia residencia, hasta bien entrado el siglo XX se podían ver las almenas que coronaban la vieja construcción, la esquina de singular balcón y el patio con arcadas que preservaba columnas de orden jónico guareciendo los pasillos del piso alto.



Integrando esa esquina, la calle frente al Convento de Santa Isabel –que ahora conocemos simplemente como “Eje Central -Lázaro Cárdenas-” era una de las amplias avenidas de la ciudad, y junto con San Andrés –ahora Tacuba– de las primeras que recibieron un novedoso sistema de drenaje en 1878.

Abajo, en una espléndida imagen fotográfica que probablemente haya sido captada en 1879, aparece a la extrema izquierda el campanario del templo de santa Isabel, cuyo convento daba nombre a ese tramo de la avenida; arriba a la extrema derecha, se distingue el perfil del “Palacio de Minería” y al centro, la cúpula de la capilla del hospital de Terceros. En primer plano –a la izquierda- la casa del Marqués de Santa Fe de Guardiola –con evidentes similitudes a la “Casa de la Mariscala”, que sería sustituida hacia 1880 por la residencia Escandón ver y es el espacio que ahora ocupa el edificio “Guardiola”; es importante notar que en la imagen aún no existe la calle de Cinco de mayo, que no sería abierta sino hasta inicio del S.XX.




Volviendo a Tacuba, al otro lado de la calle de Santa Isabel (que por algún tiempo se llamó “del Teatro Nacional” y ahora es Eje Central), mirando al oriente y donde la calle recibía el nombre de San Andrés, también se habían edificado varios edificios virreinales, destacando evidentemente el colegio Jesuita de san Andrés, que luego de la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767 pasó a ser temporalmente un hospital para los afectados por la epidemia de viruela de 1779, cuando a final de octubre se instalaron ahí 400 camas; para 1783 el edificio se transformó en Hospital General y tiempo después se amplió hacia el terreno lindante –que había servido como cementerio para los Jesuitas– donde se edificó anfiteatro y botica, permaneciendo el conjunto como relevante institución médica y clínica por 124 años...

Abajo, en el detalle de una litografía de Decaen, la calle de San Andrés mirando hacia el oriente, donde podemos ver a la extrema derecha el edificio del hospital de Terceros Franciscanos, y frente a la calle el hospital de San Andrés y su edificio anexo “dedicado a botica y anfiteatros” (el más alto con pilastras estriadas). A la izquierda la casa baja –que entonces servía como servicios para el anexo del hospital– y al extremo izquierdo la casa colonial que reformada es de la que trata ésta entrada.



La casa N°6 de San Andrés, aparece en algunos documentos como parte de las propiedades de don Carlos de Luna y Arellano -III Mariscal de Castilla-, pero junto con la casa de la esquina –formando una sola propiedad–, está registrada también como parte de las posesiones que en 1525 recibiera Hernán Martín Serrano. La casa de la esquina –N°2 de San Andrés– es de las poquísimas edificaciones que se conservan con estructura del S. XVII en el piso bajo y ampliación del S. XVIII en la parte alta; a los 720m² de la construcción corresponde una placa de la Dirección de Monumentos Coloniales que dice: “Aquí estuvo la casa del Conquistador Hernán Martín -1527-”. La edificación que por años albergó la tienda de ropa “La Mariscala” ha sido intervenida en diversas ocasiones, y ahora alberga una tienda Sanborns y su restaurante.

Abajo, en una sorprendente imagen fechada en 1880, aparece también la calle de San Andrés vista desde la calle de Santa Isabel; igual que en la litografía de arriba, aparecen lo que fuera el hospital de Terceros Franciscanos y el hospital de San Andrés con su edificio anexo, aunque ahora además las casas N° 2 y 6 de San Andrés -que en esa época se llamaba Avenida Oriente 76, por el sistema de Nomenclatura Numérica que se puso en práctica-. Asombran los postes con líneas de la Compañía Telefónica Mexicana, que entonces albergaba a sus operadoras en el N° 9 de la calle de Santa Isabel, llamada entonces Calle Sur 9.


En la fotografía he señalado la casa N°6 –típica residencia colonial de dos niveles, con cuatro vanos en cada uno y balcones con jambas en el piso alto–, que entonces albergaba un local comercial abajo; es interesante hacer notar que el acceso principal es por el segundo entre-eje –de los cuatro vanos de la estructura– y gracias al ángulo de la imagen, daría la impresión que efectivamente, en algún momento los números 2 y 6 formaron parte de una sola estructura que luego fue partida.

En todo caso, la casa N°6 de la calle de San Andrés, contaba a final del S. XIX cerca de quince metros de frente y 46 m de fondo, en un terreno casi rectangular aunque con ancones, que sumaba prácticamente 700m². Es ésta propiedad la que entre 1870 y 73 habría adquirido don Manuel Romero Rubio, abogado que entonces era asesor del presidente Sebastián Lerdo de Tejada y Corral.



Don Manuel Romero Rubio había nacido en la Ciudad de México el 7 de marzo de 1828 -hijo de Luis de Gonzaga Romero Reyes y María Dolores Rubio Fonseca-, y se formó como abogado. Agente político liberal, contribuyó en la lucha contra los conservadores y a favor de la resistencia a la invasión francesa. Elegido diputado en 1867, presidió el Congreso durante la declaratoria de don Benito Juárez como presidente electo y a su muerte en 1872, cuando Lerdo asumió el poder, Romero Rubio se convirtió en asesor de la Presidencia, llegando luego a ocupar una silla como Senador en 1875. Sería durante ese turbulento período que Romero Rubio adquirió la vieja estructura en San Andrés N°4, probablemente como sede para su práctica legal.


Casado con María Agustina Castelló Rivas en 1861 –año que inició con Benito Juárez entrando triunfalmente a la ciudad de México, luego de derrotar a los conservadores, dando así fin a la Guerra de Reforma–, don Manuel procreó siete hijos iniciando con Manuel Timoteo en 1862, Carmen en 1864, Francisco Javier en 1865, María Dolores en 1867, María Luisa en 1869, Sofía en 1873 y María Eugenia al año siguiente, adoptando las sobrevivientes el apellido Romero-Rubio Castelló.


Aunque la residencia familiar estaba en Tacubaya, hacia 1876 –año en que fungió como ministro de Relaciones Exteriores de México– don Manuel emprendió la tarea de remodelar de la vieja casa de San Andrés a fin de unificar en una sola dirección despacho y residencia, apalabrando para tal efecto al arquitecto e ingeniero Civil Eleuterio Méndez –maestro de “Caminos Comunes y Ferrocarriles” en el Colegio de Ingenieros– que se había hecho de notoriedad al intervenir el edificio del “Palacio de Minería”, sustituyendo en colaboración con el ingeniero don Emilio Dondé, la cubierta ejecutada por Antonio Villard Olea en 1830 que remplazó la original– creando la nueva bóveda y linternilla de estructura de acero que hasta hoy cubre la magnífica escalera.

No está claro que tanto se avanzó en la empresa de remodelar aquella casa, ya que a la llegada de Porfirio Díaz al poder en mayo de 1877, Romero Rubio se exilió a toda prisa con su esposa e hijas (solo tres hijas –Carmen, María Luisa y Sofía– sobrevivieron) a los Estados Unidos -morando en Nueva York- acompañando a su amigo Sebastián Lerdo de Tejada. A pesar de su temor a represalias, don Manuel volvió a México en 1880 y reanudó sus actividades como litigante, aunque manteniendo un bajo perfil.

En “Las mieles del poder” Alejandro Sánchez nos dice que “Romero Rubio detestaba a Díaz, pero le tenía miedo; creía que lo mandaría matar porque era un secreto a voces que los lerdistas no se habían rendido y de un momento a otro podrían organizarse para levantarse contra Manuel González o, lo que era lo mismo, contra Porfirio.”



Para 1889, aparecía en las páginas de “El Mundo Ilustrado”, encarnando las residencias del “México Moderno”, la “Casa de la propiedad de la familia Romero Rubio en la calle de San Andrés”, razón por la que podemos suponer que luego de su regreso a México, don Manuel terminó la remodelación y mudó práctica y familia al inmueble.

La vieja estructura colonial había recibido una nueva organización al interior y el exterior se había remozado por completo, cambiando el frugal aspecto de jambas y aplanado por un extraordinario trabajo ornamental…



Nos dice Francisco Schroeder Cordero:
“Llama poderosamente la atención la ornamentación de cantera labrada, enmarcando las puertas y balcones, pues parece un encaje bordado en piedra, finas grecas de dibujos geométricos, círculos con flores estilizadas que se entrelazan por la magia del cantero, guirnaldas de flores y frutos y sobre el dintel de la platabanda de la puerta principal, una gran concha vista por su envés; tanto en el zócalo o guardapolvo como en el pretil de azotea, hay sillares tallados como grandes diamantes facetados."




La intervención fue mucho más que ornamental ya que el inmueble recibió un nuevo acceso (la entrada pasó al extremo izquierdo de la fachada) y novedosa distribución al interior, con recibidor y patio en planta baja dedicada a las oficinas del abogado, que separado por una cubierta de cristales coloridos albergaba la residencia en planta alta.



No tengo imágenes de ese espacio en su estado original, pero en una imagen actual, puede verse la estructura que a fin del S. XIX soportaba el techo de cristal y daba luz al patio interior, iluminando el camino a la amplia escalera que daba acceso a la residencia de la familia Romero-Rubio.



En concordancia, en la “Lista de suscriptores N°1 de la Compañía Telefónica Mexicana” del 1° de noviembre de 1891, aparecía:
Número 119 --- Romero Rubio Manuel, Despacho, ave. Oriente 76, San Andrés 6.
Número 127 --- Romero Rubio Manuel, ave. Oriente 76, San Andrés 6.

Del piso alto, apenas queda la disposición en torno a un patio cubierto, parte de la espectacular escalera y fragmentos de la decoración residencial del S. XIX; los diversos usos posteriores han modificado sustancialmente las decoraciones y se ha perdido la totalidad del amueblado. Los patios traseros han sido intervenidos y la construcción se amplió en el fondo del predio.





Aunque parcialmente alterada, en la escalera aún se pueden distinguir algunos de los elementos decorativos, mientras que en el patio alto, se conservan elementos que debieron formar parte de la casa en que habitaron Carmen, María Luisa y Sofía Romero-Rubio y Castelló.



En las dependencias del piso bajo, que albergaban oficinas del abogado, la decoración interior se ha perdido, pero perduran vestigios en las pilastras, que conservan las intrincadas tallas de origen.


Esa minuciosa talla está en concordancia al detallado trabajo de labrado en la fachada, donde marcos y pilastras muestran también una meticulosa labor, que a pesar de los 120 años desde su ejecución y las agresiones de los transeúntes, bien comprueban aquello de ser “…encaje bordado en piedra, finas grecas de dibujos geométricos, círculos con flores estilizadas que se entrelazan por la magia del cantero…” descrito por Schroeder.



Aquellos aposentos de la planta baja cobijarían algunas actividades del que desde 1884 se transformó en Secretario de Gobernación del Presidente Díaz y que se mantendría en ese puesto por once años, hasta 1895. Muchos atribuyen el cambio de actitud ante Díaz a la extraordinaria habilidad política de Romero Rubio; otros imputan el puesto al haberse transformado en suegro del Presidente…



Parece ser que Porfirio Díaz –que había enviudado en abril de 1880 y entregó la presidencia a Manuel González el primero de diciembre de ese mismo año– conoció a “Carmelita” en una recepción en la embajada estadounidense, celebración a la que habían acudido los Romero Rubio poco tiempo después de regresar a México; casi en broma, acordaron que ella –de 17 años– le enseñaría a hablar inglés y para sorpresa de muchos comenzaron a intimar, con la frecuente visita del ex presidente a la casa de San Andrés.



Cuenta Maddelyne Uribe que fue en la casa de San Andrés (Tacuba 6), en el salón que da a la calle, donde Carmen Romero escucho del viudo y recio político Porfirio Díaz las contundentes palabras:
‒“Carmelita: yo debo avisar a usted que la amo. Comprendo que sin una imperdonable presunción no puedo esperar que el ánimo de usted pase otro tanto y por eso no se lo pregunto; pero creo que en un corazón bueno, virgen y presidido de una clara inteligencia como la de usted puede germinar ese generoso sentimiento, siempre que sea un caballero el que lo cultive y sepa amar tan leal, sincera y absolutamente como usted merece y yo lo hago ya casi de un modo inconsciente. […] si usted me dice que debo prescindir no necesita usted decirme por qué, yo siempre juzgaré poderosas su razones e hijas de una prudente meditación”...

A las siete de la noche del 5 de noviembre de 1881, don Porfirio contrajo matrimonio civil con Carmen Romero Rubio, actuando como testigo el entonces presidente de México, Manuel González; al día siguiente se efectuó la ceremonia religiosa, cuando el matrimonio recibió la bendición del arzobispo Antonio de Labastida. En viaje nupcial, la pareja fue a Nueva York, para que don Porfirio practicara el inglés que Carmelita le había enseñado; el resto, sería motivo de un largo texto…



El 3 de octubre de 1895, falleció don Manuel Romero Rubio, Secretario de Gobernación en funciones, parte del gabinete que su yerno había integrado desde el 1° de diciembre de 1884; en el gobierno sería sustituido por don Manuel González Cosío y la casa de San Andrés quedó a cargo de doña María Agustina Castelló Rivas viuda de Romero-Rubio, que para entonces ya había casado a su hija María Luisa -con José María De Teresa Miranda y que por un corto período habitaron en una casa a apenas una calle de distancia Ver - y estaba en espera del matrimonio de Sofía que en 1897 casó con Lorenzo Elizaga Retes.

Para 1900, la zona comenzó a cambiar de manera vertiginosa iniciando con la demolición del Hospital de Terceros -franciscanos- (justo frente a la entrada de la casa) para levantar la moderna estructura de la nueva sede del Servicio Postal Mexicano…


El edificio diseñado por el arquitecto Adamo Boari y edificado bajo la supervisión del ingeniero Gonzalo Garita era una novedosa estructura metalica que albergaba lo más avanzado de la tecnología bajo un exterior de palacio gótico. En la imagen de arriba, la obra de la “nueva casa de correo” durante la colocación de las columnas del primer piso, fotografía en la que he marcado la casa Romero-Rubio, que por un período funcionó como oficina del ingeniero Garita para la supervisión de la obra. Abajo, imagen de la misma edificación, tomada desde el balcón de la casa Romero-Rubio y donde a la izquierda se distinguen el Palacio de Minería así como el templo de San Felipe de Jesús y a la derecha, las obras de demolición del Convento de Santa Isabel a fin de edificar el Teatro Nacional...



Para el 7 de febrero 1907, el “Palacio Postal” había quedado terminado y fue inaugurado por el presidente Díaz en compañía de su esposa, con acceso frente a la casa paterna, sobre la calle que ya dejaba de ser “de San Andrés”…



Desde 1869 se había destruido la capilla del Colegio de San Andrés creando la calle que llamamos Xicoténcatl, luego de que ahí –siendo capilla del hospital– se hubiere re-embalsamado el cuerpo de Maximiliano I, consecuencia de que el 19 de junio de 1867 fuera fusilado en Querétaro; para 1903 se decidió demoler la totalidad de la vieja estructura de lo que había sido el Colegio Jesuita y luego Hospital General para dar lugar al nuevo edificio de la Secretaría de Comunicaciones y obras Públicas, siguiendo el diseño del arquitecto Silvio Contri.



El edificio también contaría una estructura metálica e innovaciones sorprendentes, pero además, en una de las decisiones urbanas más afortunadas del período, el diseñador dejó espacio frente al edificio remetiéndose sobre la ya calle de Tacuba –tanto para reconocer la categoría del Palacio de Minería, como para permitir mejores vistas sobre su edificio–. En la imagen de arriba la estructura metálica del “Palacio de Comunicaciones” en 1906, vista desde la calle Xicotencatl y donde al fondo se distingue al Palacio de Minería. Bajo, el palacio de Comunicaciones, terminado en 1910.



Los alrededores de la casa Romero Rubio cambiaban radicalmente en la primera década del siglo, y aún faltaba la zona Sur-poniente, donde luego de la destrucción de Santa Isabel, se edificaba a toda prisa el Teatro Nacional. Abajo, en una fotografía fechada en 1906, la plataforma de cimentación del nuevo teatro; a la derecha el “Palacio Postal” prácticamente terminado y al fondo se distingue la casa de los mariscales de Castilla. Al centro, se alcanza a distinguir parte de la casa Romero-Rubio/Castelló.



Durante esa primera década la planta baja de la propiedad se alquiló como oficinas aunque la parte alta siguió funcionando como vivienda, incluso cuando se inició la edificación en el predio colindante. En 1908 comenzó la construcción del “Edificio Garantías” en la esquina de Tacuba y la calle de Marconi N°2 (calle que se había creado luego de la demolición del Hospital de san Andrés), siguiendo el diseño del ingeniero militar José Espinosa Rondero.

El proyecto de cuatro niveles y buhardilla sacó enorme provecho de la calle recién creada y el remetimiento del edificio de Comunicaciones, aunque modificó por completo la estampa de la casa Romero-Rubio.



El edificio de estructura de acero y magnífica factura se llamó “Olivares” a su terminación en 1909, aunque más tarde sería conocido como “Corona” y luego “Edificio Garantías” cuando fue adquirido por la compañía Mexicana de Garantías en 1929.


Las Fiestas del Centenario de la Independencia de México en septiembre de 1910 fueron una curiosa pausa en el sobrevenir de la calle de Tacuba, pero luego de la renuncia del presidente Díaz ‒aceptada en el Congreso el 25 de mayo de 1911‒ la casa de San Andrés N°6 –para entonces Tacuba N°706– pareció quedar en suspenso. Durante la segunda década, aquel espacio urbano era sitio de regocijo, a pesar de lo sucedido durante el levantamiento y su agravio.



Doña Carmen acompañó a su esposo en su destierro a Francia en 1911. Después, a la muerte del general, vivió unos años en Francia gracias al dinero que le redituaban algunas de sus propiedades en México, incluyendo la casa de sus padres que para entonces estaba rentada por la agencia funeraria “Alacázar Hnos.”. En 1931, Carmen Romero-Rubio viuda de Díaz decidió regresar a México y habitó en la Calle Tonalá de la Colonia Roma.



En ese período se dio una nueva transformación al entorno de la casa de Tacuba, cuando por un lado se terminaron oficialmente los trabajos en el Teatro Nacional, que fue inaugurado como Palacio de Bellas Artes el 29 de septiembre de 1934; por otro lado, a unos metros –ahí donde había sobrevivido la casa de los Mariscales de Castilla–, se edificó a partir de 1937 el edificio “La Mariscala” (oficialmente Edificio Hidalgo), que con veinte niveles auguraba lo que parecía un futuro prometedor para la Avenida Hidalgo…



El 25 de junio de 1944, doña Carmen Romero Rubio y Castelló falleció en la capital a los ochenta años; desde entonces, la casa de la calle de Tacuba recibió a diversos ocupantes, aunque destaca el largo período en que fue ocupada por oficinas del Banco de México.



En 1979 se trasladó a la plaza de Tacuba –apropiadamente bautizada “Plaza Tolsá”– la Estatua Ecuestre de Carlos IV que casi todos llaman “El Caballito” y en 1982, la Secretaría de Gobernación cedió el edificio creado en 1907 para la Secretaría de Comunicaciones y obras Públicas a la Secretaría de Educación Pública, con el propósito de que se creara ahí un museo: el Museo Nacional de Arte. Aunado esto a la rehabilitación del Centro histórico y la cuidada atención que se ha puesto en la calle de Tacuba, la que fuera casa de la familia Romero-Rubio y Castelló tiene ahora un entorno envidiable…



La casa alberga ahora la Escuela de Administración Pública del gobierno de la Ciudad de México que con regularidad programa conferencias y cursos en el salón que mira a la calle, en el que aún se percibe parte de la decoración de 1890…





Este Blog se ha hecho gracias al apoyo incondicional de Julieta Fierro; está dedicado a las “Grandes casas de México” y pretende rescatar fotografías e historia de algunas de las residencias que al paso del tiempo casi se han olvidado y de las que existe poca información publicada. El objeto es la divulgación, por lo que se han omitido citas y notas; si alguien desea mayor información, haga favor de contactarme e indicar el dato que requiere. A menos que se indique lo contrario, las imágenes provienen de mi archivo, que incorpora imágenes originales recopiladas al paso del tiempo, así como el repertorio de mi padre y parte del archivo de don Francisco Diez Barroso y sus imágenes de Kahlo; si utilizan las imágenes, favor de indicar la fuente –aunque advierto que pueden tener registro de autor–. Conforme haya más entradas (ya hay 80), aparecerán en el índice a la derecha de ésta página…



También se puede encontrar un índice general en: VER http://grandescasasdemexico.blogspot.mx/2016/02/indice-de-grandes-casas-de-mexico.html







¡A visitarla!




































viernes, 15 de junio de 2018

El Pabellón de México en “París 1889”



Sorprendente pabellón de enérgico nacionalismo historicista descrito como “…del más puro estilo Azteca”, en que las ideas arqueológicas de Antonio Peñafiel se vieron plasmadas al exterior, con elementos arquitectónicos y ornamentales adaptados por Antonio M. Anza y otros artistas, destacando una serie de magníficos relieves en bronce, trabajados por el joven becario Jesús Contreras que a la sazón estudiaba en París. Al interior, además de la producción minera, agrícola y pecuaria mexicanas, maquetas de monumentos urbanos y modelos hechos con Puros de “El Buen Tono”, se pudieron mirar numerosos oleos de José Salomé Pina, José Obregón, José Jara y don José María Velazco. Parte de esa obra, aún se puede ver –129 años después– en museos y calles de México.


Puede resultar interesante echarle un vistazo con la perspectiva de un visitante que en 1889 se pasea por el Campo Marte, mirando otros pabellones a los pies de la Torre Eiffel para entrar luego al “Palais Aztèque”…



La “Exposition Universelle de 1889 –L’exposition du Centenaire de la Révolution–” se inauguró por el Presidente Sadi Carnot el 6 de mayo de 1889 ante una concurrencia sorprendentemente numerosa –considerando que algunas monarquías europeas se rehusaron oficialmente a participar por aquello del centenario de la Revolución Francesa–. El énfasis se había puesto –por insistencia y coordinación de Antonin Proust– en la influencia de Artes aplicadas y las Bellas Artes en la civilización mundo, con una retrospectiva de la pintura académica creada entre 1789 y 1889 integrando obras de Vernet, Gros, David, Géricault, Ingres, Delacroix, Cort, Courbet y Millet; aunque la enorme galería fue muy visitada, en otros sitios motivaron enorme interés los gramófonos de Edison y máquinas para coser de Singer, mientras que causaban conmoción las dos estructuras metálicas ensambladas en el Campo Marte que rubricarían la exhibición para la posteridad: la “Galerie des Machines” diseño de Contamin y Duterte, y la “Tour de 300 mètres” con diseño y ejecución de Gustave Eiffel, icono de 1889 que llega intacto hasta nuestros días...



Aunque la exposición ocupó la explanada de los Inválidos, el Palacio de la industria en Campos Elíseos, el Trocadero y Ribera del Sena entre los puentes de Inválidos y Iéna, la sección más memorable resultó lo edificado en el “Champ de Mars” frente a la Escuela Militar.

A un extremo, aquel enorme “Palais des Machines” a la cabeza de cuyo diseño estuvieron el arquitecto Ferdinand Dutert con el ingeniero Victor Contamin, creadores de lo que hasta el momento era el espacio cubierto y libre de apoyos más grande del mundo (420 metros de largo, 115 metros de ancho y 45 metros de alto); la estructura de acero y metal se sostenía sobre veinte arcos articulados –técnica creada para sistemas constructivos en puentes– que albergaría un mundo de máquinas innovadoras, enfatizando su papel en la civilización mundo …


Aunque no fue bien recibida por la crítica arquitectónica, la estructura sentó bases para una nueva manera de presentar y entender el funcionamiento de los elementos metálicos en las construcciones, específicamente en la forma que se distribuyen las cargas en una estructura, con proporciones que no resultaban reconocibles para aquellos acostumbrados a pesados arcos de piedra.

Memorable el comentario del ingeniero belga George Arthur Vierendeel Helleputte (diseñador del pabellón Chileno) que señaló: "hay falta de proporción, cosa que produce un mal efecto; esas vigas no están equilibradas, no tienen base ... comienzan demasiado bajo ... El ojo no está tranquilo ... Los soportes de la Galerie des Machines muestran otra falla: están demasiado vacíos.”



Al otro extremo del “Campo Marte” se levantó la “torre de trescientos metros”, estructura que enfrentó formidables críticas y paradójicamente, única marca que perdura ahí luego de 129 años.

Gustavo Eiffel propuso un edificio jamás visto y considerado irrealizable: “… una torre de trescientos metros que exalte la imaginación, sea testigo de las capacidades renovadoras del genio francés y que se transforme en el monumento más conocido de toda la tierra”.

"J’ai voulu élever á la gloire de la science moderne et pour le plus grand honneur de l’industrie française, un arc de triomphe qui ut aussi saisissant que ce que les générations qui nous ont précédé ont élevé aux conquérants." (“He querido erguir a la gloria de la ciencia moderna, y para el mayor honor de la industria francesa, un arco triunfal que fuera tan atrayente como los que las generaciones que nos precedieron levantaron a los vencedores.”)
G. Eiffel


De ambas estructuras se ha escrito mucho y aquí son contexto para entender la trama de ese 1889, cuando México se presentaba con otros países latinoamericanos a los pies de la torre de trecientos metros, como parte de ese festival que quería mostrar un mundo de progreso, y donde la República Mexicana aspiraba a congraciarse con aquella potencia frente la que apenas veinte años antes había quebrado toda liga diplomática, luego del fusilamiento de Fernando Maximiliano José María de Habsburgo-Lorena (Maximiliano I de México) en junio de 1867.


La noticia de la captura de Maximiliano, su proceso y condena, generaron un profundo sentimiento de conmiseración e indulgencia en la sociedad europea, de entre la que el escritor Víctor Hugo pidió al presidente Benito Juárez perdonar la vida al hombre. Luego, el pintor Édouard Manet tampoco fue tibio ante el horror que causó la ejecución de un miembro de la casa Habsburgo; así aunque Manet se identificaba con la causa republicana pintó varias obras (con fuerte influencia de “Los fusilamientos del 3 de mayo” del pintor español Francisco Goya, unque poco sustento documental) abrevando en ese profundo efecto que sobre la sociedad parisina, tuvo el fusilamiento del que fuera archiduque de Austria, Emperador de México y a quien el propio Napoleón III había apoyado.



Pero México era ahora ejemplo de progreso y bajo la influencia del presidente Díaz, había reanudado relaciones con Francia en 1880; así, estaría presente con Argentina, Bolivia, Brasil, Costa Rica, Chile, Ecuador, Nicaragua, El Salvador y Venezuela en el Campo Marte, a un costado del enorme “Pavillon des Arts Libéraux” y a los pies de la Torre de 300 metros de Eiffel.



Hay una formidable cantidad de información relevante en torno a otros aspectos de la feria parisina de 1889; aquí me concentraré exclusivamente en torno a lo que sucedía en las inmediaciones de la exhibición de México, sin que eso implique restar relevancia a otras partes de la exhibición. Recorrer los rincones de aquella “Exposition Universelle” debe haber sido sorprendente ¿Pueden imaginar la emoción de visitar el Pabellón de México, o ser invitado por don Gustave Eiffel a visitar la cúspide de la torre, justo en la cota de trescientos metros?



A los pies de aquella torre y frente al río, el destacado arquitecto Charles Garnier organizó una exhibición temática y retrospectiva de la “Historia del habitar humano”, que incorporaba “recreaciones” alusivas a las principales civilizaciones de la antigüedad, incluyendo habitáculos aborígenes o de pueblos poco conocidos, hasta sumar cuarenta y cuatro “Habitaciones del mundo”, que contenían desde un dolmen franco hasta una domus griega, pasando por “tipi piel roja” o casas Maya y Azteca, disponibles todas en hermosas y coloridas postales con las que poder atesorar el recuerdo…


Decía Victor Champier, “Rédacteur en chef de la Revue des Arts décoratifs”:
“De todas las atracciones imaginadas y edificadas en el Champo Marte, la proyectada por M. Charles Garnier –si, el eminente arquitecto de la Ópera de París–, en principio debía obtener un Gran Premio.”
“Mostrar lo que ha sido el continuado desarrollo de la humanidad a través de los tiempos, reproduciendo los tipos peculiares de viviendas que los hombres han construido sucesivamente, es, de hecho -debe admitirse-, una magnífica idea, que bien ejecutada podría seducir a la multitud de visitantes. Prometió Garnier una instructiva "lección de cosas" –la más entretenida que podía concebirse–, y tenía, además, la ventaja de introducir en el microcosmos pintoresco de la exposición elementos y decoraciones nuevas, inesperadas y extremadamente variadas.”


Y sigue Champier:
El señor Charles Garnier preparó su obra durante dos años con celo ejemplar. Basado en el principio de que la vivienda puede ser considerada como un espejo que reproduce fielmente la verdadera fisonomía del habitante, se esforzó por recrear los tipos de casas de todos los pueblos a diferentes edades de la humanidad, desde la cabaña primitiva –incluyendo los tiempos prehistóricos– hasta las elegantes casas de Grecia, Roma y el Renacimiento.
Por supuesto, para la casa de los griegos o la de los romanos, la información abunda y no se tiene más que escoger para ejecutar una construcción cabal. ¿Pero qué hay de los habitáculos anteriores o lejanos y poco documentados? Para la casa Egipcia, por ejemplo, para la Asiria o Fenicia, para la Azteca o para la vivienda Hindú, a la que el señor Garnier dio la forma de una caja con un anteojo. ¿De dónde fueron tomados los modelos? - ¨¡De documentos incuestionables!¨ dijo el arquitecto. - ¨¡De documentos inciertos o simplemente de su imaginación!¨ han replicado los arqueólogos y expertos.



En todo caso, caminar al pie de la torre de Eiffel y toparse con aquellas creaciones era sin duda parte de un espectáculo que resultó excitante y memorable; la fotografía de abajo demuestra la exactitud de las postales, y muestra “La maison Aztèque”, “le Tipi Siux” y la “Ronde maison de L’Amazones” frente al Pabellón de la República Mexicana, del que se distingue atrás la crestería…


Esa interpretación del prestigiado arquitecto Jean Louis Charles Garnier –que a la sazón ya contaba 64 años y había edificado entre 1862 y 1874 la notable Opera de París, honrosamente llamada “Palais Garnier” –, en su “Historia del habitar humano”, contrapuesta a la “Maison Inca” y apenas a unos pasos del pabellón de México, no era una absoluta fantasía y abrevaba en los mismos documentos en que los autores del proyecto para el “Palacio Azteca” se habían documentado…

Abajo, del propio Garnier y de “L’Histoire de L’habitation humaine a l’Exposition Universelle de 1889, –Habitation des Azteques– Facade Principale” en un delicioso grabado de Garen que conservo en casa.



Así, al Sur-oeste de la estructura de Eiffel y al cruce de jardines bajo los arcos de soporte de la estructura de la torre de trescientos metros, respaldados y rodeados por la históricista exposición de Garnier, se presentaban los pabellones latinoamericanos, en derredor de un estanque y la “Brasserie Tourtel” de Jules y Prosper Tourtel cerveceros que presumían haber ayudado a Louis Pasteur a llevar a buen término sus experimentos acerca de la fermentación.



Justo bajo la torre, en el eje vertical, se había colocado una monumental fuente “Les cinq Parties du Monde” con la escultura temporal de Francis de Saint-Vidal y tras el arco formado entre los pilares de la torre se presentaban “Les Pavillons de l’Amérique Latine” donde destacaban a la derecha la torre del blanco pabellón del Imperio del Brasil, y a la izquierda el intenso contraste del pabellón representando a Bolivia.



En 1888, Brasil encargó al arquitecto Louis Dauvergne –“ Architecte-expert près le Conseil de Préfecture de la Seine” –, y con la anuencia del Emperador Dom Pedro II que viajaba por Europa, el diseño del pabellón que la “Guide Bleu du Figaro et du Petit Journal -1889-” describía como:
La sección brasileña, que está a la derecha y al pie de la Torre Eiffel, ocupa una zona total de 1.200 metros cuadrados, de los que solo 400 metros están ocupados por el pabellón de tres pisos en torno a un atrio, altura que está coronada por una cúpula de vidrio adornada con un dosel. Una torre cuadrada, de unos 40 metros de altura, contiene la escalera que da acceso a las galerías del primer y segundo piso. Una escalera más pequeña permite subir al campanario de la Torre y la terraza que lo soporta. En la planta baja, un salón para exhibición -con una pequeña galería que sirve como antecámara-, se anexa al edificio.


Y sigue “La Guide Bleu”:
En el segundo piso, una terraza cubierta con un toldo permite mirar hacia el Campo Marte y sus palacios. La decoración consiste en seis estatuas que representan los seis ríos primordiales de Brasil, con las plantas y los arbustos que crecen en sus bordes como atributos, y varios motivos arquitectónicos, proas de navío, vasijas, cabezas, consolas, etc.
Loza decorativa también orna las fachadas y las armas de las distintas provincias están pintadas sobre los cartuchos que coronan los pilones, y el motivo central de la fachada está coronado por la esfera que aparece en la bandera brasileña.


Al otro extremo y hacia el Palacio de las Artes Aplicadas, el Pabellón de Bolivia del que “La Guide Bleu” señalaba: “Le pavillon est d'un style spécial qui rappelle beaucoup les constructions boliviennes modernes, très original avec ses quatre tours et son architecture un peu bizarre.”


Y retomo las descripciones de “La Guide Bleu -1889-”:
El pabellón es un estilo especial que recuerda mucho a los edificios bolivianos modernos, muy original con sus cuatro torres y arquitectura un poco extraña. En el interior, el visitante encontrará las muestras más bellas, minerales notables, plata, cobre, manganeso, grandes colecciones antropológicas y zoológicas, caucho, coca, café y todas las materias primas. Los bolivianos deben ser excusados por llegar un poco tarde a la Exhibición: no es su culpa; La distancia es larga, y no hay ferrocarriles en Bolivia...

Esa “…arquitectura un poco extraña” era diseño del arquitecto Fouquiau, que encomendado por el Presidente Aniceto Arce Ruiz elaboró una fantasía ecléctica de inspiración bizantina y modernista sobre una estructura metálica que debía ser luego llevada a Bolivia.



Al sur del edificio representante de Bolivia, se erguía el pabellón de Chile, estructura sorprendente a cargo de los diseñadores franceses Moisant, Laurent, Savey et Cie., autores también de edificios importantes como Le Bon Marché o le Grand Palais.


Desde 1888 el gobierno chileno había anunciado la construcción de su pabellón, y ciertamente los requisitos no eran sencillos: era necesario crear un inmueble original, sin reproducir ningún edificio existente, que tuviera una planta baja, y una galería en el primer piso, hecho todo de hierro y paneles de diversos materiales, y que se pueden desmontar fácilmente para transportar a Chile después de exposición; además, el pabellón debería ser capaz de resistir un terremoto, interesar a los chilenos y no costar más de 140,000 francos en total, es decir, desde los movimientos de tierra previos, hasta la entrega del lote limpio y en buenas condiciones, luego de desmantelada la edificación…


En “Livre d'Or de l'Exposition -1889-” se nos dice :
Pour notre goût personnel, nous trouvons qu'il y a bien un peu beaucoup de dômes dans le projet primé et exécuté par MM. Moisant, Laurent, Savey et Cie. Un sur le bâtiment central, et quatre autres sur les pylônes rectangulaires qui flanquent les quatre angles de ce bâtiment.
Cette abondance de dômes donne un aspect plus étrange qu'original au pavillon Chilien, mais, par contre, le portique en saillie qui tient toute la hauteur de la construction et ouvre sur un large perron les trois baies du péristyle, offre un caractère vraiment monumental.

Me sorprende el comentario : “…un aspect plus étrange qu'original au pavillon Chilien” sobre todo considerando que en la convocatoria, se especificaba que los pabellones deberían reflejar elementos históricos del país que representaban…



En la imagen de arriba, vistos desde el pabellón de San Salvador, los modernos pabellones de Chile y Bolivia, donde a la extrema izquierda se asoma el pórtico del discreto pabellón de Costa Rica mientras que a la extrema derecha aparece la reja del pabellón de Nicaragua; al centro una torre blanca corresponde al pabellón de Venezuela, mientras que al fondo se distingue la cúpula del pabellón de Argentina.

El discreto pabellón de Costa Rica daba cabida a magníficas colecciones de aves mariposas y plantas, pabellón del que Louis Phalanchet en “Livre d'Or de l'Exposition -1889-” nos dice: “Le pavillon est tout petit!”


Y sigue Phalanchet:
A pesar de estar edificado completamente de hierro, o tal vez debido a esto, el pabellón de la República de Costa Rica es francamente coqueto.
En las cuatro esquinas hay estatuas de bronce, un soldado, un campesino, un cerrajero, un herrero; se llega allí por un pequeño pórtico muy elegante. Pero ¿por qué al entrar, la vista cae de inmediato en una colección de ofidios? Eso sería creer que es el país de las serpientes…




Y detrás de Costa Rica, a la zaga del enorme Palacio de Artes Liberales, otro discreto pabellón representando a la República de El Salvador, “de llamativo tono exótico” diseñado por el arquitecto Lequeux.


Y entresaco de la “Guide Bleu du Figaro et du Petit Journal -1889-”:
“El pabellón de Salvador, instalado con gran cuidado y buen gusto por el Sr. Pector, se encuentra en la terraza del Palacio de las Artes Liberales. Es una arquitectura original cuyo doble carácter árabe y español da una idea bastante precisa de los edificios de aquel país. El Sr. Pector, presidente de la Sociedad Americana de Francia nos cuenta que “…nos hemos rodeado de los mejores documentos, y después de mucha investigación, pudimos encontrar los signos del lenguaje sagrado (nohualt) que, según la tradición, se hablaba por los antiguos de México y América Central, antes de los conquistadores”. Así se ha tenido la ingeniosa idea de reproducirlos y usarlos como temas decorativos para el pabellón…




Enfoque diferente se siguió para el diseño del Pabellónpor parte de los representantes de Venezuela, que acometió el rescatar un pasado barroco en la decoración externa de su edificio. Acudo ahora a los textos de “Le Livre d'Or de l'Exposition -1889-” donde se nos cuenta que:
No es muy grande el Pabellón de Venezuela, pero resulta encantador, y ciertamente es de todos los de América del Sur que se mira con mayor contento. Es todo blanco, entre el de Ecuador que es gris y el de México que es terracota, no lejos de Bolivia y la República Argentina que son multicolores, y se destaca con distinción. El arquitecto a cargo de esta construcción la elevó al estilo del Renacimiento español, y no lo pudo hacer mejor.



Casi terminada la recapitulación de los pabellones latinoamericanos en el Campo Marte, restarían Uruguay, Santo Domingo, Paraguay, Guatemala y Nicaragua –montados sobre la plataforma del Palacio de las Artes Liberales–, así como Argentina, Ecuador y México, además del pabellón del Canal de Suez, que por cercanía y estilo debemos incluir…

Sobre la plataforma del gran edificio dedicado a las Artes Liberales –con su sorprendente exhibición retrospectiva dedicada a la Antropología– se levantaron varios pabellones incluyendo el de Guatemala con su peculiar apariencia de Chalet Alpino y amplias vistas hacia la Avenue de Suffren


A su lado se erigieron los moderados pabellones que representaban a Paraguay y República Dominicana, con arquitecturas de ecléctica inspiración y con la curiosa consigna de poder ser desmontados y rearmados –uno en Asunción y el otro en Santo Domingo- para transformarse en salas de exhibición de productos franceses de importación…



Mención especial merece el Pabellón de Uruguay, que con diseño hermanado al pabellón Chileno, fue encargado a Henry Pic, que en la coyuntura trabajaba en Moisant, Laurent, Savey et Cie., y diseñó una estructura que también se mostraba con una estructura de hierro cristal y zinc.



Finalmente, también sobre la plataforma del “Palais des Arts Libéraux” pero con vista hacia la explanada y muy cerca del soporte sur de la torre, se edificó el pabellón de Nicaragua con sus singularísimos techos, diseño del reconocido arquitecto Stephen Sauvestre, responsable de los ajustes arquitectónicos que dieron belleza a la torre concebida por Maurice Koechlin y Émile Nouguier para Eiffel.


Y nuevamente recurro a la “Guide Bleu du Figaro et du Petit Journal -1889-”:
¿Le gustan las aves raras, las plantas exóticas, el aroma estimulante del cacao y la vainilla?
Vaya y vea el encantador pabellón de Nicaragua, cuyo arquitecto, el Sr. Stephen Sauvestre -arquitecto de la Torre Eiffel-, es el creador. Este encantador pabellón de madera, de apenas 20 metros por 10 metros y estilo renacentista, cubierto con tejas de terracota a manera de escamas y adornos de azulejos esmaltados, tiene un diseño elegante y original; consta de un gran salón principal y dos salones contiguos, y una escalera exterior conduce a una terraza desde donde la vista de la Torre Eiffel y el Champo de Marte es magnífica.




Y falta el pabellón más grande de los países latinoamericanos: ¡Argentina!

Para dar uniformidad a las descripciones, he recurrido reiteradamente a los textos que aparecieron en “Guide Bleu du Figaro et du Petit Journal -Exposition de 1889-” y acudiré nuevamente por ser una fuente que da fichas contemporáneas a la exposición, con la pesquisa e interpretación de efemérides que pudieran resultarnos distantes…


Con diseño del arquitecto Albert Ballu –ganador de entre 27 concursantes para el diseño– la ejecución se encomendó a Moisant, Laurent, Savey et Cie. –cosa que generó algunos malentendidos–, y luego de albergar la exhibición en París, se desmanteló y envió a Buenos Aires.

Recurro nuevamente a los textos del “Guide Bleu du Figaro et du Petit Journal -1889-”:
En lugar de reproducir monumentos como lo hizo en la sección diseñada para Argelia, y en ausencia de una arquitectura característica argentina –como se pudo hacer en el pabellón Mexicano–, el Sr. Ballu se embarcó audazmente en el aprovechamiento que todas las innovaciones que su imaginación le sugirieron. Tuvo tanto éxito que afirma haber sido plagiado en otras instalaciones que no están lejos de ahí, por lo que tomó nota del doble plagio el presidente del Comité para la protección artística de las obras de arte.
El pabellón argentino ocupa un área de 1.600 metros cuadrados en la planta baja y 1.400 en el primer piso. Todo hierro y hierro fundido, y está construido para que pueda ser desmontado y reconstruido en Buenos Aires.


Y sigue el “Guide Bleu du Figaro et du Petit Journal -1889-”:
El pabellón costó un millón doscientos mil francos, y el lujo exhibido atraerá a franceses y extranjeros en multitudes. Entre todos los pabellones americanos, el de la República Argentina es, con el de México, el más importante. Para demostrar su amistad con Francia, este país rico no solo construyó un suntuoso edificio, sino que su Comité pidió a nuestros mejores artistas que pintaran las cúpulas, los paneles y las galerías.
Famosos pintores y escultores franceses han contribuido a la ornamentación: Gervex, Besnard, T. Robert-Fleury, Cormon, Saint-Pierre, Merson, Barrias, Favre, Duffer, Chancel, Paris, Montenard, Duez, Toché, Jules Lefebvre, Leroux, Roll, Tureau, Hugues, Pépin, Ch. Gauthier, Dupuis y otro centenar han participado en la fábrica. La cerámica vidriada es de Parvillea, la terracota de Loebnitz, la cantería de Muller y mosaicos de Facchina.




Antes de hablar del Pabellón de México, hace falta revisar el edificio que Ecuador erigió en el Campo Marte, también al pié de la torre Eiffel (literalmente al lado del soporte Sur) que a diferencia de los anteriores se permitió abrevar en la tradición precolombina…


Traduciendo lo que cuenta la “Guide Bleu du Figaro et du Petit Journal 1889-”:
El pabellón, diseñado por el Sr. Chedame, ocupa una superficie de cien metros cuadrados. Es la reproducción de uno de los templos que los Incas consagraron al Sol, y ha sido estudiado por el Sr. Chedame en las obras de antigüedades americanas que el Sr. Ballen ha puesto a su disposición. M. Fugere, escultor -francés como el arquitecto-, ha tomado del Museo Etnográfico de Trocadero las molduras de las piezas auténticas traídas de América por los viajeros que el gobierno francés envió allí en misión. El motivo colocado en la parte superior de la entrada principal es la reproducción del que alguna vez existió en uno de los templos del Sol.


Y complementando, cito a Daniel Schávelzon que en “América Latina en Paris (1889). Los pabellones de la Exposición Internacional de 1889” nos dice:
“… quisiera referirme a un –pabellón– pequeño, pero que al igual que el de México, significó una búsqueda interesante y quizás más valiosa que la de otros edificios más imponentes o lujosos: se trata del pabellón de Ecuador. Ubicado junto al pilar sur de la Torre Eiffel, lo que le confería un aspecto de pigmeo, se levantó una construcción sólida, casi cúbica, con una gran puerta central y pequeñas aberturas verticales estilizadas. Se buscaba reproducir un antiguo templo inca, lo cual no se logró, pero de todas formas significó una experiencia valiosa para la época. Realizada por el arquitecto M. Chédanne, en lo que se dio en llamar “style hieroglyphique”, fue de muy marcado eclecticismo. Tenía sobre la puerta una copia del tablero superior de la Puerta de Tiahuanaco (Bolivia), un relieve bajo la cornisa característico de Chan-Chan (Perú), y frente a la fachada seis “sillas manteñas” (Ecuador). Estas sillas, reproducidas a partir de esas típicas esculturas prehispánicas de la provincia costeña de Manabí, fueron lo único verdaderamente ecuatoriano y original. Los remates del techo, en forma de almenas, fueron realmente fruto de la frondosa imaginación del arquitecto que hizo el proyecto."


Me resulta de gran utilidad eso de que “significó una búsqueda interesante y quizás más valiosa que la de otros edificios más imponentes”, ya que la exploración de Ecuador con su pabellón, inspiró a que Garnier colocara sus recreaciones de habitaciones Inca y azteca en su inmediata vecindad…



Los lineamientos de la convocatoria a la exposición del centenario habían sido claros: “…la influencia de Artes aplicadas y las Bellas Artes en la civilización del mundo… incluyendo las participaciones civilizatorias con que cada país ha contribuido...”

Mientras que apenas Venezuela hacía un guiño a su pasado barroco ligado a la España conquistadora y El Salvador recordaba el pasado mudéjar de aquella península, los demás participantes recurrían a la vanguardia europea para personificarse; solamente Ecuador y México hicieron una tentativa por recuperar las raíces históricas que les daban identidad…


De hecho, Frantz Jourdain indica en su texto a “L’Histoire de l’Habitation Humaine” que al revisar las características de los pabellones de Ecuador y México, el propio Garnier solicitó colocar las viviendas Inca y Azteca en la explanada frente a esos Pabellones, con la intención de complementar su impacto y hacer aún más clara la aportación de los pueblos americanos al avance de la cultura universal.


Así, detrás del pabellón de Brasil –en el jardincillo considerado originalmente para edificar su invernadero–, se levantaron frente al pabellón de México y al lado del lago, cuatro habitaciones del pasado americano, que incluían la “Ronde maison de L’Amazones”,“L’Habitation des Aztèques”, “le thípi Siux” y “L’Habitation des Incas”, mientras que detrás se distinguía la crestería del “Palais Aztèque”…





El sitio destinado al pabellón de México tomaba una superficie importante en el conjunto al Sur-Oeste del Campo Marte, y resultó ser el de mayor superficie entre los expositores latinoamericanos, aunque el área edificada por Argentina terminó siendo mayor.



Como lo he hecho antes, retomo –ahora de manera íntegra- lo que la “Guide Bleu du Figaro et du Petit Journal -1889-” nos cuenta acerca del “Palais du Mexique”:


México ha hecho las cosas en grande y es correcto el colocar su pabellón entre los más sobresalientes de la exposición. Desde el principio, el Sr. Ramón Fernández –el amistoso ministro mexicano en París–, ha hecho todo lo posible para que su gobierno participe en esta gran demostración de progreso y ha insistido en demostrar, de una vez por todas, la fuerte amistad que les liga con Francia. La República Mexicana no tardó en hacer oficial su participación, votando el Parlamento mexicano la suma de un millón de francos para cubrir los gastos del magnífico palacio que se ha construido.
Para el eficiente desarrollo de la exhibición, se nombró un Comité, cuyo Presidente Honorario es el Sr. Ramón Fernández y Presidente ejecutivo el Sr. Manuel Díaz Mimiaga -Subsecretario de Estado-, con el carácter y funciones de Comisionado General Adjunto. El resto del Comité está compuesto por los cónsules generales de México en Francia y en España, ingenieros civiles y militares, sí como abogados, escritores e historiadores, en una palabra, veinte de las personalidades más notables de la colonia mexicana en París.


El arquitecto de esta construcción absolutamente original también es un mexicano, el Sr. Antonio M. Anza, quien fue asistido por el Sr. Luís Salazar, también arquitecto mexicano. El palacio recuerda el estilo arquitectónico de las razas que poblaron aquella parte del nuevo mundo antes de su descubrimiento por los europeos.
El arquitecto se inspiró en el material contenido en la obra que pronto será publicada por el arqueólogo mexicano Dr. Peñafiel, bajo el título Monumentos del Arte Mexicano Antiguo; además, también echó mano de las obras acerca de esta arquitectura por Batinier, Humboldt, Lenoir, Huvou, y documentos contenidos en las obras de Lord Kingsborough y Dufaix.


El palacio construido por el Sr. Anza recuerda en el contorno de su fachada la historia de las razas primitivas de la parte central de México. Simboliza sus creencias hacia el Sol, y los templos levantados a ese astro y cuya representación ocupa la parte central y más elevada; presenta también el comienzo y el final de su existencia política en seis bajorrelieves centrales; alegoriza sus artes y su industria mediante las figuras de seis divinidades colocadas en los pabellones laterales.
Esta construcción ocupa un área de 2,159 metros cuadrados. Incluye dos pabellones laterales y una gran sala de estar en el medio que mide 40 metros de largo por 24 de ancho. En el centro hay una elegante escalera de doble rampa que conduce a las galerías superiores. Dos pares de figuras alegóricas a manera de porta-antorchas representan las dos civilizaciones de los antiguos habitantes del país que hoy es México: del Sur y del Norte, “torchères” que están en cada uno de los arranques de la escalera.


Ésta construcción tiene hierro, hierro fundido y acero como principales elementos de soporte y ornato, agregándose al conjunto también cristal, bronce, zinc y telas decorativas. De lámina metálica es la cubierta que da a las paredes el carácter de la piedra, mientras que la decoración exterior consiste en doce bajorrelieves de bronce que representan reyes y divinidades mexicanas, dos cariátides, y fogones que parecen viejos hombres sentados. El motivo principal de la fachada y el frente de las puertas de entrada son de zinc fundido y galvanizado; todo el resto de la decoración está hecha en zinc repujado.


Tanto bronces como decoración en zinc son del escultor mexicano Sr. Jesus Contreras, talentoso becario de la Academia de Bellas Artes de su país.
Al interior, además de la exposición de pintura académica, escultura y monumentos arquitectónicos, los principales productos exhibidos son: - Mapas y atlas geográficos y geológicos. -Fotografías. - Objetos de decoración y amueblado. - Impresión y librería diversa. - Colecciones y muestras de rocas y minerales. - Muestras de madera para construcción y ebanistería. - Materiales textiles. - Productos agrícolas. - Tabaco en bruto y trabajado. - Cueros y pieles. - Materiales diversos para construcción. - Condimentos y estimulantes varios. – Azúcares de gran variedad y propiedades. - Vinos y aguardientes. -Plantas, flores y frutas, etc.

En resumen, la totalidad de esta instalación, como monumento artístico, como organización y como producto, es completamente hermosa, y si la iniciativa del Sr. Fernández, Ministro de la República Mexicana, fue para muchos en este gran resultado, la dirección del Sr. Diaz Mimiaga demuestra tanto talento como buen gusto. En el medio de esta calle de las Naciones Unidas, México se destaca de una manera gloriosa para este gran país.


Sin duda alguna, buena publicidad para la República Mexicana la que proporciona la “Guide Bleu du Figaro et du Petit Journal -1889-”. Datos interesantes y correctos con la perspectiva de 1889, que permiten hacerse una idea del momento, aunque a la distancia sería interesante agregar algunas precisiones:

En algo que solo puedo atribuir a un amable gesto, ni “Guide Bleu” ni “Le Livre d'Or de l'Exposition” mencionan que el edificio de la República Mexicana se inauguró el 22 de Junio, con 43 días de retraso. Apenas “L’Evénemment” mencionaba que “El grandioso [pabellón] con jeroglíficos indescifrables que tanta curiosidad causaba a los visitantes de la exposición, tanto por su enigmática apariencia como por sus puertas cerradas… se abrió anoche y mañana será una de las cosas más notables en el Campo Marte.”


En la imagen de arriba, captada el 20 de junio de 1889, los trabajadores dan últimos toques al Pabellón de la República Mexicana antes de su inauguración dos días después -sábado 22- a las nueve de la noche con la presencia del presidente de la República Francesa, Marie-François Sadi Carnot, recibido por el ministro de México Ramón Fernández y el comisario general, Díaz Mimiaga.
Témoin suis-je de l'inauguration de cette grande maison du Mexique –Palais de la République Mexicaine–, prête à accueillir le monde entier.


En efecto, el diseño del pabellón estuvo a cargo de Antonio Peñafiel y Antonio M. Anza, ambos connotados ciudadanos y de trayectorias diferentes: Peñafiel fue un médico prestigiado, asiduo a la estadística, que escribió gran cantidad de libros y artículos sobre arqueología mexicana hacia el cambio de siglo; Anza fue ingeniero civil y arquitecto, catedrático de composición, que participó en la terminación de la Penitenciaría de la Ciudad de México (Lecumberri). Agregar también que al año siguiente (MDCCCXC), el arqueólogo Dr. Antonio Peñafiel, publicó con A. Asher & Co. de Berlín los tres grandes tomos de “Monumentos del Arte Mexicano Antiguo -Ornamentación, mitología, tributos y Monumentos-”, siguiendo un acuerdo con la Secretaría de Fomento. El amplísimo documento cimentaba los lineamientos que Anza y Contreras habían seguido en el diseño del pabellón bajo la tutela de Peñafiel y que algunos expertos habían cuestionado.




Además, en un giro extraño para una publicación de “Arte Mexicano Antiguo”, el documento contenía también -en el segundo volumen dedicado a las ilustraciones- la imagen de una maqueta del diseño que en 1888 y para aquel pabellón de la feria de París 1889 había hecho Peñafiel sin obtener la anuencia del jurado (aunque aparece como presentado por el ingeniero Luis Salazar, acompañando a otro presentado por José M. Alva). Siempre interesante ver la propuesta “Neo-Maya” del concursante que no resultó vencedor.



Agregar también que las ideas arqueológicas de Peñafiel se vieron plasmadas al exterior del pabellón, con elementos arquitectónicos y ornamentales adaptados por Anza y otros artistas, destacando la serie de magníficos relieves en bronce, ejecutados por ese joven becario mexicano de la academia de San Carlos que a la sazón trabajaba en París.

Esos doce bronces, así como atlantes, flameros y coronamiento, fueron creados para el pabellón por Jesús Fructuoso Contreras, dando sustancia y forma al proyecto de Peñafiel que como homenaje a las culturas antiguas, fue descrito como “…del más puro estilo Azteca” y que respondían además a las ideas didácticas de Garnier, que vislumbraba complementar las recreaciones arquitectónicas e históricas con la indumentaria correspondiente…



El trabajo de Contreras para el pabellón fue sorprendente y puede revisarse a detalle en la publicación que hizo en 2002 Patricia Pérez Walters bajo el título “Alama y Bronce –Jesús F. Contreras 1866-1902–”. Abajo, una imagen tomada en 1889 en el estudio de E. Colibert –con quien Contreras presentó también un proyecto para el pabellón de México–que publicó Pérez Walters, aparecen el propio arquitecto Colibert de pié al centro y Jesús F. Contreras de 23 años a la extrema derecha con otros artistas y técnicos.



La obra de Jesús F. Contreras es mucho más conocida de lo que comúnmente se piensa, ya que al recorrer varias ciudades del país podemos ver parte de su obra; dado el apoyo que obtuvo del gobierno del presidente Díaz, estableció el taller “Fundición Artística Mexicana” y de sus ollas salieron una veintena de las esculturas que adornan el Paseo de la Reforma, así como los bronces dedicados a Corona en Guadalajara, Juárez en Chihuahua, Zaragoza en Saltillo e Independencia en Puebla. Mención especial merecen dos de sus trabajos terminados en mármol, que se exhiben uno en Saltillo como homenaje a Manuel Acuña y otro en el Museo Nacional de Arte con el sugestivo nombre “Malgré tout” y que desde su creación en 1900 ha sido objeto de fascinación.


En la imagen de arriba, captada en 1909 durante la exhibición de la Academia de San Carlos de ese año, aparecen jóvenes y destacados artistas en torno al ya legendario mármol “Malgré tout”, exhibido luego de la prematura muerte de Contreras en 1902 y que para entonces era conocido como “El Divino Manco”; de pie a la izquierda el arquitecto Ignacio Mariscal. Puede leerse más acerca del trabajo de Contreras en “México en París 1900” entrada de 2015 en “Grandes casas de México” (ver)

Pero en 1889, el joven y vigoroso Contreras cargaba con buena parte de la responsabilidad iconográfica del pabellón mexicano en París, y mientras en los talleres de la casa Gillardin supervisaba la ejecución de la decoración exterior con sus diseños transferidos a lámina de zinc recubierta de una capa galvánica colorida, asistía al vaciado de sus estatuas y relieves en los talleres “Thiébaut Frères fondeurs” en la Rue de Villiers (ahora Rue Guersant), fundición que en este periodo ejecutó trabajos monumentales como la Gloria Victis de Mercié, el monumento a la defensa de Paris de Barrias, o la escultura de Alejandro Dumas padre de Gustave Doré, así como la reducción de la Estatua de la Libertad creada por Bartholdi para el puente Grenelle.



Además de las “Torcheres” que decorarían los arranques de las escaleras interiores, los dos “Atlantes” que a manera de puntales parecían soportar el dintel principal del edificio, y los braseros –que a manera de Huehuetéotl (en náhuatl: huēhueh-teōtl, ‘dios-viejo’) – remataban las alfardas, Contreras modeló una docena de relieves que fundidos en bronce representaban deidades y personajes históricos del México prehispánico.

Arriba, tres de los seis relieves -de formato medio- de deidades (Tlaloc, Centéotl, Chalchiuhtlicue,Camaxtli, Xochiquetzalli y Yacatecuhtli) que decoraban los cuerpos laterales del pabellón; abajo “Cuitláhuac” y “Cacama”, dos de los relieves -de gran formato (360 x 225 cm.)- que decoraban los cuerpos centrales del pabellón y que desafortunadamente han perdido por completo la pátina de origen; todos forman parte de la colección de la obra de Contreras que se exhibe en el muso de Aguascalientes.


Notables los atuendos de Cuiltahuatzin -penúltimo huey tlatoani mexica, señor de Iztapalapa y hermano de Moctezuma Xocoyotzin- y Cacamatzin -tlatoani de Tetzcuco e hijo de Nezahualpilli-; vestimentas que a manera de "Guerrero Jaguar" (en náhuatl: ocēlōpilli a los que solo pertenecían miembros de la clase baja, los mācēhualtin) y “Guerrero Águila” (en Náhuatl clásico: cuāuhpilli, "noble águila" y que sólo podían proceder de la nobleza) ilustran los hallazgos que tan populares habían resultado en torno a los atuendos de guerreros desde 1650, cuando Antonio Magliabecchi -archivista, coleccionista y bibliófilo italiano del siglo XVII- rescató un magnífico códice que daría pie a muy diversas exégesis.

Abajo, una de las láminas de “Monumentos del Arte Mexicano Antiguo -Ornamentación, mitología, tributos y Monumentos-” del Dr. Peñafiel que permite corroborar una de las fuentes de inspiración para Contreras.



Además, complementando a los dos anteriores, Contreras ejecutó otros tres destacados relieves que retratan a Nezahualcóyotl (en náhuatl: Nezahual.cóyō.tl 'coyote que ayuna', monarca de la ciudad-estado de Texcoco), Izcóatl (en náhuatl: itzcōātl, ‘la serpiente de obsidiana’, cuarto tlatoani de los mexica) y Totoquihuatzin (‘la serpiente de obsidiana’, Gobernante de señorío de Tlacopan) que resultaron de magnífica factura y sorprendente belleza, y ocuparon el cuerpo lateral izquierdo del edificio.



Mención especial merece el relieve que representó a Cuauhtémoc (en náhuatl: Cuāuhtēmoc, ‘el águila se posó’, último tlatoani mexica de México-Tenochtitlan), que ocupó el nicho extremo en el cuerpo lateral derecho, relieve que mucho debe al trabajo del escultor Miguel Noreña, maestro de Contreras.



En 1877 y por iniciativa del ministro de fomento Vicente Riva Palacio, se había convocado a un concurso para honrar con un monumento al último de los gobernantes mexicas; el ganador fue el ingeniero Francisco M. Jiménez quien se inspiró en detalles de la arquitectura prehispánica de México, como Uxmal, Mitla y la zona arqueológica de Palenque. La construcción del monumento quedó a cargo de Ramón Agea, arquitecto e ingeniero del Palacio Nacional y las esculturas se encargaron a Miguel Noreña, director de la clase de escultura en la Escuela Nacional de Bellas Artes.

El monumento edificado en una de las glorietas del Paseo de la Reforma fue inaugurado el 21 de agosto de 1887 y una maqueta se exhibía en el gran espacio central del pabellón mexicano.


Ahí, Cuauhtémoc luce ataviado con ropaje, penacho y sosteniendo una lanza. La indumentaria y disposición se allegan de la tradición grecolatina (la tilma está dispuesta y anudada a la manera de una toga y el casco tiene más de Gálea romana que de penacho mexica), en clara relación con las tradiciones artísticas de la época. En el vaciado de esa escultura, que suma una altura de 4.93 metros y pesa 4.2 toneladas, participó como asistente el entonces estudiante de la Academia Jesús Contreras.


No es extraño entonces encontrar que varios de los rasgos del relieve de Contreras, así como la indumentaria y atributos, muestren similitudes con los de la obra de Noreña inaugurada apenas un par de años antes. De hecho, los mismos rasgos se repetirían poco después cuando contreras realizó un busto del mismo personaje –bronce que por años ocupó una esquina del atrio de la Catedral Metropolitana–.



Al interior, además de lo enumerado en la “Guide Bleu” es necesario agregar que entre los promotores de tabaco y sus exhibiciones, se presentaba un modelo de la torre Eiffel, creado exclusivamente con puros de “El Buen Tono” que medía ocho metros y causó innumerables comentarios.


Generó también interés lo expuesto en las diversas vitrinas y exhibidores, por lo que el Ministerio de Fomento informó que además de los premios recibidos, se establecieron 2,327 enlaces comerciales relacionados directamente con el suministro de materiales e insumos a fabricantes en Francia y Europa, entre los que sobresalían materias primas como maíz y cacao.



Según el listado del “Catalogue Officiel de l’Exposition de la République Mexicane a l’Exposition Universelle Internationale de Paris -1889-” se presentó muchísima obra pictórica en las diversas categorías y grupos, obteniéndose varios premios incluida una medalla de plata para José María Velasco; la euforia fue grande pero duplicó cuando llegó el anuncio de que el 8 de noviembre, Velazco recibiría la condecoración de “Caballero de la Legión de Honor” por parte del Presidente de la República Francesa.

Entre otros 62 lienzos, Velazco había presentado en la exposición de París “Vista del Valle de México desde el cerro de Santa Isabel”, óleo fechado en 1878 y que ahora podemos admirar en el Museo nacional de Arte.



En general, el pabellón de México recibió innumerables elogios y pocas críticas en Europa, aunque algo diferente sucedió en México. Al cierre de la exposición, el propio Contreras acuñó -por indicación del ministro Ramón Fernández- una medalla conmemorativa que sería entregada a los participantes y amigos y en la que se distinguía el remate principal del diseño de Anza con el remate del propio Contreras.



El 31 de octubre de 1889, la descarga de un cañón en lo alto de la torre de trescientos metros marcó el fin de la Exposición del Centenario. El pabellón de la República Mexicana estuvo abierto poco más de cuatro meses y recibió más de 80,000 visitantes registrados. La semana siguiente, se retiró lo expuesto y en diciembre se desmantelaba la estructura que sería entregada a la Secretaría de Guerra y Marina –a cargo del general Pedro Hinojosa de la Garza– para su transporte y almacenaje.

También durante diciembre y enero, tal y como estaba establecido en el contrato con Moisant, Laurent, Savey et Cie., se desarmó el pabellón chileno y rehabilitó el lote que había ocupado; la estructura completa se embarcó a Valparaíso, y fue luego transportada a Santiago, donde se rearmó en 1894 y llega a nuestros días como “Museo Artequin”.



El pabellón argentino también se desarmó y aunque con retraso, envió a Buenos Aires en un difícil trayecto que vio mermada la carga. En 1891 se reedificó en la calle Arenales, al este de la Plaza San Martín, en un terreno ocupado desde fines del siglo XVIII por el Cuartel de Artillería del Retiro, un arsenal militar que había quedado de los tiempos en que la plaza era un campo de entrenamiento. Desafortunadamente la estructura se desmontó en 1933 para ampliar la Plaza San Martín y quedó en el olvido, aunque los conjuntos escultóricos que decoraban las cuatro esquinas del Pabellón fueron instalados por la Municipalidad de Buenos Aires en diversos puntos de la ciudad.



Aprovechando las características estructurales y amplitud de los espacios del Pabellón de la República Mexicana, el edificio desarmado se trasladó a la Ciudad de México con la idea de rearmarlo y transformarlo en Museo del Ejército Mexicano, dependiente de la Secretaría de Guerra y Marina que permanecía a cargo del general Pedro Hinojosa de la Garza.





Al paso de los años, la estructura parece haberse olvidado, almacenada en los patios de “La Ciudadela”, que por entonces estaba confiada al ejército y en la que –entre otras dependencias– se había instalado el “Museo Nacional de Artillería”; en la “Sala de Estandartes” de ese museo, se aprovecharon durante algún tiempo algunas de las colgaduras que habían decorado los muros del pabellón de París.


En el patio que llevaba a la biblioteca del museo, se colocaron algunos bronces de Contreras, incluyendo seis relieves, los atlantes y braseros (a manera de Huehuetéotl) que colocados sobre los apoyos formaron por años un curioso marco a la “Pagaduría” del edificio…



Por años he buscado datos del paradero de otras secciones del pabellón, pero apenas encontrando que probablemente las “Torchéres” se instalaron en el edificio de la Secretaría de Guerra y Marina, y que los grandes bronces de Contreras se mantuvieron en el Museo Nacional de Artillería, cubierto luego el patio por una estructura que probablemente había pertenecido también al pabellón de 1889.



Siempre me he preguntado si los bronces estaban ahí en 1913, cuando se dio el enfrentamiento que conocemos como “Decena trágica”, cuando Félix Díaz y Manuel Mondragón decidieron refugiarse ahí el 9 de febrero –cuando el edificio servía además como depósito de armas y municiones–, luego de fracasar en su intento por tomar Palacio Nacional.

Hay noticia de que parte de los bronces se almacenaron en uno de los patios de lo que había sido el Colegio de San Pedro y San Pablo y que entre 1933 y 34 se transformó en el “Mercado Abelardo Rodríguez”, luego de que el edificio colonial fuera cercenado por la apertura de la calle de República de Venezuela. De ahí, los relieves de las deidades se enviaron a Aguascalientes para decorar el recinto de la Feria de San Marcos.

Desde 1933, el ingeniero Francisco Borbolla había propuesto al Departamento del Distrito Federal en la persona de Aarón Sáenz, levantar un monumento de nacionalismo exacerbado, aprovechando algunas piezas escultóricas almacenadas luego de la Revolución.



Con proyecto arquitectónico del Ing. Francisco Borbolla y nuevos grupos escultóricos del Arq. Luis Lelo de Larrea, el “Monumento a la Raza” se terminó en 1940 bajo la regencia de José María Siurob y en su coronamiento se aprovechó el águila -devorando una serpiente posada sobre un nopal- que de origen había sido creada en 1909 por Georges Gardel como remate a la cúpula del Palacio Legislativo; en el zócalo que la soporta, se colocaron cuatro réplicas de los bronces de Contreras, que se habían creado para el pabellón de México en París y se hallaban en custodia de la Secretaría de la Defensa.



Los relieves de dioses se enviaron a Aguascalientes, sitio en que había nacido en 1866 Jesús F. Contreras, y luego de una larga estancia decorando el recinto en que se celebraba la Feria de San Marcos, fueron trasladados al edificio que construido en 1904 como Colegio Católico, se transformó en Museo de Aguascalientes.


De los relieves de Héroes y Reyes, dos se conservan también ahí, aunque con severo deterioro y sin mantenimiento alguno; además se han agregado al acervo copias de otras piezas, incluyendo una reproducción en resina plástica de “Malgré tout” y una deficiente recreación de Izcóatl.



En la ciudad de México, se exhiben tres de los relieves en la esquina que forman las calles de Tacuba y Filomeno Mata (que fuera Callejón de Betlemitas), en un área llamada “Jardín de la Triple Alianza” que es remanente de lo que fuera el convento de la orden hospitalaria y del que la iglesia es ahora Museo del Ejército.




Y dentro del Museo del Ejército, se conserva el relieve dedicado a Cuauhtémoc.



Aún ahora, ciento veintinueve años después, algunos museos enorgullecen al presentar sus colecciones en una de las vitrinas preservadas de lo que fue el “Pabellón de México en la Exposición Universal de 1889 en París”…




Este Blog se ha hecho gracias al apoyo incondicional de Julieta Fierro; está dedicado a las “Grandes casas de México” y pretende rescatar fotografías e historia de algunas de las residencias que al paso del tiempo casi se han olvidado y de las que existe poca información publicada. El objeto es la divulgación, por lo que se han omitido citas y notas; si alguien desea mayor información, haga favor de contactarme e indicar el dato que requiere. A menos que se indique lo contrario, las imágenes provienen de mi archivo, que incorpora imágenes originales recopiladas al paso del tiempo, así como el repertorio de mi padre y parte del archivo de don Francisco Diez Barroso y sus imágenes de Kahlo; si utilizan las imágenes, favor de indicar la fuente –aunque advierto que pueden tener registro de autor–.



Conforme haya más entradas (ya hay más de setenta), aparecerán en el índice a la derecha de ésta página…



También se puede encontrar un índice general en: http://grandescasasdemexico.blogspot.mx/2016/02/indice-de-grandes-casas-de-mexico.html (ver)